Fidel, el compromiso y la palabra cumplida

En medio de urgentes e ingentes tareas, Fidel Castro se reunió en tres ocasiones con escritores y artistas en la Biblioteca Nacional al comienzo del verano de 1961. Al clausurar el ciclo de encuentros el 30 de junio de ese año  pronunció un discurso —en tono íntimo, coloquial, reflexivo— que todos conocen por Palabras a los intelectuales.

¿Por qué Fidel, primer ministro entonces del Gobierno Revolucionario, junto al presidente Osvaldo Dorticós, Carlos Rafael Rodríguez y otros compañeros de la dirección política y de algunas de las nacientes instituciones culturales del país decidieron convocar esas reuniones? ¿No estaba acaso el país en guerra, reciente la victoria de Girón, y en su apogeo la lucha contra las bandas contrarrevolucionarias y los sabotajes del enemigo de una parte, y de otra la recomposición de las relaciones económicas internacionales ante el bloqueo norteamericano? ¿Cómo hallar un paréntesis en una agenda de gobierno que ponía en primer plano la épica Campaña de Alfabetización?

Alguien pudiera exponer razones coyunturales. La censura del ICAIC contra el filme PM —bajo los auspicios del magazine Lunes de Revolución y realizado por Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez— acompañada por un debate que tuvo lugar en la Casa de las Américas, causó revuelo en ciertos círculos culturales. En la superficie estaban las pugnas por el ejercicio de la hegemonía cultural por parte de los más notorios actores de la escena intelectual cubana de la época. Y en el fondo, una preocupación expresada por Virgilio Piñera; estas fueron sus palabras: “Hay un miedo que podíamos calificar de virtual que corre en todos los círculos literarios de La Habana, y artísticos en general, sobre que el Gobierno va a dirigir la cultura. Yo no sé qué cosa es cultura dirigida, pero supongo que ustedes lo sabrán. La cultura es nada más que una…”. Y luego, atemperó su criterio: “…no digo que haya temor, sino que hay una impresión, entonces yo no creo que nos vayan a anular culturalmente, que esa sea la intención del Gobierno”. Cito textualmente estas frases de Virgilio porque se ha insistido en una sola palabra: el miedo.

Más allá de las sombras de un intervencionismo de corte stalinista en la gestión cultural, lo que trató el encuentro fueron las relaciones entre el Estado revolucionario y el movimiento artístico e intelectual.Más allá de las sombras de un intervencionismo de corte stalinista en la gestión cultural, lo que trató el encuentro fueron las relaciones entre el Estado revolucionario y el movimiento artístico e intelectual. Convendría glosar y comentar en algún momento los diversos pronunciamientos efectuados a lo largo de las tres jornadas de junio de 1961 para trazar un balance exacto del diálogo. Como botón de muestra me permito reproducir algo que expuso el compositor Juan Blanco:”Aquí lo importante se ha hablado: de si el arte debe ir a las masas, si las masas deben ir al arte. Yo creo que aquí no hay ni subida ni bajada, aquí hay marcha hacia adelante en ambas partes. Las masas, que den un paso adelante por medio de la educación, que muy efectivamente se está trabajando en ese sentido por el Gobierno Revolucionario. Y que los artistas demos otro paso adelante también, para encontrarnos y abrazarnos con ellas”. Una dialéctica que deja atrás posiciones elitistas y populistas.

El valor de Palabras a los intelectuales trasciende su coyuntura. Si en aquel contexto Fidel puso sobre la mesa sólidos argumentos en aras de la unidad y conjuró las fricciones entre capillas y tendencias en el campo cultural, también, y con mucho mayor alcance, estableció principios para el trabajo en esa esfera, válidos para la ética en la conducción del proceso revolucionario, y formuló compromisos cumplidos y plenamente vigentes hoy día.

Entre los primeros, el establecimiento de un canal directo de diálogo entre la vanguardia  política y la intelectual que a lo largo de los años ha propiciado un clima de identificación y confianza ajeno a subordinaciones instrumentales de una y otra parte; la concepción democratizadora de la política cultural revolucionaria; y el diseño inclusivo de esa política.

En cuanto a compromisos satisfechos, el apoyo del estado a la creación sobre la base de un sistema institucional en función de la creación y los públicos, la consolidación de un sistema renovado y abarcador de la enseñanza artística y, sobre todo, el respeto a la expresión artística con independencia de credos estéticos.

A Palabras a los intelectuales habrá que ir una y otra vez para encontrar el hilo del desarrollo cultural ulterior y, particularmente, para confrontar las fundacionales apreciaciones de entonces con lo que nos falta aún por conquistar.