Esto no es una crónica de viaje, esto no es una bitácora

 

Rememorar en palabras el recorrido de casi seis horas, el trabajo, la risa, lo compartido en poco menos de tres días, requiere más que el esfuerzo de unas cuartillas y del recuerdo —siempre móvil e inventivo si de artistas se trata. Pero un joven escritor, que se precia de imitar un periodismo de la realidad, tiene el deber de recordar, al menos, los rostros de los actantes de una jornada que se inició una madrugada de abril, a la entrada del Ministerio de Cultura. Amigos y colegas, más allá de otras definiciones, nos incorporamos al ritmo de la mañana (otros, al del sueño) con un objetivo: Camagüey. Sucedió en abril; la justificación perfecta para el retorno nos la ofrecía la Feria del Libro, la Fiesta del Libro, que había llevado su jolgorio a la ciudad natal de Agramonte y Tula.


La 26 Feria llegó a Camagüey a principios del mes de abril. Foto: Internet


No era esta, para mí, una ciudad desconocida. En otras ocasiones, la cultura de mi país me había llamado a compartir con otros jóvenes escritores de esta provincia como parte de jornadas organizadas por la Asociación Hermanos Saíz (AHS), entre ellas la Cruzada Literaria (de la cual ya me considero veterana y sobreviviente). Como lectora, admiro la producción literaria de esa tierra. Como cubana, conozco la carga de indispensable historia que lleva en sus entrañas. Así que volver era, para mí, un privilegio.

Las horas de viaje transcurrieron entre las risas de Ivonne Galeano, Abelito y Kenelma; entre las remembranzas del Maestro Heras León, Juanito y Jacomino; entre las fotos de Sonia. ¿Quién ha dicho que los escritores no tienen buena memoria para recordar las anécdotas acumuladas en otros viajes, otras experiencias, otros recuerdos? Paradas obligatorias. Bromas compartidas. Algunos bravos que se rindieron a la caricia hospitalaria de un tal Morfeo, a pesar de los avatares de los viajantes de nuestras carreteras y pueblos. Luego la llegada espléndida a la ciudad, el recibimiento, el trabajo.

¿Quién ha dicho que los escritores no tienen buena memoria para recordar las anécdotas acumuladas en otros viajes, otras experiencias, otros recuerdos? 

Privilegio de escuchar las palabras de Luis Álvarez Álvarez, quien trocó el homenaje que se le realizaba por su vasta experiencia como Maestro —las mayúsculas a quien las merece— en homenaje crítico a la cultura, a la enseñanza y al arte cubanos. Oportunidad de conocer a algunas de las voces camagüeyanas y nacionales más importantes de la escritura en los espacios propicios al encuentro que preparó la Feria del Libro en la provincia. Recorrer las calles de la ciudad, su maqueta, los edificios relevantes de su arquitectura, la sede de la UNEAC, una sala de conciertos de cámara que se levanta —fénix— de sus propias cenizas. Escuchar presentaciones de libros, recitales, música, esplendor. Conocer escritores, arquitectos de la realidad cultural, promotores que no solo nos acompañaron en el recorrido, sino que también compartieron un café (fuerte), lluvia y comentarios infinitos sobre la ciudad que aman. Descubrir Camagüey de la mano de aquellos que construyen, para la ciudad y sus habitantes, un mejor día.

El recorrido se resume en poco sueño, mucha alegría e incesantes debates sobre la cultura cubana, su producción, su promoción, su empuje y definitivo arranque desde Cuba y hacia el mundo. Criterios polares —y a veces no tanto— abundaron; como también la apuesta amistosa entre un joven escritor y otro consagrado al escuchar una canción cuyo autor verdadero era desconocido por casi todos (excepto por el joven escritor). No valen edulcoraciones si digo que, en apenas unas horas y sin haber bebido agua de tinajón, ya estaba convencida de que la magia de esa tierra continuaría llevándome, una y otra vez, hacia un regreso.

Existe un recuento positivo cuando uno termina un viaje. Si se han ganado amigos, si se ha conocido, si se ha dormido poco por una buena causa, si la persona con la que compartiste cuarto se convierte en cómplice, si se habla mucho de cultura, si se aprenden historias y hasta chistes que incluso los más tímidos luego repetirán en su casa (mea culpa), si se conoce por dentro a los habitantes de una ciudad —ellos, la luz alfa y omega, el alma de una porción de tierra—, entonces se puede decir que ha valido la pena.

Y este viaje —lo confieso— no resultó ser la excepción que confirma la regla, sino la regla misma.

Mi única duda: ¿acaso no tomamos un poco de agua de tinajón?