Fe de erratas

No, no es una errata. El libro que fuera merecedor del premio Pinos Nuevos 2014 en la categoría de poesía se llama Creatura. A pesar de los intentos del Microsoft Office por corregir la palabra, así es como ha elegido Osmel Almaguer nombrar este libro suyo que salió por la editorial Letras Cubanas en el 2015. El título en latín remite a la palabra criatura, que igualmente remite a la palabra crear, que alude también (en este caso) a la palabra poesía.

Creatura se edifica como torpeza poética, pero no torpeza en sentido peyorativo (el camino que se esconde del caminante, la piedra al otro lado del río), sino como negación de ciertos términos (bello, exaltación, lirismo). Aquí los textos adquieren connotaciones esquizoides, autistas a veces, como es (o como debe de ser) un discurso que se respete a sí mismo y, de paso, respete a un lector interesado en lo que hay más allá de lo que normalmente nos sale al paso.


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Las palabras rehúyen posibles encuentros pasivos, los textos cruzan fronteras entre la poética y la narrativa. Estas criaturas, en fin, esperan ser creadas; pero (¿sin saberlo?) ya existen. No son clonaciones de nadie (ni siquiera del autor Almaguer), sino originales cada una por sí misma.

Osmel escribe: “Nada que pueda caber en esta hoja, que pueda volcar —de mí—  sobre la hoja (…) me compensa. Si algún sentido tuviera la muerte, me entregaría sobre ella con la postura que engendra criaturas horribles, en un intento por creerme menos solo”. Esto puede constituir un atisbo (rendija en puerta entornada) de lo que sucederá. Las criaturas no son nada amables. Después de todo, ¿no es cierto que el sueño de la razón engendra monstruos?

El paliativo a la soledad se revela entonces: escribir y, a su vez, ser escrito. Ficcionar y después aceptar que uno (el que escribe, el que sangra y desangra) es solo parte de una ficción mayor, como podemos inferir del texto “Oficio de renunciar” (que toma como referencia al mito platónico de la caverna).

Osmel Almaguer se sumerge en el amplio estanque de la Poesía Nacional con el fin de ir hasta el fondo y rescatar el detritus, el sedimento, lo intocable; a veces, hasta la misma negación (¿cartesiana?) del texto como ente lírico. “Del hombre que lava la ropa en posición fetal a la orilla del río, puño a puño y en su centro pequeñas cantidades de tela, solo sé que lava la ropa a la orilla del río”.

La enajenación se manifiesta entonces como probable línea de fuga. Una búsqueda existencial infinita de la cual emerge este libro como posible testigo. “De esos para quienes la luz ha sido solo un pretexto, buscar ha sido un pretexto y sus discursos retumban en la estrechez de las paredes, quisiera enajenarme. De quienes anhelan mirar el sol de frente y que todo se arregle, golpearse duro en la pared y que todo se arregle, quisiera enajenarme”.

Ni siquiera subsiste el verso como salvación (el espaciado etéreo que conceden las estrofas como estructuras visuales) porque versos o estrofas brillan por su ausencia en este libro. Las metáforas toman forma narrativa, se vuelven pedazos de ficción. (Símiles transgénericos para poesía de fin de siglo). Estos textos se alzan como edificios de microbrigada esperando a ser habitados por esos mismos monstruos que engendra el sueño de la razón, para que después podamos venir nosotros (pobres lectores) a mirar por las ventanas como si de un zoológico se tratara; compartiendo, de paso, el peso de la historia (nuestra Historia, dígase también histeria) con el autor que ha escrito: “Parece un pueblo demasiado optimista; nadie diría que continúa siendo gobernado por los caídos”.

Creatura se alza igualmente como carta de navegación, sacrificio y ofrenda; brújula con varias direcciones para arribar (o no) a un rumbo nunca definido, pero presente (“El sitio a donde crees llegar no existe”). La vida, la muerte. La familia. El Yo que a veces elige mostrarse detrás de segundas o terceras personas. Las eternas ausencias que se suplen con algo parecido a un sentimiento que se elige no nombrar. “Quienes han muerto nunca responden si se les llama, pero a veces sí. Quienes han muerto vuelven en tiempos inoportunos, pero acaso no”.

La poesía, pues, percibida como errata o nota al pie de página. No de forma peyorativa, pero errata y nota al pie al fin y al cabo. Leemos lo que deseamos leer, a pesar de que otra cosa esté escrita, otros pensamientos, otra dosis de cierta sensación que dudamos en nombrar. “Algo que ahora no es luz, pero promete”. Un espejo que nunca nos devuelve lo mismo que refleja pero, de todas formas, lo intenta. Y eso, al final, es lo que importa.