Espectadores de primera fila otorgan Premios Villanueva 2018

Por los días del 39 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano vi el documental Roberto Bolaño, la batalla futura de Chile. En una de las escenas, el escritor asiste a una entrevista en un programa de radio, en el cual alguien le dice: lo que te construye es la crítica. El autor de Los detectives salvajes respondió airado: Yo escribo y eres tú quien me avala, es una pedantería bestial [1].


Danza Contemporánea de Cuba. Foto Internet
 

Aquellas imágenes fílmicas volvieron a mi retina mientras transcurría la ceremonia de entrega de los Premios Villanueva de la Crítica de este 2018, porque mucho se ha cuestionado la selección: quienes lo recibieron, los que quedaron fuera, los críticos, los gestores, el público. En cada edición se escuchan reclamos de cambio en la estrategia de trabajo de la Sección de Crítica e Investigación Escénicas de la UNEAC, cada vez afloran tendencias y preferencias, y estallan las pasiones.

Fueron distinguidas obras de teatro y de danza, de Cuba y de otras partes del mundo. No se incluyeron obras para niños, y el teatro de títeres del país tampoco alcanzó lauros. Se avaló un montaje hecho más allá del Almendares, Jacuzzi, de Trébol Teatro. Coreografías como Afrodita, oh espejo, de la Compañía de Rosario Cárdenas, y Twelve, de Jorge Crecis, por Acosta Danza; directoras como la muy laureada Nelda Castillo, de El ciervo encantado, con Departures y Mariam Montero, con El espejo, para La Perla Teatro, recibieron el diploma acreditativo.

De las propuestas internacionales, invitadas todas al Festival de Teatro de La Habana, la crítica subrayó el impacto de Inútiles, de Teatro Sur, de Chile; de Lupa. Mundos para mirar, Lupa. Compañía de Muñecos, Argentina; No hay flores en Estambul, de Iván Solarich, Uruguay; La arquitectura del silencio, por Teatro del Ghetto, México, y también de los montajes llegados de Francia como El efecto de Serge, de Philippe Quesne para Vivarium Studio, y Bajo sus pies el paraíso, de la Compagnie de SOI, por Radhouane El Meddeb.

Se reconocieron puestas en escena como Patakín, de Raíces Profundas; Cuatro, de Teatro Coreográfico y Teatro de Las Estaciones; La Cita, Centro Promotor del Humor y Zona, de Teatro de la Fortaleza.

¿Es posible tender un hilo que englobe los montajes avalados con el Villanueva? Creo que entre la gente del teatro y de la danza que han subido a los escenarios cubanos prevalecen ideas contrahegemónicas, trazadas a partir de historias humanas. Los recursos artísticos del teatro y la danza, más allá de tendencias estéticas, de formas de proceder, suscriben las visiones de los excluidos por la lógica del capital, confrontan los cánones patriarcales y colonialistas. Pongamos, por ejemplo, Inútiles, de Teatro Sur, de Chile, que denuncia la marginación al pueblo mapuche, retrato del racismo corriente. O Bajo sus pies el paraíso, de la Compagnie de SOI de Radhouane El Meddeb. Seducido por la voz de la egipcia Oum Kalthoum, que funge como banda sonora, con una poética danzaria muy diferente de las prácticas habituales entre nosotros, el intérprete propone un alegato en defensa de los derechos de la mujer, en un mundo donde la violencia de género cobra numerosas vidas a diario. Allí, como en Afrodita, oh espejo, de la Compañía de Rosario Cárdenas, lo andrógino se vuelve subversivo al exigir el derecho de cada quien a vivir plenamente su sexualidad. Recalco aquí el gesto de la coreógrafa Rosario Cárdenas, que llamó a todo su equipo de trabajo a recibir el Villanueva.

Con El espejo se incorpora una joven mujer a la exigua lista de directoras artísticas cubanas. Mariam Montero dirige un elenco masculino para fustigar el machismo persistente, tomando como punto de partida El peine y el espejo, del inolvidable Abelardo Estorino. La mirada a la tradición teatral y social se apropia de las herramientas de los medios de comunicación masiva para dialogar con los espectadores.

Jacuzzi, de Junior García, levantó controversias por su lectura descarnada de nuestra realidad social. Las posiciones vitales de sus protagonistas, las dudas frente a las decisiones que han adoptado en cada ocasión, las maneras de insertar sus historias de vida en la Historia, provocan muchas interrogantes. Estremece escuchar la frase de un personaje: “No tenemos que pensar igual. Tú sigues siendo mi amigo” [2].

Las conversaciones entre dos mujeres en La cita, bajo la dirección de Osvaldo Doimeadiós, abordan asuntos disímiles, desde la necesidad de las actrices de encontrar trabajo, pasando por los conflictos clasistas y raciales de la etapa colonial cubana que perduran hasta hoy, hasta los cuestionamientos de los millennials a la sociedad en que viven.

Zona, de Atilio Caballero para Teatro La Fortaleza, es fruto de la vida cotidiana en la Ciudad Nuclear de Cienfuegos, una geografía social marcada por la interrupción del megaproyecto energético de Juraguá. Los actores y sus personajes comparten la escena con los seres humanos que les inspiran, quienes tienen la potestad de subirse al escenario e interpelar la manera en que han sido representados. En el aire queda la interrogante: ¿Qué significa vivir en un entorno cuya razón de ser quedó trunca?

Volvamos a la realidad del ejercicio del criterio

Puedo decir que la crítica de teatro y danza en Cuba suele ser participativa. Formados, generalmente, en la carrera de Teatrología, muchos críticos son parte de agrupaciones y colaboran en los procesos creativos. Es decir, saben de los avatares para crear aquí y ahora, saben del impacto del teatro y la danza en la espiritualidad del mundo en que vivimos.

Traigo al ruedo las reflexiones de un colega, chileno como Bolaño, que tal vez podrían responder al cuestionamiento del novelista sobre el rol de la crítica: “(…) mientras la función crítica del arte implica una experiencia estética basada en la interrupción del sentido, podríamos afirmar que la función crítica de la crítica es operar en la significación de la obra, en ese hiato donde el sentido no se encuentra disponible inmediatamente, construyendo un horizonte posible” [3].

De eso se trata, de construir horizontes profundamente humanos, tal como hicieron los creadores de Carmina Burana, montaje que aúna diferentes enfoques: danza, música sinfónica, cantos corales, voces humanas, audiovisuales, diseños escénicos. Aquí se juntaron esfuerzos creativos de diversas agrupaciones para subir a escena un espectáculo de gran formato, suerte de freno a la intolerancia y celebración de vida, a quienes se les otorgó un Villanueva Especial que recibieron George Céspedes, coreógrafo, y Miguel Iglesias, director general de Danza Contemporánea de Cuba.

A Francisco Morín, uno de los adalides del teatro de arte en Cuba, lo recordó el actor y teatrólogo Roberto Gacio durante la ceremonia de entrega de los Villanueva. Y Norge Espinosa trazó algunos puntos de la agenda de trabajo de los críticos para el 2018: celebraciones por el 70 aniversario del Ballet Nacional de Cuba, los 55 del Guiñol Nacional y los 70 del estreno de Electra Garrigó, emblemática obra de Virgilio Piñera.

Ojalá los montajes laureados regresen a los escenarios y podamos confrontar nuestras experiencias con los hacedores y con los espectadores.

 Notas:
1- Roberto Bolaño, la batalla futura de Chile. Dirección de Ricardo House
2- Jacuzzi, texto de Junior García.
3- “Ni constructiva ni destructiva, simplemente crítica teatral”, de Sebastián Pérez Rouliez. Tomado del Boletín En Conjunto, no. 1 del 2018.