Estrategias para derribar un puente

Estrategia No 1

El frío había empañado el cristal de la ventana. Afuera estaba a punto de caer la nieve, y yo no hacía otra cosa que pensar en Claudia, en las cortas posibilidades de volver a verla.

Mi padre colocó dos cervezas junto a la ventana. Aseguró que se enfriarían en cuestión de minutos y anunció que la comida le había quedado requetebuena:

-Tamales en cazuela, justo como lo hacía tu madre, plátanos maduros fritos y verduras en conservas, traídas directamente del supermercado Little Kind.

Mi padre está orgulloso de los descuentos para trabajadores que le hacen en el mejor supermercado de la zona. Allí ha gastado las horas durante los últimos veinte años, ordenando latas de carne y cajas de leche en los estantes superiores. Mi padre es un hombre alto, muy alto. Yo crecí siendo bajo de estatura, bajo de peso y la presencia de la nieve afuera (Blanca y espesa. Blanca y pura) me regalaba una sensación de desamparo, o de algo parecido al desamparo.

Apenas llevaba seis meses en NorthVillage y ya estaba arrepentido de haber cruzado el mar, de haber dejado atrás el olor de la tierra mojada, el miedo a la oscuridad y las maravillosas tetas de Claudia; no existen, en toda la Isla, mejores tetas que las de Claudia.

Mi padre pidió que le ayudara a poner la mesa. Encendí la luz del comedor. Coloqué platos y cubiertos. Él comprobó la temperatura de la cerveza.

-Como para rajarse la garganta- dijo, luego me regaló una sonrisa y creí que en los ojos de mi padre, en su mirada, el desamparo podría diluirse, como se diluye el agua en el agua. –“Todo es cuestión de adaptarse” me aconsejó durante una fría tarde de marzo “tienes que buscarte una jeva. Los inviernos no son tan duros cuando hay calefacción”.

Tomé su consejo como ley. A los quince días estaba saliendo con una dominicana de veinticinco años, que se había mudado al apartamento de su hermana en la avenida tercera y tenía unas nalgas de lujo.

La mujer era media tonta, adoraba las canciones de Juan Gabriel, los Blue Jeanz y las malas copias de la lencería de Victoria´s Secret, pero templaba como una profesional y eso para mí, ya era más que suficiente.

A mi padre le hacía feliz verme con ella del brazo. Me recomendaba lugares a donde llevarla: restaurantes, clubes, salas de juego. Me prestaba dinero cuando la plata que me soltaban por pintar exteriores comenzaba a languidecer, y me dejaba el auto con el tanque lleno. Le ofrecía una sonrisa a mi novia, me daba dos palmadas en los hombros y se iba a su cuarto para ver el show de Terry Hackman, donde cada viernes una pareja de concursantes tenía la posibilidad de ganar, o perder, medio millón de dólares.

Al poco tiempo los paseos se tornaron aburridos, comenzaron a dolerme las muñecas de tanto dale que dale con la brocha, el sexo se espaciaba a una vez por semana, Claudia regresó a mi mente y la dominicana me dejó por un puertorriqueño recién llegado al barrio, un tipo que se las daba de cantante, taxidermista y boxeador, un tipo que llevaba al cuello la placa de su padre, quien había muerto de tres balazos en el pecho, durante una emboscada que sufrió su tropa en Irak.

Mi trabajo era esporádico, mal pagado y peor agradecido. Las señoras escogían los colores y luego no quedaban satisfechas con el resultado. Le achacaban el fracaso a mi falta de experiencia, o a mi nacionalidad, al color de mi piel, al acento latino o a los descansos que debía tomar entre una pared y la otra.

Tanto pinta que pinta me llevó de cabeza a doce sesiones de fisioterapia y a un plan de pastillas para contrarrestar la erupción en la piel que me provocó un azul celeste caducado.

 

Estrategia No 2

-Los tamales tienen carne de cerdo y unas albóndigas que sobraron de la otra noche- dijo mi padre.

-Están buenísimos- aseguré y me serví un poco más en el plato.

La mesa del comedor era demasiado grande para un apartamento tan pequeño. Mi padre se sentaba en una punta, yo en la otra. El comenzó a hablar de un tipo, un colombiano, a quien habían despedido porque maltrató a unos clientes. El hombre trabajaba en las cajas registradoras. Había ascendido de almacenero a depediente.

-Aquí no se puede cometer ni un error- decía mi padre- ni uno solo.

Yo apenas le prestaba atención, recordaba a mi madre, siempre que como tamales en cazuela recuerdo a mi madre, y de algún modo raro, en el hilo de las memorias, a mi mente llegan las tetas de Claudia, las enormes tetas de Claudia.

“Ese negocio de pintar exteriores no es rentable”, aconsejó cuando le confesé que estaba cansado de la brocha, las escaleras metálicas y la mirada inquieta de las empleadoras. “Podrías hacer trabajos de plomería. Los edificios de este barrio son antiguos; clientes no te van a faltar”.

El viejo tenía razón, el viejo era una bestia en eso de ofrecer consejos.

Al día siguiente invertí doscientos dólares en una caja de herramientas y anduve toda la semana brindando mis servicios a domicilio.

Una tarde, mientras sustituía un codo oxidado en el sistema de drenaje de una casa de la zona residencial, conocí a una chica mexicana que hacía la limpieza, había dejado un hijo en Sonora y le enviaba cada mes la mitad de su salario, para que al niño no le faltara de nada.

La mujer era bajita y regordeta, pero poseía unos ojos preciosos. Se las arregló para que en las casa de sus empleadoras, cada semana se averiara una tubería y entre vueltas de rosca hacíamos el amor en el baño, bajo la ducha, sobre la tapa del inodoro o contra las lozetas pulidas de la pared.

Al cabo de las dos semanas la mujer me confesó que había decidido mudarse a New York, con una prima que le había resuelto un empleo en un restaurant de comida mexicana.

Su hijo estaba creciendo.

-Mi sueño es traerlo a los Estados Unidos y que estudie en la universidad- dijo la mujer.

Poco a poco, fui perdiendo el interés por la plomería.

 

Estrategia No 3

Le dije a mi padre que me encargaría de fregar los platos.

Él encendió el televisor, esa noche una pareja de concursantes tendría la oportunidad de ganar, o perder, medio millón de dólares en el show de Terry Hackman.

Abrí la llave del grifo. El agua espumosa corría hacia el tragante. Pensé durante un rato en una chica japonesa que vivía en los bajos del edificio y que me había pedido con insistencia que le cambiara una lámpara de luz fría.

Desde que me dedico a los trabajos de eletricidad los vecinos se aprovechan.

La mujer recién se había mudado. Dijo que no tendría cómo pagarme y con un movimiento, que imagino debe haber ensayado un montón de veces, dejó caer su vestido.

Afuera aún caía la nieve (Blanca y espesa. Blanca y pura). Mientras colocaba los platos en el escurridor recordé a Claudia, a ese puente de afecto del que habla en todas y cada una de sus cartas.

-¿Qué te parece la vecina de los bajos?- le pregunté a mi padre.

-¿Cuál vecina?

-La japonesa. Me comentó que se le había explotado la luz de cuarto. Dentro de un rato voy a bajar para echarle una mano.

-Parece una buena chica- dijo mi padre con un poco de desgano.

Desde el televisor, los competidores habían perdido medio millón de dólares.

 

Especial para La Jiribilla

 

FICHA
 
Yonnier Torres Rodríguez: Sociólogo, poeta y narrador. Placetas, Villa Clara, 1981. Egresado del Centro Nacional de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”. Ha obtenido numerosos premios, entre ellos el premio Calendario 2017 de poesía por el libro Dios no me tiene en cuenta. Entre sus títulos publicados se encuentran los libros de cuentos La oscura superficie (Editorial Ávila, 2012), El juego perfecto (Sed de belleza, 2013), Puntos de luz (Áncoras, 2015), y las novelas Clavar los ojos al cielo (Editorial Mecenas, 2012) y Cerrar los puños (Editorial Gente Nueva, 2015). Es miembro de la AHS y de la UNEAC. Cuentos y poemas suyos aparecen publicados en revistas, antologías y selecciones de España, Colombia, Argentina, Bolivia, Alemania y Cuba.