¿Existe un humor cubano?

La simple pregunta de si hay o no un típico sentido del humor cubano ya es, en sí, una provocación. Como rasgo de identidad, si asumimos que poseemos una peculiar manera de afrontar situaciones, desdichas, contrasentidos y otros rasgos cotidianos a través de burlas, sin dudas la respuesta sería sí, como ocurre con otras manifestaciones culturales no siempre identificadas como tales: nuestro vestuario, nuestra forma de caminar, de gesticular, de ayudarnos, de saludar, de contar con los dedos, de mostrar cólera, sorpresa, o disgusto. Como todo pueblo, contamos con recursos expresivos muy propios, que se evidencian con mayor fuerza en las situaciones antes mencionadas. Pongamos por caso el estudio de nuestra expresividad corporal: nos movemos con cadencia lenta, utilizamos las manos como apoyaturas extraverbales en las conversaciones, hablamos en voz alta, nos reímos sin que nos importe que nos escuchen en dos cuadras a la redonda o, por el contrario, proferimos insultos desproporcionados, que no suelen conducir a violencia física.

Es fácil reconocer a un compatriota a distancia, incluso en una multitud fuera de Cuba. Esa dama que camina como la mujer de Antonio, y que maldice el frío o la lluvia con “ay, coño”, es cubana. Y el hombre que se rasca un testículo en público y pone cara de yo no fui, es un coterráneo, sin duda. Nadie discutiría estos rasgos como cubanos. En el análisis del humor, sin embargo, existe cierta controversia.

De tantos chistes que solemos hacer aun en las condiciones más difíciles, vamos por el mundo con fama de graciosos, de alegres. Y nos creemos nuestra jocundidad, alimentándola frente a quienes nos observan, sin querer percatarnos de la débil línea que nos separa de la bufonada. Jorge Mañach, el mayor estudioso de nuestro sentido del choteo (y ya introduzco el término “choteo”, en oposición al “humorismo”), distinguió muy bien ambos conceptos, encasillándonos a los cubanos como artífices del primero de ellos. “El humorismo es lo cómico serio, la risa triste, filosófica, y el choteo es la perversión de la burla”, explicó, para más adelante añadir: “el choteo es un prurito de independencia que se exterioriza en una burla de toda forma no imperativa de autoridad”. Volveré más adelante a Mañach y a su impresionante ensayo “Indagación del choteo”.


 

Eladio Secades, por su parte, quien fuera premiado en 1942 precisamente por Mañach, no se dedicó a teorizar sobre el tema, sino que se desempeñó como uno de los más logrados escritores costumbristas de Cuba, a través de las “Estampas” que publicara durante 17 años consecutivos, entre 1941 y 1958. En dichos textos, deliciosos e irreverentes, evidenció nuestro carácter (como más tarde hicieran el versátil Enrique Núñez Rodríguez y el siempre adorado Héctor Zumbado), de forma impecablemente auténtica. Expondré solo un ejemplo del estilo secadiano, que viene como anillo al dedo al momento de conceptualizar nuestro rasgo humorístico: “Hemos querido libertarnos del tradicional choteo criollo […] y lo que en realidad hacemos es tirar las penas a relajo, pero para tirar las penas a relajo, primero tienen que existir las penas” (“La tristeza cubana”).

El escritor Núñez Rodríguez dedicó numerosas páginas a contar anécdotas del pasado y de su presente inmediato, develando el tono simpático (choteador) con que afrontamos desatinos y disparates, colocando a nivel de peripecia la picardía y el doble sentido que solemos emplear en nuestras tertulias. Zumbado, quizás el más rotundo defensor del humor literario como género individual, creó una pléyade de personajes amparados bajo el manto del socialismo, desenmascarándolos en ocasiones, o convirtiéndolos en arquetipos sociales dignos de risa y de pena a la vez. Ahí están, para siempre, sus creaciones “Consultoso”, “Mecanoso”, “Audacio”, “El majá dinámico”, “El muelero” y sus famosos “Memos” (para el Jefe de Personal, para el Director del área, al Presidente del organismo), por solo citar algunos ejemplos.

En aras de sintetizar esta aproximación al humor cubano, obviamente existente, aunque con los peculiares visos de burla ya establecidos (y ciñéndome al humor literario), volveré al autor de “Indagación del choteo”. Considero altamente significativa, en términos tanto académicos como reflexivos, una de sus explicaciones a la mofa que nos tipifica como pueblo: “El cubano no quiere aparecer sometido ni siquiera a su propia emoción, y el choteo viene a ser un acto de pudor, un pliegue de jocosidad que nos echamos encima para esconder nuestra tristeza íntima, por miedo a aparecer tiernos o espirituales.” En otras palabras: es fácil inferir que lejos de ser tan cómicos como creemos, somos profundamente melancólicos, emotivos, e incluso tristes. O al menos, exageradamente no serios (“Lo que nos sucede a nosotros los cubanos es precisamente que nos tomamos demasiado en serio”, había dicho Mañach en 1923, y “De tomarlo todo en broma, hemos pasado a tomarlo todo en serio”, afirmó Secades dos décadas más tarde).

El propio Zumbado, maestro del humorismo, reflejaba exquisita ternura en algunas de sus narraciones, como puede constatarse en los maravillosos cuentos “El tipo que creía en el sol”, de 1981, y en “Seis humoristas en Angola”, de un año más tarde. Tal vez debido al interés por ocultar nuestra sensibilidad melancólica, nos disfrazamos de superficiales, de hirientes, de personajes sarcásticos cuyo ánimo es aparentemente inquebrantable, y así nos ven los demás. En cualquier caso, el choteo, efectivamente, prevalece como expresión cubana de humor, aunque solo nosotros seamos conscientes de que tras esa máscara irrespetuosa, escondemos emociones, nudos en el pecho, y alguna que otra lágrima. Y a nadie que no haya nacido en esta tierra le confesamos nuestro erizamiento al escuchar el Himno Nacional, por ejemplo. ¿Resulta entonces que al final, lejos de ser graciosos, resultamos portadores de una carga emotiva de difícil comprensión? Al parecer, sí. Pero… ¿qué se puede hacer con el Humor, si es cosa de él?