Familia bajo presión en el cine cubano del siglo XXI

Una de las preocupaciones claves del cine cubano del siglo XXI ha sido la familia como elemento natural, universal y fundamental de la sociedad, y por tanto, grupo de personas que expresan con nitidez ciertos rasgos de la idiosincrasia cubana como la valerosa lucha contra las dificultades, o la sensualidad y la gracia como escape y solución momentánea a los problemas.

En comedias, o tragicomedias, como Hacerse el sueco (2000, Daniel Díaz Torres), Las noches de Constantinopla (2001, Orlando Rojas), Nada (2001, Juan Carlos Cremata) y Entre ciclones (2003, Enrique Colina), la familia se muestra desgajada por el conflicto que representa irse o quedarse en el país, o aparece la contienda entre unos y otros por las diferentes actitudes éticas relacionadas con las nuevas circunstancias socioeconómicas y asuntos como el estatus, el poder económico, y los medios lícitos para ganarse la vida.


La película de Ana, Daniel Díaz Torres, 2012
 

A través de los conflictos generacionales y filiales de orden doméstico o barrial, mediante las numerosas observaciones respecto a la disfuncionalidad de tales familias, y a la gigantesca brecha generacional abierta entre padres e hijos, los cineastas cubanos, consagrados y noveles, aportaron sus reflexiones más o menos humorísticas sobre la crisis de valores, los ideales distintos y la manera de vivir, y pensar, de las diversas generaciones que conviven en un país cuya población tiende a envejecer dramáticamente y así se muestra en comedias con cierto dejo trágico como Viva Cuba (2006, Juan Carlos Cremata), El cuerno de la abundancia (2008, Juan Carlos Tabío), La película de Ana (2012, Daniel Díaz Torres) y Se vende (2013, Jorge Perugorría).

En cuanto a una perspectiva distanciada del cubaneo y el humorismo, Humberto Solás le confirió al tema de la familia matices melodramáticos y neorrealistas en Miel para Oshún (2001) y Barrio Cuba (2005) en las cuales se exalta la contradicción entre esperanzas y desesperanzas, sueños y frustraciones de quienes viven tratando de superar la fealdad, las escaseces y falencias de un contexto material y moral muy difícil.

Sin embargo, la exaltación dramática del heroísmo cotidiano de la familia cubana fue verificado sobre todo en Suite Habana (2002, Fernando Pérez), un documental dramatizado sobre La Habana y su gente, con algo de retrato y diario personal, pues se ilustran las estrategias cotidianas de un grupo grande de personajes reales para resistir la tremenda erosión de las dificultades, a partir del largo viaje de un día hasta la noche.


Personaje de Suite Habana, Fernando Pérez, 2002
 

Precisamente sobre los conflictos filiales, en torno a una familia cuyas contiendas mayores tienen que ver con el sacrificio, la incomunicación y el cuidado al desvalido, discursa La pared de las palabras (2014, Fernando Pérez) un filme sobre seres humanos apostados a ambos lados de la línea de la normalidad y la sordera, y por tanto incapaces de entender palabras, señales, miradas que se pierden en la oscuridad de lo rutinario.

Es la emigración la causa de terribles desgarramientos familiares, o fraternales, no solo en las tramas de Miel para Oshún, Barrio Cuba y Suite Habana, sino también en Video de familia (2001) de Ernesto Padrón, que se erigió en la avanzada a la hora de retratar el estado síquico de una nación (y de una familia) abocada a grandes cambios, a partir de una instantánea donde alternan tres generaciones.

Más tarde, también lidiaron con los apremios inherentes a la decisión de partir y alejarse, con el consiguiente diezmo de la unidad familiar, Páginas del diario de Mauricio (2005, Manuel Pérez), Havana Blues (2005, Benito Zambrano), La edad de la peseta (2006, Pavel Giroud), La anunciación (2008, Enrique Pineda Barnet); Casa vieja (2010, Lester Hamlet); Larga distancia (2010, Esteban Insausti); La ciudad (2015, Tomás Piard) y Caballos (2015, Fabián Suárez) además de las ya mencionadas Nada y Viva Cuba que exponen similares conflictos.

También se concentran en desacuerdos y desigualdad en las expectativas personales de cada miembro de la familia, o de la pareja, Mañana (2006, Alejandro Moya); Afinidades (2010, Jorge Perugorría y Vladimir Cruz), la romántica Contigo pan y cebolla (2012, Juan Carlos Cremata) que teatraliza melodrama y comedia bufa para exaltar el amor imperecedero de una pareja de sobrevivientes, y las cáusticas Boleto al paraíso (2010, Gerardo Chijona) y Melaza (2012, Carlos Lechuga) que explican la desintegración de lo filial a partir de la profunda crisis económica, social y de valores.


Boleto al paraíso, Gerando Chijona, 2010
 

Video de familia, Suite Habana y Barrio Cuba sentaron las pautas. Luego, abundan los tratados fílmicos sobre los conflictos que afectan a la familia cubana más allá de la emigración al exterior. Aparece el tratamiento dramático de otros temas relacionados como la inmigración a la capital desde otras provincias; la ilegalidad y delincuencia; la religiosidad popular; los problemas laborales y de vivienda; la prostitución femenina y masculina; alcoholismo; homosexualismo y homofobia; racismo, marginación y prejuicios del más diverso cariz...

Varias películas cubanas del siglo XXI discursan sobre la entronización del darwinismo que impone la ley del más fuerte, en franca colisión con los valores familiares y con los ideales del hombre nuevo y de una sociedad igualitaria, instruida y educada. Chamaco (2009) de Juan Carlos Cremata; Conducta (2014, Ernesto Daranas); Vestido de novia (2014, Marilyn Solaya); Fátima o el Parque de la Fraternidad (2014, Jorge Perugorría); Viva (2015, Paddy Breathnach) y El rey de La Habana (2015, Agusti Villaronga) —aluden a contravalores como la rudeza machista, la violencia entronizada, o actitudes antisociales que colisionan con la armonía y comprensión que debiera representar toda familia.

En La emboscada (2015, Alejandro Gil) y La obra del siglo (2015, Carlos M. Quintela) aparecen personajes muy mayores, incluso ancianos, que recuerdan un pasado mejor, o tratan de imponerle a los jóvenes su manera de pensar y sus normas o experiencias, tal vez marcadas por la caducidad. Sin embargo, valga decir que la alternancia entre lo nuevo y lo viejo está ligada a las tradiciones del cine cubano desde clásicos de la comedia como Se permuta y Plaff o demasiado miedo a la vida, hasta el cine de Orlando Rojas (Papeles secundarios) y Fernando Pérez (Madagascar, La vida es silbar).

Porque el cine cubano, en todas sus etapas, pero sobre todo a lo largo del siglo XXI, suele interrogar a la sociedad sobre el papel de la familia, los embates que la desgastan, las contradicciones entre tradición y modernidad, y la necesidad tanto de renovación como de sostenimiento de las mejores tradiciones que alientan al interior de la familia cubana.