Estaciones esplendentes de teatro

Un ejercicio académico me llevó hace poco hasta Matanzas y pude acercarme otra vez a la labor in situ del Teatro de Las Estaciones. En un mismo día volví a ver dos de sus trabajos, diferentes en épocas y estilos, pero ambos signados por alta profesionalidad y por la marca de un conjunto de artistas que no pierden la ocasión de compartir belleza y talento desde el escenario.

Bajo la dirección de Rubén Darío Salazar y con los hermosos diseños a que nos tiene acostumbrados Zenén Calero, me reencontré con Los zapaticos de rosa, el montaje que, con cuatro actores, muñecas como las que tiene cada niña en su casa, algunos juguetes y cajas de regalos elaborados teatralmente, recrea el poema homónimo de Martí y lo hace acción escénica y atractiva muestra de teatro de objetos.


Los zapaticos de rosa. Foto de la autora


Si en La Edad de Oro la experiencia de Pilar en su visita veraniega a la playa es palabra hermoseada por la poesía con elevado aliento humanista, aquí el verbo se convierte en acción escénica y movimiento coreografiado, los versos son parlamentos que narran, describen y acompañan gestos visibles de generosidad y solidaridad humana, fragmentados en las voces de los actores y respaldados por la música. Sobre las tablas predomina el color blanco, límpido y puro en el vestuario de época de los actores, que se salpica de tonos pastel con los trajes de las muñecas, en el paisaje humano de las niñas con sus nanas en la playa. El gesto y el movimiento se han trabajado con precisión para recrear orgánicamente los modales y actitudes de la clase aristocrática del siglo XIX cubano, en contraste con la urgencia en la voz de la mujer que llora por su hija enferma, en fiel contextualización de la conocida historia martiana.

Cuatro jóvenes actores asumen el “poema dramático musical para figuras, dos damas y dos caballeros”, en renovación del elenco de estreno, allá por el año 2007. Me tocó ver esta vez a María Isabel Medina, María Laura Germán e Iván García, actores de planta del Teatro de Las Estaciones, acompañados del novel Javier Martínez de Osaba, invitado del Mirón Cubano. El cuarteto se las arregla bien para actuar, cantar e interactuar con los objetos en el espacio, y con la música de Elvira Santiago, que acopla flauta, violines, corno y piano, para crear la atmósfera necesaria, acompañar a la voz de la soprano Bárbara Llanes, que interpreta a la madre pobre, nunca visible, y contrapuntear con el acompañamiento del coro infantil y juvenil Astro Rey, en rondas infantiles tradicionales, patrimonio de la cultura latinoamericana.

También se deja escuchar la voz del gran actor Carlos Pérez Peña, que asume a José Martí al decir algunos textos suyos, como respaldo lírico y de las ideas que mueven este exquisito trabajo, y colaborador en el entrenamiento vocal de los intérpretes.

Como es habitual, el grupo se alía con artistas de diversas procedencias, los mencionados, más la coreógrafa Liliam Padrón, o la asesoría en el vestuario de la desaparecida maestra María Elena Molinet, en diálogo abierto con la escena cubana toda, y rememora un montaje de la misma obra a cargo del Teatro Nacional de Guiñol, cuyos fundadores, Carucha y Pepe Camejo y Pepe Carril son referentes de siempre.


Los zapaticos de rosa. Foto de la autora


La puesta en escena habla a niños de cualquier edad de desigualdad social, dolor y muerte, de bríos infantiles y alegría inocente, y alimenta el alma con su discurso poético, para retrotraernos al bellísimo poema que a lo largo del tiempo ha acompañado la memoria sentimental del cubano. Y lo hace con eficacia teatral y refinada exploración en el terreno de la poesía.

Sobre el escenario la magia creadora de estos artistas consigue transportarnos a la atmósfera playera, entre la espuma del mar y las risas de los que la disfrutan, y la teatralidad estalla en brillantes hallazgos, como cuando los actores caballeros desprenden el gran telón azul del fondo y lo agitan en proscenio como rompientes olas marinas. La acción se me antoja homenaje al maestro Roberto Blanco, con su imagen semejante e inolvidable, creada para quienes disfrutamos de la obra Yerma, de Lorca, allá por 1979, que estos actores nunca vieron, pero sí el director, y también una manera osada de volver sobre la trama martiana, justo en el borde de una exploración sensible que no cae en lo fácil.

También la escena final, con los zapatos de Pilar al centro, tras el relumbre del cristal y entre el revuelo de mariposas del telón traslúcido que se corre en el proscenio, es visualidad insuperable al compás de los acordes musicales. Destaca Zenén Calero una vez más, como responsable de una cuidada atmósfera plástica, y Rubén Darío en la articulación feliz de los componentes de la teatralidad. Los zapaticos de rosa conserva los bríos de hace diez años y deleita a nuevas generaciones de espectadores junto con los que regresamos a repetirla.

La circunstancia de llegar a Matanzas durante la celebración de un evento titiritero —el V Estudio de Primavera que organiza René Fernández desde el Teatro Papalote—, me permitió alcanzar también en la noche la puesta de Por el Monte Carulé, “álbum musical de recuerdos y visiones sobre temas de Ignacio Villa, un niño también llamado Bola de Nieve”. Es notable el acople dinámico de juego escénico, humor y emoción con que se ha construido este espectáculo, que es homenaje al genial músico cubano y universal a través de un recorrido por su vida y su obra, a lo largo del tiempo y por los más diversos escenarios del mundo.

Con texto de Norge Espinosa, dirección de Rubén Darío Salazar y diseños de Zenén Calero, la obra fue estrenada en el Festival Mundial de Marionetas de Charleville-Mezierses, Francia, en 2009, se ha presentado en eventos en Cuba, los Estados Unidos y Uruguay, y acumula cuantiosos premios. En escena, una pareja de camareros que asumen Iván García y Rubén Darío Salazar en contrastante juego de roles, al estilo de las parejas de cómicos y payasos pero en clave de humor estilizada, guía la saga y despliega infinidad de recursos en la interacción con los objetos, el canto y el baile al compás del amplio repertorio de Bola, y al poner al personaje protagónico en contrapunto malicioso con otra grande de la música cubana, su coterránea guanabacoense, Rita Montaner, “La única”.


Monte Carulé. Foto: Sonia Almaguer


La trama avanza en dos planos paralelos: uno, el de la carrera musical y artística de Bola de Nieve, con anécdotas chispeantes incluidas; y el otro, el avatar de los camareros que recrean su impronta en amoroso tributo, al tiempo que proponen una mirada a la actualidad en la que no faltan guiños y oportunas críticas. El despliegue visual es impresionante, a pesar del formato de cámara elegido y la austeridad escenográfica que se anuncia al principio con apenas una mesa y un cartel sobre un atril. Solo tres colores, el blanco, el negro y el rojo ocupan los objetos en infinitas gamas, en juego de simbologías con el tiempo pasado y el sentido histórico de determinados pasajes, en paralelo al tránsito que sigue la trama de la épica a la lírica, comedida y justa.

Cada etapa en la vida del gran músico se desarrolla en consonancia con su versatilidad interpretativa y a través de los diversos espacios que recorriera; la magia del teatro nos transporta de La Habana a París, y de Nueva York a Machu Pichu, con las recreaciones en pequeña escala de iconos de cada lugar que nos regala Zenén Calero en preciosos retablillos, con los cuales los muñecos interactúan. Los actores se mueven para imprimir la energía que reclama la impronta de cada uno y su música, y sostener una partitura física de semejantes bríos en sus propias peripecias.

Por el monte Carulé es otro canto a la cubanía, que enaltece el espíritu desde otra perspectiva que Los zapaticos de rosa, y despide al público bien arriba, con un tono festivo irresistible, cuando el eco de Bola revive en la sonoridad que le dan a “Mamá Perfecta” las voces y el ritmo de Gema y Pavel, acompañados por cada espectador en el contoneo y los pasos sobre el piso, plenos de goce.

Me congratulo de haber podido refrescar impresiones y juicios sobre ambas puestas en escena, con apenas unas horas de diferencia, gracias a la labor constante y a la creatividad imparable del Teatro de Las Estaciones.

Y ya ha dado más de qué hablar, en nueva vuelta de tuerca, pero eso queda para un próximo comentario.