Es Trump: no os asombréis de nada

En una nueva payasada imperial, el millonario Trump se ha ido de paseo a Miami a desvariar con su cantaleta de su empeño en conseguir una “Cuba libre”. Si no estaba hablando del famoso cóctel a base de Ron Bacardí y Coca Cola, cubanos ninguno de los dos, entonces nadie sabe de qué rayos estaba hablando ni qué es lo que quiere Trump.


Imagen: Internet


La recepción del discurso, que fue transmitido en vivo por la televisión de la Isla, ha sido curiosamente reportada por numerosas agencias noticiosas desde La Habana. Ahora mismo no importa qué decían aquellos periodistas, que en resumen decían más de lo mismo y lo decían sin sal y sin pimienta, sino que lo imperdible fueron las imágenes con que lograron acompañar sus reportajes: grupos de cubanos, reunidos en restaurantes más o menos lujosos, de pie ante las enormes pantallas televisivas tras las barras de los bares, copas y botellas de cerveza en mano, escuchaban al señor Trump, entre uno y otro trago.

Alguno que otro, preguntado al terminar la transmisión, confesó que, desde un par de días antes, se había reservado una mesa en aquel restaurant, para “descargarle al Trump, pero relajado”. Por cierto, el que así hablaba, se estaba bebiendo un caro Chivas Regal con dos cubitos de hielo.

Creo, y sus jefes tendrían que tirarles de las orejas por ello, que a los profesionales de la desinformación que escriben desde La Habana, esta vez y a pesar suyo se les fueron las cosas de las manos… ¿Cómo se les ocurrió reportar que los habaneros estaban muy relajados, escuchando en vivo a Trump, mientras viven la dulce vida entre los aperitivos, los entrantes y los tragos de los bares privados y lujosos del malecón? Si lo que querían era mostrar una Cuba preocupada y temerosa, les salió mal.

Claro que hay que entenderles, no toda la culpa es suya. Como a esos periodistas jamás se les ve yendo a una fábrica, ni a una escuela, ni a un hospital, y menos a una barriada humilde, a tomarle el pulso a la revolución allí donde ocurre la vida, sino que como regla se la pasan de bares y cantina, entonces, por esta vez, como por todas las demás, el tiro les salió por la culata.

En un momento en que, apenas trascurridos cinco meses, ya han pasado por la Isla tantos turistas norteamericanos como en todo el año anterior, y eso se hace ver en todas partes, el anuncio de Trump de imponer de manera más estricta las limitaciones de viaje a la isla que pesan todavía sobre los estadounidenses, es cuando menos preocupante, pero poco realista. Habrá que verlo en la práctica, porque los intereses en juego son muchos, y no todos son intereses del gobierno cubano. No hay que olvidar que el tango es un baile de pareja: hacen falta dos para bailarlo. Y si algo está claro, es eso: que desde hace rato, todo el mundo quiere bailar en La Habana.

Quienes sí están muy pero que muy preocupados, y la cosa viene de antes, son aquellos que viven apoltronados sobre las costillas de los contribuyentes norteamericanos, y que por años han sido amamantados con los generosos fondos anuales asignados por Washington para luchar por una “Cuba democrática”. Ahora andan cabizbajos y temerosos de tener que marcar en la fila de los desempleados, tras el anuncio de la Casa Blanca de eliminar los fondos de apoyo a la democracia en Cuba.

Quizá para ellos, y para nadie más, fue todo el show de Trump del pasado viernes 16 de junio en Miami. Para pasarles la mano, mecerles la cuna y prometerles que no les iba a apagar la luz en toda la madrugada.

Pero no hay nada como un día detrás del otro. Ha vuelto a amanecer, tras la lluvia ha salido el sol, como suele suceder, y los cubanos, los cubanos de verdad, siguen trabajando. Acostumbrados están a toda la verborrea y la bravuconería del imperio. Cosas peores se han dicho, y aquí estamos, unas veces más y otras veces menos apretados, pero resistiendo. Resistiendo y no solo: creciendo y ganando.