Fidel y el Teatro Nacional en los aƱos de fundaciones

Es oportuno comenzar recordando que el Teatro Nacional es una de las cuatro instituciones culturales fundadas por la Revolución en el propio año 1959, y que el compañero Fidel estuvo relacionado de una manera u otra con sus empeños, sobre todo mediante el estímulo y el reconocimiento. Este recordatorio parece tanto más pertinente si se tiene en cuenta la extraña propensión, de reciente factura, de omitirlo en las fechas significativas o de procurar su olvido en un original ejercicio de desmemoria selectiva.

Resulta imprescindible evocar los intercambios de nuestro Comandante con el mundo de la cultura, durante los tiempos iniciales de la Revolución, impulsado como estaba por su visión de la importancia de la cultura en la nueva sociedad y como parte integrante del proceso revolucionario mismo. Y esta visión sabemos que se ponía de manifiesto, en muy variadas dimensiones, en los contactos con innumerables compañeros y teniendo en perspectiva  los nacientes proyectos y las nuevas instituciones. En este sentido es bueno subrayar cuán desacertado y alejado de la realidad resulta referir el desempeño e interés de Fidel por la cultura y su papel dentro del proceso revolucionario a partir, específicamente, de sus referenciales Palabras a los intelectuales. Claro que aquella ocasión marcó un hito central, un antes y un después. Esas reuniones constituyeron ciertamente un punto de partida, pero significaron, asimismo, un punto de llegada, de  clarificación y profundización, como una natural consecuencia de su vasta visión y comprensión, gestada y madurada en sus contactos y experiencias precedentes. Y el Teatro Nacional fue, de alguna manera, una de esas experiencias.


Foto: Cortesía de la autora
 

La ley que creó el Teatro Nacional de Cuba (TNC) es de junio del 59, cuando Fidel era Primer Ministro, y lleva, por tanto, su firma. En diciembre, y dadas las serias dificultades de recursos con que nació el TNC, consideré oportuno escribirle una carta donde señalaba, a grandes rasgos, algunas de las ideas centrales que animaban al colectivo de dirección del Teatro. No mucho tiempo después, un grupo de pedagogos coincidimos con él y pude expresarle a viva voz, de manera sintética, algunas de aquellas ideas y proyectos. En realidad, en aquel encuentro, la atmósfera era bien distendida, y él deseaba aprovechar el encuentro para otros asuntos que lo apremiaban; no obstante, escuchó con atención e interés. Siempre he creído que aquella fugaz conversación significó una primera oportunidad de comunicación e intercambio que quizá dejó algún germen para futuros contactos. 

Un momento sin duda decisivo ocurrió en marzo del 60 con motivo de la visita de Sartre y Simone de Beauvoir a Cuba, y la consecuente asistencia de ambos a la premier de La ramera respetuosa en compañía de Fidel y otros compañeros. En un breve texto de hace algunos años para La Jiribilla pude trasmitir algunos elementos centrales de la presencia de nuestro Comandante aquel día; Miriam Acevedo, la reconocida actriz que actuó en La ramera…, también ha narrado aquel acontecimiento desde su punto de vista. Pero quizá sea esta la ocasión de trasmitir otros elementos interesantes. Los espectáculos del TNC, en la temporada de preinauguración en la Sala Covarrubias todavía sin terminar, atrajeron desde sus inicios (y para todos sus espectáculos), una gran cantidad de público. Al entrar Fidel, el teatro estaba totalmente lleno. Su primera reacción fue de grata sorpresa, e inmediatamente me comentó en voz baja: “Yo no sabía que tanta gente venía a estas cosas”. Era obvio que el descubrimiento le resultaba atrayente, y enseguida avizoró la importancia y el valor para la vida del país de la querencia de la gente por el teatro. Después, claro, ocurrió el ya conocido y narrado impacto de la obra de Sartre como tal. Resaltaba para todos nosotros, entonces, su marcado entusiasmo. Su presencia aquella noche, y sus comentarios —que no dejaron de circular por “radio bemba” en el ambiente cultural, y artístico en particular— constituyó un verdadero apoyo no solo para el TNC, sino también para el conjunto de las actividades escénicas y de la cultura en general. Y como tal, resultaba un enorme estímulo para todos. Luego de tantos años de abandono y de sueños frustrados, para nuestros creadores aquella presencia y sus palabras e interés abrían nuevas perspectivas de sostén y creatividad.

En los meses que siguieron, Miriam aprovechaba las visitas nocturnas de Fidel al periódico Revolución, dirigido por Franqui, y le hablaba de cuestiones relacionadas con la cultura escénica y lo que se montaba en el TNC en particular; por ejemplo, el trabajo para Santa Juana de América.

Una segunda ocasión de constatar su empeño por la cultura y por su papel dentro del proceso revolucionario, lo constituyó la gira que llevó a cabo por el país, en junio del mismo año, el Conjunto Artístico de China; aquellas representaciones incluían escenas de las diversas óperas chinas, en particular de la ópera de Pekín. El grupo venía a Cuba invitado por el TNC. Durante mi visita  al país asiático, en octubre del 59 como parte de una delegación cultural invitada por la propia República Popular China, aprovechamos la ocasión para invitarlos a actuar en nuestro país. El Conjunto llegó a La Habana y, para las primeras funciones, resultó necesario alquilar el Auditórium. A la función inaugural asistieron Fidel y el Che. No hay que decir cuán cautivados estaban, como todos en el teatro, por aquel contacto inimaginable con la gran cultura milenaria.  Ambos me hacían preguntas; no es que uno pudiera, en realidad, responderlas con conocimiento de causa, por eso había que ser muy circunspecta. Cuando días después nuestro Comandante recibió a los visitantes, él, mostrando su amplitud de miras, se interesó por los bordados chinos del que uno de los regalos era una muestra de excelencia. No sabría decir qué pasó con posterioridad, pero solicitó a la delegación asiática la colaboración para que bordadoras chinas viniera a nuestro país a formar jóvenes de todo el país.

No podría dejar de mencionarse el espectáculo que montó el TNC para el 26 de julio del propio año 60 en Las Mercedes, en la Sierra Maestra. Tres escenarios, uno de ellos al centro, y otros dos, de menor dimensión, a cada lado, permitían pasar de una sección del espectáculo al otro sin pausas interruptoras. Estuvieron todos: la orquesta sinfónica, el coro (hoy Coro nacional), la danza moderna, el folklore. El público estaba sentado sobre el césped, Fidel también. No pudo quedarse hasta el final, pero al pasar por nuestro lado felicitó al colectivo: “Esto está muy bien”, nos murmuró. Para casi todos los campesinos era la primera vez que presenciaban un espectáculo.

Esencial resulta recordar el inestimable apoyo que significó su aprecio y consecuente actuación respecto al movimiento de aficionados estructurado por el TNC desde mediados del año 60, así como también por los instructores de arte que habíamos concebido y creado (mediante cursillos) desde finales de ese mismo año. En uno de sus recorridos habituales por los campos, se encontró en la Cooperativa “Enrique Hart” con la existencia de un grupo de teatro compuesto de campesinos. Les preguntó quién era el que hacía aquella actividad; y así conoció de los instructores de arte, y le presentaron al instructor del grupo, Pons, al que llevó después a su famosa comparecencia en televisión, poco antes del ataque a Girón, para trasmitir la idea de una escuela para instructores de arte. Su mente amplia y de vastos proyectos comprendió las enormes potencialidades de aquel proyecto.

Nosotros en el TNC solo teníamos escasos medios, el número de instructores de arte (teatro, danza, folklore y música, en particular los coros) no llegaba a 50, aunque algunos profesionales también participaban en las actividades y las direcciones de los grupos. Fidel concibió entonces la formación de 3000 instructores y las escuelas para su formación en dos años. Pero comprendió, asimismo, que se creaba de hecho una espera de dos años antes de poder disponer de ellos, y el movimiento estaría, por tanto, necesariamente limitado a los medios materiales y financieros disponibles. De esta situación nació su idea de llevar adelante lo que después pasó a conocerse como el Cursillo del Habana Libre para formar en unos meses 150 instructores adicionales (en la memoria de otros compañeros serían 300) a los ya existentes. Aquel cursillo se llevó a cabo a principios del año 62, cuando ya funcionaba el Consejo Nacional de Cultura y se había creado, como parte de él, la Dirección de Fomento de Grupos de Aficionados. Se preocupaba por conocer cómo pensaban los instructores, de ahí las anécdotas de sus encuentros y conversaciones con ellos cuando se los topaba. Ese mismo año, nuestro Comandante tuvo la oportunidad de ver y apreciar la labor del conjunto de los instructores (los iniciales y los del Habana Libre) cuando se llevó a cabo el Festival del Carbón en la Ciénaga de Zapata. Lo recordamos feliz; pasó un buen tiempo con todos nosotros. Y, claro, algunos temas de la cultura estuvieron presentes. Hizo declaraciones a la prensa de sostén a nuestro trabajo, el cual enfrentaba la lógica atracción que el mundo artístico profesional ejercía sobre varios de los instructores, y se corría el riesgo  de la pérdida de  muchos  de ellos. Era obvio que no se trataba se impedir ese tránsito natural, sino de garantizar un mínimo de dos años de trabajo desempañando las funciones  para las cuales habían sido formados.

Es natural que el conjunto, la vitalidad del movimiento de aficionados y la actividad de los instructores de arte concitaran, en buena medida, la atención que Fidel concedió al trabajo del TNC, ya que con ello la actividad cultural alcanzaba dimensiones inimaginables; se abrían y fructificaban, además, nuevas y amplias perspectivas que permitían conformar un poderoso movimiento de aficionados para el pueblo a lo largo de todo el país y al alcance de los diversos grupos sociales. Para muchos en aquel momento, se trataba de uno de los logros fundamentales de esos años primigenios de la Revolución que su atención y acicate personal tanto contribuyeron a alcanzar.