Feria del Libro, publicaciĆ³n promotora de la actividad literaria

Ahora que ya comienzan a soplar los aires de una nueva Feria Internacional del Libro de La Habana, la número 25, el evento cultural más grande que se organiza en la Isla, vale recordar que en la República, que no debe ser ni aplastada ni negada, sino rescatada en lo que tuvo de bueno, pues al menos en la práctica cultural se desarrollaron algunas acciones notables o,  más bien, esfuerzos no siempre estériles. Entre las que tuvieron cierta trascendencia estuvieron las ferias del libro. La primera se realizó en la capital a comienzos de 1943 y al mes siguiente comenzó a editarse una gaceta literaria y artística, Feria del Libro, bajo la dirección de Félix Lizaso, que se presentó como “un eco del éxito ruidoso alcanzado por la Primera Feria Nacional del Libro, para derivar de él, no solo su título sino sus propósitos”, según se leía en el primer número, aunque no puede dudarse  que dicha feria, celebrada a lo largo del Prado habanero, era imposible causara el impacto de la actual, que ya transita, como expresamos antes, por su vigésimo quinta edición. Pero valga celebrar aquel esfuerzo. Se expresaba además en ese número inicial de Feria del Libro:

Quisiéramos trabajar por una superación de la producción editorial cubana, por su más amplia difusión en todos los países de nuestra lengua, por las facilidades de importación, por el mayor acercamiento de editores y libreros. Y sobre todo, por la dignificación del libro.

Aparecieron en los números vistos —seis en total, todos del año 1943— el último correspondiente al mes de julio, artículos críticos e informativos, fundamentalmente sobre literatura cubana, así como poemas provenientes de obras inéditas o próximas a publicarse, de poetas cubanos de la época como Emilio Ballagas, Ernesto Fernández Arrondo y Felipe Pichardo Moya. 

Por otra parte, la revista realizó propaganda a favor de la actividad editorial en Cuba —ciertamente pobre, excepto aquellas editoriales que se vincularon a la edición de libros de textos, como Cultural S.A. y P. Fernández, que se llegaron a distribuir en Centroamérica y otros países del área, y con igual propósito la editorial y Librería Selecta, que imprimía libros para el bachillerato— y a la lucha por conseguir un mayor intercambio con grandes editoriales latinoamericanas como la argentina Losada.

En medio de esta páramo, no puede obviarse que las Ediciones Lex y Trópico se consagraron también a la difusión de autores de Hispanoamérica y de Cuba, entre cuyos títulos más significativos se encuentran las Obras Completas de José Martí: Editorial Trópico con 74 tomos entre 1936 y 1953; Editorial Lex en dos tomos, en 1946, y en cuatro tomos en 1948 y 1953. No obstante, la desatención oficial era notoria en lo concerniente al trazado de una política editorial, razón que provocó que el libro cubano viviera una perenne crisis, sin contar que no existía el hoy bien conocido derecho de autor. Un ejemplo positivo de esos años fue la editorial La Verónica, dirigida por el poeta español exiliado en Cuba, Manuel Altolaguirre, quien difundió obras de Martí, de Marinello (Momento español), un tomo con dos obras de teatro de Puskin y Sóngoro cosongo, de Nicolás Guillén, todos ofrecidos a precios muy baratos. Asimismo las ediciones del Partido Socialista Popular y la Editorial Páginas, liderada por Carlos Rafael Rodríguez, trataron de acercar la cultura al pueblo y esta última, a través de tres grandes secciones —Biblioteca de Clásicos Cubanos, Biblioteca Cubana Contemporánea y Colección Universal de Cultura Moderna— se mantuvo durante algunos años bajo difíciles circunstancias, incluida la represión a sus directivos.

En sus páginas Feria del Libro publicó artículos de Juan Marinello, José María Chacón y Calvo, y Jorge Mañach que mostraron la dura realidad del libro en Cuba, en tanto hubo colaboraciones de autores de ficción como Enrique Serpa, Agustín Acosta, Luis Rodríguez Embil, José Antonio Ramos y Felipe Pichardo Moya.

A pocos meses del triunfo revolucionario se celebró en La Habana el Primer Festival del Libro Cubano, que pudiera igualmente estimarse como precursor de la actual Feria del Libro, y en cuya organización participó Alejo Carpentier, recién llegado a Cuba.

Como se observa, estos y otros antecedentes no pueden obviarse para que podamos juzgar con mayor conocimiento lo que es nuestra actual Feria del Libro, que recorre toda la Isla en un lapso de casi dos meses, seguida del Festival del Libro en la Montaña. Aquel esfuerzo de 1943 no puede considerarse baldío y aquella publicación no puede menos que ser estimada en lo que tuvo de esfuerzo, aunque su repercusión no fue significativa.