Evocaciones cómplices

En lo que fuera el antiguo estudio de Leonel López-Nussa, sus hijos Krysia, Ruy y Ernán entrelazan recuerdos del padre, el artista, el intelectual y el humorista que fue. Para ellos, es difícil apartar la imagen de Leonel de la de su esposa Wanda Lekszycki. “Eran Romeo y Julieta en la época moderna”, afirma Ruy. Y es que tanto en la vida sentimental, como en el quehacer intelectual y la educación de sus hijos, ambos constituían un binomio inseparable. 

La diferencia de siete años entre los dos hermanos mayores —Pablo y Krysia— y los dos menores –Ruy y Ernán— se evidenció en el tratamiento, la atención y las exigencias hacia unos y otros. “Ernán fue el más chiquito y el más consentido”, asegura Krysia. “Pero era más bien mi mamá, y el viejo le seguía la corriente. La orden la daba la señora y él ejecutaba”, aclara Ruy.


Fotos: Cortesía Krysia López-Nussa
 

“Mi papá se ocupaba de los dos más chiquitos; nos llevaba a la escuela, nos preparaba el desayuno y hacía los mandados y casi todas las gestiones de la casa. Mamá empezó a estudiar en la universidad con nosotros cuatro nacidos. Tuvo cuatro hijos fuera de su país, luego de un recorrido grande, y el hecho de establecerse aquí se debió a una necesidad de todo tipo: política, cultural, social, climática…”.

Por su parte, expresa Ernán: “El viejo se ocupaba de todo, pero nos crió muy independientes, igual que mi mamá. El hecho de que no nos llevara de la mano en la vida, casi llegaba al punto de la incomunicación. El exceso de independencia tiene su costo, y hay cosas que se dejaron sin contar y sin decir de la misma familia. Vine a saber que era ahijado de Hemingway porque oí rumores, y sí, mi padre tuvo una relación con Hemingway cuando llegaron de México por un amigo común.


Leonel López-Nussa junto a sus hijos
 

Ruy: Fíjate como es, que yo me acabo de enterar ahora…

Ernán: Es que a eso no se le dio importancia, en mi casa se le bajaba el perfil a todo, hasta a las cosas que uno hacía. No había adulaciones ni elogios excesivos. No hubo falta de cariño ni afecto, pero la incomunicación sí me hizo un poco de daño por la inseguridad que transmitió en mí, y eso tuve que superarlo.

Ruy: A pesar de tener una madre francesa que nos hacía estudiar música y leer, también salíamos como todos los niños a jugar pelota. No nos daban la posibilidad de ostentar, nos poníamos la ropa de aquí de la tienda y a veces usábamos la misma camisa tres y cuatro días. Se les fue la mano en esa parte, era demasiada austeridad, pero, por otro lado, las carencias y necesidades jamás nos hicieron mella.


Leonel junto a su esposa Wanda Lekszycka
 

Krysia: Nunca hubo didactismo. No nos decían: “Martí dijo esto o aquello”, sino que ellos se comportaban de una manera y nosotros tomamos el ejemplo de la casa, de sus actitudes, el hecho de trabajar, de entregarse. Él nos daba libros a leer, nos llevaban a las actividades del Guiñol todos los fines de semana, al Jardín Botánico… Siempre trataron de ampliarnos el horizonte sin imposiciones.

Un mundo artístico en expansión

Krysia recuerda a su padre como un hombre de elegancia natural que por su andar y porte no parecía cubano; más bien, con su gran sombrero, evocaba a un mexicano. Fue un intelectual autodidacta que dejó inconclusos sus estudios en la Academia de San Alejandro, hizo el Bachillerato y dedicó su vida a la lectura y el conocimiento. “Él leía de todo: Dostoievski, Neruda, Martí, Vallejo, Sartre, libros especializados... Para escribir siempre se informaba e investigaba. Le gustaba mucho el policiaco, al punto que llegó a escribir un par de novelas de ese género”.

“Escribía a veces a la hora del té, en la tarde. Nosotros estábamos conversando con mi mamá y él intervenía, daba una opinión y luego seguía escribiendo”, apunta Ruy.

“El viejo estuvo trabajando hasta que tuvo la fuerza y la mente, y cuando ya no podía, seguía viniendo igual al estudio”, refiere Ernán.

Respecto a su dimensión intelectual, ¿podrían comentarme sobre su faceta humorística, su rol como crítico de arte y las características de su obra pictórica?

Krysia: Cuando empiezas a revisar sus libretas de apuntes, te das cuenta de que hay mucho humor. A él le gustaba provocar, era un hombre ocurrente, aunque seco y callado. Pero en la vida cotidiana tenía excelentes relaciones con las personas que no poseían una gran cultura y que podían entender perfectamente sus salidas y ocurrencias, bromas que utilizaba también con sus compañeros de trabajo.

Ernán: Él acercaba a la gente simple o común a su universo.

Krysia: El trabajo de crítico de arte lo ejerció durante casi 20 años en la revista Bohemia. Debía entregar un texto semanal, había mucha actividad cultural y él iba a todas las exposiciones. En sus artículos solía ser muy incisivo, mordaz e irónico, a veces más de la cuenta. Decía lo que pensaba tratando de ser lo más objetivo posible y sin miramientos.

Ernán: Pese a eso, los jóvenes lo buscaban mucho, recuerdo que iban a la casa frecuentemente a invitarlo a sus muestras. Tuve conciencia de lo incisivo que era en sus críticas cuando estaba en la escuela al campo, donde compartíamos con la Academia de San Alejandro. Ahí empecé a tener muchos amigos artistas y supe que el viejo era terrible. El primer comentario que escuché fue: “Después de una crítica de López-Nussa te puedes tirar o no por el Almendares”. Era severo, pero un tipo honesto, y todos sabían que escribía lo que pensaba.


 

Krysia: En cuanto a su labor como artista, abordó diversas temáticas y técnicas. El dibujo era su disciplina preferida, a la cual le dedicó mucho tiempo y la mejor parte de su obra. Era muy trabajador, empezó a ir al taller de grabado desde el año 72. Trató mucho el tema de la mujer, la pareja, los mambises, con una labor muy intensa y dedicada; el tema de la música y los músicos, con distintas series. Tuvo una etapa de cubismo y otra más expresionista. Era un poco experimental con ciertas tendencias y expresiones artísticas que existían en ese momento. Él decía que la pintura era la prostituta del dibujo, tenía esa forma despectiva hacia la pintura, y la expo que inauguramos recientemente se llama La Pintura Respetuosa, haciendo alusión a Sartre.

El encantador de serpientes

“A veces nos sentábamos a hablar de cualquier tema y él estaba cerca dibujando, pero no permanecía ajeno a nuestras conversaciones, porque de pronto emitía una opinión que podía ser muy graciosa, muy certera, muy aclaratoria o muy pesada”, comenta Krysia.

Ernán: Él siempre se estaba ocupando de la familia y, al mismo tiempo, trabajando. Buscó hasta lo imposible otro conservatorio para nosotros cuando fuimos expulsados del que estábamos estudiando y resultaba muy difícil entrar en otro. Era una persona con mucha labia, como un encantador de serpientes, pero con bondad. Hay varias anécdotas de su personalidad, porque era un tipo olvidadizo…  


 

Ruy: Con respecto a eso, en la misma entrada de la casa él abrió un hueco para hacer una cisterna y una noche se le olvidó que estaba el hueco y se cayó dentro, era muy distraído. Él pintaba, pero buscaba el tiempo para todo lo que hiciera falta en la casa. También podía abstraerse fácilmente; me acuerdo que dormía la siesta con nuestras descargas y ensayos escandalosos de fondo.

Ernán: Hay una anécdota muy simpática de los años 70, cuando teníamos una pequeña casa en la playa y casi todos los fines de semana íbamos a Jibacoa. Pasábamos los veranos allí, y en esa época de una escasez considerable nos abastecíamos con frutas y vegetales de las fincas que habían sido abandonadas. A lo largo de la carretera, llegando a Santa Cruz del Norte, había sembrados de cebolla y cebollino, y el viejo era tremendo y se servía de esos cultivos. Aquello provocó un día una gran persecución con carro y todo que terminó en la estación de policía. Pero gracias a su carisma y verbo todo salió bien. 

Sus hijos coinciden en afirmar que Leonel López-Nussa llevaba el guajiro dentro. No era un hombre de tener muchos amigos, pero recuerdan a amistades que visitaban la casa frecuentemente, como Feijóo y Alcides Iznaga.

No olvidan tampoco los paseos de los domingos a los conciertos de la sinfónica, hecho que pudiera haber influido en la dedicación posterior a la música de Ruy y Ernán. Aunque reconocen que su padre jamás los impulsó directamente a dedicarse a algo en específico, ni siquiera intentó imponerles las artes plásticas.

La casa, por otra parte, siempre estuvo llena de libros, de obras de arte, de discos de jazz y música clásica. En los años 60 y 70 la familia acostumbraba a salir con frecuencia a ver una obra de teatro, una exposición o alguna película que se estrenara en la Cinemateca.


 

¿Para ustedes, cuál es el legado de su padre en el ámbito personal y profesional?

Ernán: Pienso que la cubanía fue lo que adquirimos de nuestro padre culturalmente. Le agradezco mucho el amor y el sentimiento por lo cubano, en el más amplio sentido, no solo lo africano, sino lo español, y todo eso se ve en la pintura y en la literatura. Pienso mucho en las visitas de Feijóo, que eran sumamente atractivas y agradables, porque los dos eran tremendos y se pasaban la vida burlándose de todo, haciendo bromas… Feijóo era un personaje y el viejo se divertía mucho con él.

Krysia: Mi padre era el hombre de mi admiración. No era machista, tenía mucha consideración y detalles con las mujeres. Poseía una elegancia en su comportamiento y esa inteligencia no demostrada. Era honesto y nada ostentoso, con su manera de ser revolucionario sin hablar, porque nunca se alardeaba de eso. Llenaba los espacios con todo lo bello que existía, también disfrutaba la naturaleza y hacer excursiones al campo.


 

Ruy: La base de la literatura, el arte y la música que se disfrutaba en casa fue influyendo en nosotros, los músicos, y en mis hermanos mayores, que son arquitectos. Nos hacían sentir disfrute en la escuela al campo, cuando venían a visitarnos y organizábamos picnics debajo de los árboles. Lo que hubiera era suficiente para hacernos felices. Ese legado es muy importante y te hace disfrutar del momento. Vas supliendo las carencias con esa manera de ver la vida. A mí en lo particular me ha influenciado mucho su dedicación, disciplina y constancia en el trabajo. Esa actitud de tratar de sentirte bien con lo que tienes, esa manera de ver y disfrutar la vida, y el amor con que vivió sin ser adulador, lo demostró siempre con su forma de ser y su entrega a todo lo que hacía.