Fernando Martínez Heredia, hijo de Yaguajay

Yaguajay es una pequeña ciudad cubana situada al norte de la provincia de Sancti Spíritus. Pienso que es un pueblo con suerte. Nadie se la regaló. Es una suerte ganada en combate durante todos sus años de existencia. Una de sus dichas son sus propios hijos destacados como héroes, combatientes, científicos y personalidades. Basta solo mencionar, entre ellos, a tres personalidades de la cultura: la pintora Amelia Peláez, el pedagogo y poeta Raúl Ferrer y el historiador, filósofo y hombre de pensamiento Fernando Martínez Heredia.

En uno de sus poemas más íntimos Raúl Ferrer anunció un día que regresaría a Yaguajay entrando por uno de sus costados. Ahora yo retorno también a Yaguajay, mi pueblo natal, pero me acompaña una profunda tristeza, porque junto a mi pueblo voy a recibir las cenizas del amigo Fernando Martínez Heredia, que por voluntad propia regresa a la tierra que lo vio nacer.

Mientras el auto traslada a su esposa y la delegación que lo trae desde La Habana, un pequeño grupo de compañeros viajamos desde la provincia hacia Yaguajay. El traslado remueve los recuerdos y me lleva a rehacer otros momentos vividos juntos. No he sabido nunca precisar con certeza cuándo comencé a querer a una persona, pero, en este caso, recordé mi primer encuentro personal con Fernando en un día del año 2001, cuando ambos llegábamos, igual que ahora, desde La Habana y Sancti Spíritus porque a él le iban a entregar la condición de hijo ilustre de la ciudad. Yo era en ese momento presidente de la UNEAC en la provincia espirituana y también como coterráneo me correspondió decir algunas palabras de elogio a su figura. Todos sabíamos que había atravesado un espacio de luces, sombras e incomprensiones durante sus años de labor en el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana y la revista Pensamiento Crítico.


Cortesía del autor


Esos momentos formaban ya parte de su biografía, que él asumía sin amargura ni poses de víctima, más bien con cierta nostalgia e hidalguía. Me atraía su interés en estudiar y pensar la historia cubana en esa dura etapa de construcción del socialismo, casi sintiendo el calor de la boca del horno y sin temor a equivocarse.

Varios días después de su muerte la televisión espirituana me convocó para hacerle un programa de homenaje, el cual, por mera casualidad, saldría al aire precisamente el mismo día del triste reencuentro en Yaguajay.

Buscando las fotos y libros para el programa recordé que en el año 2009 especialistas del Instituto de Investigación Cultural Juan Marinello me pidieron un texto investigativo y yo les entregué mi libro Che entre la literatura y la vida. Fernando, que era el director de la institución, lo leyó y me llamó por teléfono muy entusiasmado con el texto sobre Guevara. Le pedí hiciera el prólogo que generosamente escribió. Desde entonces lo tengo como un aval y recuerdo valioso.

En el año 2011, después de otorgársele el Premio Nacional de Ciencias Sociales de Cuba, galardón recibido con elogios a lo largo y ancho del país, le correspondió hacer una gira por las ferias del libro en la Isla. A nombre de los organizadores de la Feria espirituana del Libro lo invité y le pedí que nos regalara un texto especialmente concebido para la provincia, que también era la suya. Vino, observó en silencio la mesa redonda que le organizamos sobre su vida y obra. Recuerdo que lo califiqué de “hombre bueno e imprescindible”. Lo de bueno partía de la concepción martiana que consideraba que era la única manera de ser dichoso, y Fernando lo era por su proverbial voluntad de servicio y su generosidad. Y lo de imprescindible se debía a la idea de Brecht de que así se debía llamar a los hombres que luchaban toda la vida. Lo vi feliz cuando presenté su libro Historias cubanas; la esencia de ese texto radicaba en ser un conjunto de historias conectadas como eslabones del proceso histórico de la nación cubana, donde a partir de microhistorias se asume el fenómeno nacional y el pasado ilumina el presente.

Ya en la noche final de su estadía en esa Feria del libro espirituana ocurrió un hecho cultural para recordar. Yo había organizado un proyecto cultural con el Chef presidente de la Asociación Culinaria de la provincia, denominado Las cenas del autor. Como en la feria también se festejaba el centenario de Lezama Lima, hicimos la cena lezamiana, basada en el texto del escritor Senel Paz que aludía a la cena descrita en Paradiso. Senel también estuvo presente, y en el momento de estar ya servida dicha cena en la casa del ICAP y con los comensales dispuestos, un inoportuno apagón de horas interrumpió la luz eléctrica. Alguien improvisó conseguir candelabros decimonónicos y nos alumbramos con las luces de las velas como en la colonia mies de un gran símbolo.

Ya nos marchamos. Miro hacia atrás, ¿estará aquí en este pequeño espacio  realmente Fernando Martínez Heredia? Su quehacer ha dejado una huella profunda en el estudio de los temas guevarianos, en el marco de la educación popular y los movimientos sociales de América Latina, en los foros de la izquierda y el pensamiento marxista. Su muerte conmovió al país, a la intelectualidad, a muchas personas dentro y fuera de la Isla. Pienso que la única muerte verdadera es el olvido. Si realmente queremos ser leales a su vida, el camino que tenemos por delante es el del estudio y profundización de su obra. Esa es la mejor manera de mantenerlo vivo.

Siento que este cubano universal que nunca se rindió y que como Marx creía que la felicidad estaba en la lucha, será siempre una especie de Quijote, alguien que justamente podría llamarse también Don Fernando Martínez Heredia de Yaguajay.< auditorio ya estaba cautivado por el disertante.

Muchas preguntas le hicieron, pero entre ellas recuerdo una muy emotiva, de un joven académico que había cursado una maestría relacionada con Fernando, quien no tuvo reparos en confesar públicamente la admiración que profesaba al maestro. Martínez Heredia para él no era un intelectual más, sino una especie de patriarca de la nación cubana, como lo fueron en su momento José Antonio Saco y otros grandes pensadores. La conferencia se extendió más allá de lo dispuesto porque todos querían seguir escuchando sus profunda reflexiones.

Al final, cuando concluyó, subí al escenario a saludarlo. Le entregué como regalo una nueva versión del libro mío del Che publicado por la Editora Política donde se mantuvo el prólogo escrito por él. En broma le pedí que me hiciera el prólogo. “¿Otra vez?”, me ripostó sonriente. En ese mismo instante, recordé que fue él mismo quien me había traído desde la Feria del libro de Buenos Aires los correspondientes ejemplares de autor de la primera edición argentina, con alegría cómplice, sin importarle la molestia de la carga. Lo acompañé en el auto que lo trasladó a la ciudad. Él quería partir raudo hacia Yaguajay, ya que había insistido mucho, como nunca antes, en visitar a su pueblo. Tenía unos deseos muy especiales de viajar a las raíces antes de marcharse para La Habana.

Le dije que iba a realizar una gira por las provincias orientales para presentar mi libro del Che. Y la hice comenzando por Guantánamo, Santiago, pero en Holguín, en la UNEAC de esa provincia, me sorprendió la noticia de su muerte. En la Facultad de Filosofía de la universidad donde presenté el libro, así como en otros lugares de Las Tunas, le dediqué la modesta presentación a su memoria y recuerdo.

Arribamos por fin a Yaguajay, al Museo Nacional Camilo Cienfuegos, donde está prevista la ceremonia de honor a Fernando, preparada por las autoridades y el eficiente director del museo, Gerónimo Besanguiz. Mientras aguardamos la llegada de la comitiva, mi esposa Graciela y yo conversamos con la hermana y otros familiares de Fernando, especialmente con Toño, el solícito cuñado y amigo que parece sostener sobre sus hombros el pesar del momento; así como con Lasval, director provincial de cultura y Teresita, la Presidenta de la Asamblea Provincial del Poder Popular.

Las cenizas llegan en un vehículo en el cual también viene su esposa Ester, y Julio, su hijo, cuyo rostro guarda un extraordinario parecido al del padre; también varios compañeros de trabajo del Instituto Marinello, Fernando Rojas, viceministro de cultura, Joel Suárez, coordinador nacional del Centro Martin Luther King, su esposa y otros. Al abrazar a Ester, me siento conmovido cuando escucho que me dice: “Quiero que sepas que Fernando te quería mucho”.

El pueblo yaguajayense desfila durante dos horas continuas y deposita flores ante la foto con la imagen risueña de un Fernando que transmite una sensación de desbordada alegría, rodeada de ramos de flores y de las coronas enviadas por el Presidente Raúl Castro, el pueblo de Yaguajay y las autoridades del territorio.

Entrego a Ester en un CD la copia del programa homenaje que le habíamos hecho en la TV espirituana. Conversamos. Me asegura que lo que más desea es que se preserve y estudie su legado. Comentamos el interés de los espirituanos de abrir un espacio para el estudio de su obra.

La ceremonia finaliza y todos rodeamos a Ester, que está de pie con la urna que contiene las cenizas de su esposo. Hace un esfuerzo y nos habla del amor profesado por Fernando a su pequeño pueblo y de su reiterado deseo de permanecer para siempre en la tierra que lo vio nacer. Nunca se consideró un Hijo Ilustre, dice, sino simplemente un hijo de Yaguajay. Y yo vengo ahora a entregarles a Fernando. Visiblemente emocionada nos pide que cantemos el Himno Nacional de Cuba, que es entonado con fuerza por los presentes hasta que la propia Ester se transforma en un grito de Viva Cuba Libre que nos estremece a todos los que lo repetimos, mientras ella entrega la urna al hijo.

Ya en el cementerio local, Julio desciende a la tumba y deposita las cenizas en el panteón familiar. Joel Suárez, en unas breves palabras a pie de tumba, rememora, entre otras cosas, la presencia inagotable de Yaguajay en la memoria de Martínez Heredia. Gracias a Dios, dice, por habernos entregado la hermosa vida de Fernando, quien también fue un forjador de la unidad sin prejuicios entre cristianos revolucionarios y no creyentes.

El Himno Nacional cantado enérgicamente, el estremecedor Viva Cuba libre, las gracias a Dios por habernos dado la hermosa vida de Fernando. Todo se agolpa en mi memoria como partes de un gran símbolo.

Ya nos marchamos. Miro hacia atrás, ¿estará aquí en este pequeño espacio  realmente Fernando Martínez Heredia? Su quehacer ha dejado una huella profunda en el estudio de los temas guevarianos, en el marco de la educación popular y los movimientos sociales de América Latina, en los foros de la izquierda y el pensamiento marxista. Su muerte conmovió al país, a la intelectualidad, a muchas personas dentro y fuera de la Isla. Pienso que la única muerte verdadera es el olvido. Si realmente queremos ser leales a su vida, el camino que tenemos por delante es el del estudio y profundización de su obra. Esa es la mejor manera de mantenerlo vivo.

Siento que este cubano universal que nunca se rindió y que como Marx creía que la felicidad estaba en la lucha, será siempre una especie de Quijote, alguien que justamente podría llamarse también Don Fernando Martínez Heredia de Yaguajay.