Eugenio Hernández Espinosa: un representante genuino de lo caribeño cubano

Si hay un dramaturgo que ha sabido captar las esencias caribeñas de lo cubano, ese es Eugenio Hernández Espinosa, quien este 2016 cumple sus ochenta años de edad.

Algunos lo conocen, sobre todo, por su presencia en el cine. Sin duda, es uno de los dramaturgos más adaptados a la gran pantalla, con La vida inútil de mi socio Manolo, dirigida por Julio García Espinosa en 1989, y su espectacular María Antonia, llevada al celuloide en 1990 por Sergio Giral.

Pero los vínculos de Hernández Espinosa con el séptimo arte se extienden también como coguionista de Patakín (basada en su obra Changó Valdés) y de Roble de olor, en la que trabajó junto a Rigoberto López, otro artista preocupado por los temas del Caribe.

Hernández Espinosa está considerado uno de los dramaturgos cubanos contemporáneos más importantes del siglo XX. Ello se debe, en mi opinión, a su fuerte conexión con la cultura popular y su tratamiento de la mitología afrocubana, fundamentalmente de origen yoruba, con sus símbolos y sus deidades.

Sin lugar a dudas, es María Antonia la obra cumbre de este dramaturgo, también director artístico y general de Teatro Caribeño, compañía que fundó y convirtió en el lugar ideal para realizar sus presupuestos estéticos.

Desde 1979, en que su pieza La Simona obtuviera el Premio de Teatro Casa de las Américas, este autor no ha dejado de crecer ni de romper con prejuicios y estereotipos, a través de una larga carrera de peculiar coherencia y autenticidad.

Su teatro ha sido representado con igual éxito en Cuba y fuera de ella, en países tan diferentes como las islas de Martinica y Guadalupe, y las tierras firmes de México, Venezuela, Estados Unidos, Canadá, Argentina, España y Francia.

Esta universalidad de su obra confirma que es en lo local donde, muchas veces, se encuentra la posibilidad de trascender; y la producción de Hernández Espinosa ha resultado efectiva para diferentes públicos que asisten asombrados a representaciones que no se parecen a las de nadie.

No hay pintoresquismo folclórico en los personajes de este autor, siempre dueños de una psicología particular: prototipos y excepción al mismo tiempo, representan un mundo marginal si se les mira dentro del contexto donde han cobrado vida a fuerza de ser auténticos.

Por eso no es de extrañar la dimensión de este indagador de mitos y realidades que lo hicieron acreedor en 2005 del Premio Nacional de Teatro, el más alto reconocimiento de la escena cubana.

Para muchos, resulta inolvidable la María Antonia de la actriz Hilda Oates, quien hizo de su caracterización una fiel interpretación del original de Eugenio Hernández.

Ahora que este autor llega a su 80 cumpleaños, es justo que volvamos a su obra tan nuestra y, a la vez, tan caribeña y universal.

Eugenio Hernández Espinosa es, sin lugar a dudas, un autor de altos quilates, y su obra ha alcanzado la trascendencia necesaria para situarlo en un lugar cimero en la historia del teatro cubano.