Festival Mujeres en Escena por la Paz: tres grandes momentos

Cerró el XXVI Festival Mujeres en Escena por la Paz, celebrado en Bogotá del 11 al 21 de agosto, y el balance de 11 días es de intensa creación para reconocer los derechos de la mujer dentro y fuera de la escena, en el discurso y en la vida cotidiana. Entre lo mejor de lo que pude ver allí, que nunca puede abarcarse en su totalidad, quiero comentar tres experiencias valiosas.

El Teatro La Máscara es un grupo colombiano con una destacada trayectoria relacionada con la escena femenina, fundado por Lucy Bolaños y María del Pilar Restrepo, y ahora bajo la dirección general de Susana Uribe. La Máscara llegó al Festival desde su sede en Cali para mostrar Orizonta, poema dramático sobre la migración, una creación colectiva realizada en colaboración con el grupo Pa lo que sea, de Pereira, y con dos mujeres desplazadas por la guerra y el paramilitarismo, artistas de dedicación no sistemática, que volcaron sus propias vivencias en el trabajo creador.


Cartel de Mujeres en Escena por la Paz

 

Orizonta... se arma de una sucesión de escenas, construidas a partir de diversos estilos, en la que se abordan problemáticas afrontadas por los migrantes internos y emigrantes del sur en busca de mejores condiciones económicas. Una mujer que es víctima de las trampas de un coyote traficante de personas, no consigue llegar a su destino y muere en el intento. Un grupo de música latina canta sones y boleros en alguna ciudad de los EE.UU., mientras trabaja en permanente estado de alerta para que la migra no los capture y los deporte. Un programa televisivo de participación rifa ejemplares notables de latinos, según criterios sexistas y racistas, en transacciones que nos retrotraen a la trata esclavista. Actualísima y rica en contrastes que dinamizan el juego escénico, si bien a mi juicio le falta pulir algunos detalles formales, Orizonda… ganó el favor del público en sus dos funciones.

La artista mexicana residente en San Francisco Violeta Luna, formada como actriz en su país natal, miembro del colectivo transnacional La Pocha Nostra y colaboradora de los grupos Secos y Mojados y El Teatro Jornalero, volvió al festival con Para aquellas que no están más, una acción participativa que rememora y rinde tributo a muchas mujeres víctimas de la violencia de género.

Ya había podido verla en el Encuentro del Instituto Hemisférico de Performance y Política en Santiago de Chile, acompañada de la actriz brasileña Stella Fischer, del grupo Rubio Obsceno. Y si esta vez, con Leticia Olivares, del mismo colectivo, no superó la impresión primera, la obra reafirma la agudeza conceptual de Violeta y su segura organicidad, tras una precisión perfecta —algo que no suele abundar en muchas propuestas performativas—. El video es un efectivo instrumento para que mientras las actrices accionan, desfilen frente a los espectadores decenas de rostros de jóvenes identificadas con sus nombres y edades, mujeres reales que han muerto, en muchos casos víctimas de la ira, los celos o la impotencia de sus propias parejas. Las performeras, moviéndose dentro de un cuadrilátero rodeado por el público, sacan piezas de ropa femenina de una enorme pila al centro. Se visten con variedad de prendas, y construyen así ante nosotros una galería de mujeres trabajadoras y sencillas, el principal blanco, por ejemplo, de las desapariciones y asesinatos en Ciudad Juárez.

Algunas prendas de ropa blancas se harán pender del techo y serán marcadas al aire con palabras que conjuran el feminicidio o femicidio, como “nunca más” o “ni una menos”. El delito es descrito y tipificado en sus variantes por medio de un texto que alguna espectadora, previamente elegida, leerá a viva voz.

Estadísticas globales y nacionales se articulan con relatos personales y breves testimonios de casos, mientras el espacio se transforma en un paisaje después de la batalla del dolor, en el que el peso de las ausencias gravita sobre una atmósfera de desolada emotividad, en medio de la cual los cuerpos de las performeras son simbólicamente victimizados como alternativas de denuncia. Un ritual de tributo y sanación nos involucrará a todos cuando las actrices nos invitan a compartir con ellas el acto de encender y colocar velas en montículos de arena, mientras leemos de la tira de papel que rodea cada vela el nombre completo de alguna de esas mujeres asesinadas.

Por último, la directora brasileña Luciana Martucheli, al frente de la Compañía YinsPiração Poéticas Contemporáneas, dirige a ocho actores de Brasil, Colombia y España y los reta a compartir con los espectadores experiencias que han marcado su visión de la masculinidad. El montaje se titula Fahrenheit, los dolores y las delicias de ser hombre y se inspira en el cuento “Juan de Hierro”, de los Hermanos Grimm, y en el performance colectivo Hijas, de Jill Greenhalgh —visto aquí en el V Magdalena sin Fronteras—. Así, cada uno de los actores se sienta frente a pequeñas mesas dispersas por el espacio, cubiertas por objetos personales suyos, e invitan a algún espectador o espectadora a sentarse del otro lado, para que elija algún objeto, a partir del cual contarán un pasaje anecdótico de su propia vida.

La diversidad marca las historias: Andrés cuenta cómo fue obligado por su padre a ingresar en una escuela militar en contra de su voluntad, y cómo luego de algunos años en el ejército, debió imponer su identidad homosexual para lograr ser él mismo, en diálogo franco con su familia. Otro actor, barbudo, recuerda su adolescencia y al abuelo que no sobrevivió una delicada operación mientras él lo cuidaba, y el anciano lo enseñaba a afeitarlo y hoy, cada vez que se mira al espejo, recuerda su enseñanza. Filipe rememora cómo su madre siempre lo protegió y lo enseñó a cantar, y hoy debe forcejear amorosamente con ella, que sigue creyendo que debe acompañarlo y guiarlo. Jackson, adoptado de niño, tuvo a su hermano adoptivo como paradigma y modelo, aunque aquel se mantenía esquivo e impenetrable, y recuerda vivamente cuando a sus diez años, por primera vez, el otro se refirió públicamente a él como su hermano. Pedro se hizo investigador literario gracias a los libros que su madre le regaló de niño, cuando ella pagaba las cuentas y trabajaba incansablemente para poderle costear sus estudios, mientras el padre estaba ausente. Tauer rememora la autoexigencia de su madre, una maestra ya bastante adulta, pero empeñada en seguir estudiando y esforzándose por ganar un lugar para ser mejor y ganarse la vida. Y Víctor, marcado por llegar tarde a su primer ensayo de teatro —lo que puso en riesgo su permanencia en un grupo que adoraba—, saca a la luz el modelo del padre médico que regularmente llegaba tarde a la consulta, agotado por madrugadas de juegos y casinos, ludópata enfermo y profesional sin vocación.

Las confesiones íntimas, simultáneas, se interrumpen por tres canciones que detienen las narrativas; los actores se desvisten y van descubriendo, sucesivamente, otros vestuarios: de un uniforme militar de camuflaje a un traje negro con singular corbata de soga gruesa, como un trozo de horca; luego un vestuario infantil, de short, camiseta y tirantes, y otro deportivo. Durante cada cambio, cantan y algunos tocan instrumentos musicales. Los tres momentos son un respiro en el ritmo, y un impasse útil para procesar la emoción de cada historia, a la vez que para compartir otra emoción, coral y solidaria, que emana de la ternura de estos hombres que desnudan sus almas. A la grata atmósfera reflexiva contribuye la música, sublime, a cargo de un grupo nórdico y de cantautores brasileños actuales.

Fueron tres momentos que, como todos los del Festival Mujeres en Escena por la Paz, visibilizaron la creación teatral femenina, y sirvieron para confrontar tanto problemáticas y preocupaciones, como para debatir e intercambiar acerca de procedimientos creativos desde una deliberada perspectiva de género.