Epifanías de la escena matancera

El sábado pasado me fui a Matanzas, invitada por el Consejo Nacional de las Artes Escénicas, a ser parte de dos acontecimientos teatrales: primero, la inauguración del Café Galería La Vitrina, como extensión fecunda del espacio y la labor de la Casa de la Memoria Escénica que fundó y dirige Ulises Rodríguez Febles, y luego a la quinta función de la temporada de estreno del reciente montaje del Teatro de las Estaciones, Los dos príncipes, puesta en escena de Rubén Darío Salazar para actores y figuras que recrea el poema de José Martí basado en Helen Hunt Jackson contenido en La Edad de Oro.

La Casa de la Memoria Escénica, fundada en 1994 a pocos pasos de sitios históricos, como la casa donde muriera el poeta y dramaturgo José Jacinto Milanés, es una institución única de su tipo en Cuba a partir de su proyección múltiple. Atesora más de 20 mil materiales físicos y digitales sobre las tablas y es miembro de la Red Latinoamericana de Archivos de las Artes Escénicas.

En la Casa de la Memoria Escénica crecieron las vías para promover el teatro con un café que recuerda, desde los elementos de su entorno y desde el nombre de cada plato del menú, la tradición dramatúrgica cubana —Vagos rumores, Contigo pan y cebolla, María Antonia, Requiem por Yarini, Las Pericas…

En la Sala Abelardo Estorino comenzó la celebración, con una breve exposición de las nuevas líneas de trabajo que emprende la Casa, y el reconocimiento a todos —personas e instituciones— los que han ayudado a hacer realidad el proyecto de desarrollo, y especialmente al equipo-familia de la propia Casa. Luego, en pleno vestíbulo y en el patio que acoge el café se develaron sendas esculturas en madera de Adrián Rodríguez Falcón, que recrean el legendario Don Quijote que interpretara Albio Paz en su obra De la extraña y anacrónica aventura de Don Quijote en una ínsula del Caribe y otros sucesos dignos de saberse y representarse con El Mirón Cubano, y a Virgilio Piñera como un personaje que evoca algunas de la situaciones de Si vas a comer, espera por Virgilio, de José Milián. El actor Iván García le dio vida a Virgilio en la silla vacía, junto a la escultura; Mirita Muñoz paseó un fragmento de Las penas que a mí me matan, de Albio Paz, entre las mesas —en la galería original cerca de la entrada hay una retrospectiva de fotos del trabajo de su grupo, Icarón— y yo misma coloqué en una mano de la figura en madera el infaltable cigarro que hubiera disfrutando el autor de Aire frío de haberse encontrado entre nosotros y con el ánimo de instaurar una tradición popular. Ulises Rodríguez Febles recibió la Distinción Raúl Gómez García, que otorga el Sindicato de la Cultura delante del mural del ceramista Edel Arencibia.

El nuevo espacio es parte de un proyecto de desarrollo local que favorece la articulación de cultura teatral y gastronómica, también como fuente de desarrollo para la labor de promoción e investigación y de preservación de la memoria que ha sido eje central para la Casa, y en la cual es habitual la organización de cursos, seminarios y conferencias, a los que se sumará la creación de trabajos audiovisuales y producción de elementos escenográficos, entre otras acciones.

De la Casa caminamos hasta la Sala Pepe Camejo, del Teatro de las Estaciones para disfrutar del montaje de Los dos príncipes, que parte de un texto de la joven dramaturga y actriz María Laura Germán Aguiar, miembro del grupo y egresada del Instituto Superior de Arte. La autora convierte los 36 versos en dos estrofas del poema martiano, en una trama que comienza con el nacimiento de dos niños, en cunas y medios diferentes, para relatar la relación amistosa entre el heredero real y el pastorcillo del campo, a través de una fábula que culmina en la prematura muerte de ambos, atraviesa desigualdades sociales y comparte un principado de afectos y una infancia de juegos e ilusiones.

Para su versión, la autora bebió además de otras fuentes: en juego intertextual aparecen imágenes literarias que evocan poemas martianos como “Los zapaticos de rosa”, o textos traducidos como “Los dos ruiseñores”, ya visitados por el grupo. Por otra parte, en lo que responde a la constante búsqueda del Teatro de la Estaciones en la tradición titiritera cubana y a instancias del director, aflora la impronta de un breve guion que sobre el poema de Martí escribiera Pepe Carril, uno de los fundadores del Guiñol Nacional de Cuba, en 1961, y que Rubén Darío Salazar salvó de un archivo. El boceto de Carril es también estimulo y provocación para la indagación de lenguajes y técnicas, lo que se traduce no sólo en el texto sino también en el universo visual del montaje.

Porque antes de referirme a cualquier otro componente de la puesta, quiero resaltar el diseño de siluetas, objetos, vestuarios, escenografía y luces de Zenén Calero, con los cuales una vez más el diseñador teatral hace gala de su talento y de su rigor. Tanto los trajes como los peinados y todo lo que está en la escena muestra una armonía y un acabado insuperables en la forma y el color.

El diseñador elige para las escenas de sombras siluetas negras caladas y exhibe a la luz de la ficción figuras coloreadas. Así, el artista aprovecha diferentes legados de la tradición titiritera universal, para dar cuerpo a un concepto ecléctico del montaje, suyo y de Rubén Darío. Figuras rígidas inspiradas en la escena tailandesa se combinan con las articuladas del teatro chino, en busca del mejor modo de plasmar en las formas la alegría infantil o el dolor del duelo. La ilusión, el deslumbramiento por la belleza, vertebrados con la naturaleza de la acción dramática, siempre están presentes en el muestrario técnico: sombras luminosas en juegos de espejos, breves pasajes de luz negra, y otros hallazgos a partir de la fusión entre técnicas tradicionales y la explotación de recursos modernos de iluminación.

La escenografía se compone de singulares retablos de mesa en primer plano, con primorosas casitas de madera tallada y calada que reproducen los hogares de los niños: la de oro viejo y piedras preciosas, y la de piedras del camino, paja seca y hojas. El espacio escénico está centrado en un túmulo sobre el que los actores construirán el lecho de muerte. Y el vestuario hace gala también de un protagonismo formal con el juego entre los lujosos trajes de los nobles, con telas brocadas, perlas y cintas, en dorados y azules, y el de cuero, semillas y cuerdas de fibra vegetal, en tonos ocres, para los pobres, ambos primorosamente trabajados.

Sobre la escena alternan dos equipos de actores, integrados por la propia María Laura Germán, Yerandy Basart, Karen Sotolongo e Iván García, en un primer elenco, y de María Isabel Medina, Carlos Carret, Elizabeth San Miguel y Yadiel Durán, en el segundo, según el programa de mano. Me tocó ver al segundo elenco, con Yerandy Basart incluido, quien se lleva las palmas. Los jóvenes intérpretes trabajan con delicada entrega los gestos y movimientos junto con la precisa manipulación, frente a los retos que les impone la banda sonora. Aún les falta pulir la técnica vocal para explotar al máximo lo que la música puede aportar a la cuerda dramática de la acción, y creo que no estaría de más revisar ciertos pasajes sonoros, a veces un tanto dilatados en el tempo.

La música original y el entrenamiento vocal están a cargo de Reynaldo Montalvo, y la banda sonora se compone por piezas musicales del Barroco: Scarlatti, Marcello, Ortiz, Vivaldi, Sanz, Telemann, Albinoni, Bruna, seleccionadas por Rubén Darío Salazar, quien me confesó que se había inspirado en parte de la música que escuchaba Martí, de acuerdo con sus notables crónicas. Los personajes se mueven con soltura también gracias a la coreografía y el entrenamiento danzario de Liliam Padrón. La asesoría teatral es de Yuddalis Favier y el diseño e Ilustración del cartel y el programa, bellísimos, de Vicente Enríquez Landin y ThayD Martínez.

Un rato después de concluida la función de Los dos príncipes, sus actores y otros intercambiaban en el Café-Galería La Vitrina en otra epifanía de la escena matancera.