Eterno indagador

 

Foto: Cortesía del autor
 

Isaac Nicola fue un hombre singular cuya capacidad para enseñar la guitarra e investigar sobre la misma constituyó su personalidad atenta, exigente e indagadora. Tras haber estudiado el instrumento con la madre, la pedagoga Clara Romero de Nicola y graduarse de profesor de guitarra en 1934 en el Conservatorio Laura Rayneri, viajó a París en 1939 para completar su formación académica con el guitarrista, pedagogo e investigador Emilio Pujol, alumno de Francisco Tárrega, a la vez que recibía clases de armonía de Jion Gallon.


 

En París ofreció conciertos en el Circle Tárrega y en la Asociación Daniel Fantra de esa ciudad. A la sazón, en ese país vivían otros importantes guitarristas: Miguel Llobet, Regino Sáinz de la Maza y Andrés Segovia, con los cuales cultivaría una fructífera amistad.

Pujol no solo le impartió clases de guitarra, sino que lo introdujo en el campo de la investigación.De Pujol dijo Nicola: “El Maestro me produjo una impresión tan profunda que nunca podría olvidarlo. Era un hombre bondadoso, muy artista, muy culto, buen literato; escribió su método y también un libro sobre la vida de Tárrega. Nunca trató de forzar para nada lo que yo hacía”. [1]

Pujol no solo le impartió clases de guitarra, sino que lo introdujo en el campo de la investigación. En particular estudió a los vihuelistas del siglo XVI: Luis de Milán, Luis de Narváez y otros, principalmente en la biblioteca de El Escorial, donde sus investigaciones le llevaron a profundizar en la historia de ambos instrumentos.

Frecuentó el Cercle Tárrega, presidido por Pujol, en el cual se reunían los amigos de la guitarra. Además, con él visitó Londres y Niza. En 1939 se trasladó a Biarritz y más tarde se estableció en San Juan de Luz, donde permaneció hasta 1940 en que se traslada a España para instalarse en la provincia de Zamora. De allí viajó a Madrid, donde coincidió con Regino Sáinz de la Maza, quien por entonces preparaba, para su estreno en Barcelona, el Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo —estreno al que Nicola asistiría. A Rodrigo, Nicola lo había conocido en París cuando concluía la obra. En Madrid continuó sus estudios con Pujol y además se relacionó con el guitarrista Daniel Fortea.

En la guitarra no hay nada hecho, el instrumento no puede dar menos de sí; están la caja y las cuerdas, todo lo demás va por el intérprete.De Nicola expresó Emilio Pujol: “Isaac siente profunda y noblemente el arte. Probablemente lleva esta cualidad en su alma desde antes de nacer. Su espíritu de artista se refleja en sus gustos, sus pensamientos y sus actos; quisiera, sin embargo, que su reflexión equilibrada y su serenidad de espíritu, no impidan la expansión de un temperamento fuerte, sensible y dúctil a la vez. [...]. Es una gran satisfacción para mí encontrar en su colaboración inteligente, el espíritu culto y profundo que inútilmente hubiera buscado entre los ejecutantes generalmente frívolos o ambiciosos de triunfos fáciles y provechosos. [...]”. [2]

En 1940 regresó a La Habana, y más tarde viajó a Nueva York, ciudad en la que se relacionó con el guitarrista cubano José Rey de la Torre, residente por entonces en aquella ciudad, con quien ofrecería en 1941 un concierto. Este mismo año dictó una erudita conferencia a los miembros de la Sociedad Guitarrística de Cuba sobre los vihuelistas, fruto de las investigaciones que había realizado en su periplo europeo, la que ilustró con un programa donde  interpretó, en la vihuela, Fantasía, de Luis de Milán; Pavana, de Diego Pisador, y Diferencias sobre Guárdame las vacas, de Luis de Narváez.

El guitarrista debe ser, “más que un aspirante a intérprete, un aspirante a músico”.En dicha conferencia expresaba: “Ciertos autores han pretendido considerar su música [la de Narváez] en el sentido “vertical” de la armonía moderna. Esto es un error. En la música para vihuela impera la polifonía a tres, cuatro o más voces, y los acordes se presentan como una superposición de intervalos con sonantes y disonantes. Al querer imponerles un análisis armónico, se observará que el número de cuerdas de que dispone es muy reducido, de tres sonidos, admitiendo sólo la primera inversión y rara vez la segunda. Donde se creyera ver acordes de novena o séptima, se hallaría que la introducción de aquellos sonidos disonantes son producidos por la conducción melódica de las voces y que, cuando más, sólo podrían ser considerados como nota de retardo”. [3] En esa exposición no se limita a los vihuelistas, no habla solo de historia, sino sobre todo de los elementos armónicos puestos en juego por los compositores para este instrumento.

Hacia 1942 comenzó a impartir clases, en sustitución de Clara Romero de Nicola, en Pro-Arte Musical. A partir de 1948 laboró como profesor del Conservatorio Municipal de Música de La Habana, y en 1957 se presentó por última vez en público como concertista, ocasión en que estrenó Danza característica, de su eminente alumno Leo Brouwer; a partir de entonces se dedicó de lleno a la enseñanza y a la investigación.

Fruto de esas investigaciones escribió, junto a Leopoldina Núñez Lacret, Guitarra, en 1982, un método para la enseñanza del instrumento a las educadoras de círculos infantiles, en el cual volcó su larga experiencia como investigador y pedagogo.

Como maestro e investigador, Nicola considera que la guitarra es “posiblemente el instrumento más difícil que existe para llegar a dominarlo y hacer música en serio [...]. En la guitarra no hay nada hecho, el instrumento no puede dar menos de sí; están la caja y las cuerdas, todo lo demás va por el intérprete. Es muy fácil equivocarse; las manos realizan distintas funciones, y lo primero por definir es el dilema de la mano derecha, si [se] va a tocar con uñas o sin ellas; ya en el timbre se refleja mucho la personalidad del ejecutante. Hay que trabajar muy duro para encontrar el mejor timbre y el mejor sonido del instrumento. El volumen es una tragedia en la guitarra [...]. Y pienso que es el instrumento en donde el intérprete tiene que hacer más el sonido [...]”. [4] Por otra parte, Nicola considera que el guitarrista debe ser, “más que un aspirante a intérprete, un aspirante a músico”. [5] Y él lo fue en grado superlativo, ya que nunca dejó de indagar en lo guitarrístico universal y cubano, manteniéndose actualizado y lo mejor, nunca dejó de ser sustancioso y profundo.
 

Notas:
  1. “La realidad y el recuerdo de Isaac Nicola”, Revolución y Cultura (La Habana), núm. 113, 20 de junio de 1981.
  2. Sociedad Pro-Arte Musical, XVII, núm. 1, 1º de octubre de 1940, p. 12.
  3.  Isaac Nicola. “La vihuela”. Clave (La Habana), año 5, núm. 2’3, 2003, p. 17.
  4. “La realidad y el recuerdo…”.
  5.  Ibidem.