Esa cosa loca: más de la fiebre Pérez Prado en Matanzas y un nuevo acierto de Las Estaciones

Nació como un juego, para apoyar a un amigo querido, enfrascado en celebrar a toda costa el centenario de Dámaso Pérez Prado en Matanzas, su ciudad natal, por todo lo alto. Y como las armas preferidas de ese amigo son el teatro y la literatura, por ahí se empeñó en lograrlo —a contrapelo del hastío de los músicos— y convocó a sus colegas más cercanos de la escena. Todos respondieron y lo secundaron de buen grado. Así, en tiempo récord y robándole horas a lo que dejaba para el descanso la reposición de Alicia en busca del conejo blanco —que abrieron ¡al día siguiente!—, Rubén Darío Salazar volvió a aliarse al joven coreógrafo Yadiel Durán; con la complicidad de sus fieles del Teatro de las Estaciones convocaron a más jóvenes llegados de otros grupos o simplemente de la ciudad con ganas de sumarse, y crearon juntos lo que terminó siendo Esa cosa loca, gran momento del programa que acompañó al Coloquio Internacional por el Centenario de Dámaso Pérez Prado, y que nos sedujo a todos los que asistimos a verlo la tarde del 8 de diciembre.

En el programa de mano, cerrado por fuerza con cierta anticipación, el espectáculo se había anunciado como “Homenaje danzario y poético…”, y antes de la presentación, el director del Teatro de las Estaciones advertía que veríamos un trabajo en proceso, modesto y sencillo, guiado por la intención de responder positivamente a la invitación de Ulises Rodríguez Febles, y se deshacía en disculpas que, lo juro, ya entonces me parecieron excesivas, conociendo el paño, y cómo y cuánto se trabaja en cada representación vista en la Sala Pepe Camejo.


Esa cosa loca (Work in progress)
, de Yadiel Durán y Teatro de las Estaciones.
Foto: Sonia Almaguer
 

Pero lo que siguió, confieso, superó mis expectativas. Rubén, Yadiel y el elenco de muchachos y muchachas, en el que habituales como María Laura, Iván, Karen, y Anis Estévez Rodríguez, que fue la revelación en Cuatro, se dejaron seducir por el influjo del Rey del Mambo e hicieron suyas, en cuerpo y espíritu, una cuidada selección de versiones y apropiaciones, en amplio espectro, que combina tres números de fuente originales: “Descarga de piano en tiempo de mambo” (Dámaso Perez Prado, Bruno Tarrassa y el Chamaco Domínguez), “Mambo en sax” (DPP) y “Babarabatibiri” (DPP y Benny Moré), con la actualísima sonoridad que vertebran los muy variados registros de “Mambo mix” (The Trumpet), “Mambo influenciado” (Chucho Valdés), “Mambomania” (Alfredo Thompson), “Malagueña” (Xiomara Alfaro), “Mambo No 5” (versión para guitarra), “Sussy´s Mambo” (Alejandro Mayor), “Mambo” (Grupo Toques del Río) y “Mambo” (Israel Cachao López).

No hubo un solo espectador que saliera incólume de aquel encuentro. Los pies se nos iban solos, los cuerpos irradiaban la energía vital que nos habían transmitido los actores bailarines en una hora de convivio jubiloso y salimos a la calle con ganas de bailar. Como en un juego, comentaban pequeños detalles de la historia del género, con hojas de papel en mano que leían entre unos y otros bloques musicales, jugando a salirse de la pauta cuidadosamente fijada, performando un diálogo en proceso en mallas, que rezumaba frescura, mientras esgrimían al compás del mambo viejos discos de 45 rpm, que quizás ninguno de ellos había visto antes, pero de los que se apropiaron en cuerpo y espíritu a través del ritmo, la armonía y su trasfondo cultural, para gozar a fondo la música y saborear el placer de entregarnos una sorpresa, como en un juego, delirante. Y muchos reclamamos que el supuesto “trabajo en proceso” tenía que seguir siendo la maravilla que ya era.

Desde el 8 de diciembre me debía a mí misma y a Rubén Darío, Yadiel y la muchachada —muchachería, dirá el primero—, estas notas. Pero hace poco supe por él mismo que mi ferviente deseo para que la fiesta continuara se hacía realidad, mucho más ahora que ya cerró la temporada de estreno en Cuba de Conjuro Teatro con Yo soy El Rey del Mambo, y el 27 de diciembre Esa cosa loca volvió a desatarse en Matanzas, para que el chaparrito de la calle Tello Lamar siga vivo en la memoria y en los cuerpos de los noveles bailadores.

Pero si fuera poco —y en su espíritu incansable—, Rubén añadió nuevas escenas, y aquí les comparto una que me envió y que es una joyita del mejor vernáculo para recibir, de paso, el 2018 cubanísimamente:

Joven 1: ¿Dónde está la cintura?

Joven 2: ¿A santo de qué preguntas sobre esa parte sagrada en un humano?

Joven: 1: A santo de aclararme una duda, una vacilación…

Joven 2: No me gustan las incertidumbres, la cintura fue víctima de un robo. Esa es mi respuesta.

Joven 1: No se puede robar el talle de las personas, así como así.

Joven: 2: Sí se puede, pregúntenle a Lupita qué le pasa o a Patricia.

Joven 1: Ya entiendo, hay un ladrón sin alma que les roba la cintura a las mujeres.

Joven 2: Y a los hombres. Pregúntenle al ruletero, al papelero, a Panchito Eché. Ese ladrón no conoce de sexo, es un ladrón y punto.

Joven 1: Es un ladrón que no respeta la cintura de ningún país, de ningún género musical…

Joven 2: Que me robe, que me falte el respeto, que me enseñe porque tengo cintura sin tenerla.

Joven 1: Retiro la pregunta.

Joven 2: Es una buena idea, estoy a punto de robarme tu cintura.

Díganme si no es un diálogo que invita y nos tienta para que, como en un juego, queramos sumergirnos en la locura contagiosa del mambo.