Épica y tenacidad en el cine cubano contemporáneo

En nuestra nación el cine épico tuvo su período de florecimiento en los albores de la Revolución. El ICAIC, fundado el 24 de marzo de 1959 como entidad productora y gestora de las políticas culturales de nuestra cinematografía, subrayó los temas históricos, en particular la gesta emancipadora de la Isla. Historias de la Revolución (1960), de Tomás Gutiérrez Alea; El joven rebelde (1961), de Julio García Espinosa; Realengo 18 (1961), de Oscar Torres y Eduardo Manet; y Cuba´58 (1962), de Jorge Fraga, son algunos de los filmes de ficción materializados en ese período fundacional.

cartel del filme El joven rebelde de Julio García Espinosa
El joven rebelde, de Julio García Espinosa


En décadas posteriores se concretaron otras puestas de amplia factura y renovados estilos, como parte de esa estrategia de visibilizar la historia, la pretérita memoria y la eticidad de la sociedad cubana. Se retrataron, desde dispares narrativas, relevantes hechos, requeridas biografías e impostergables pasajes, donde la sociedad cubana se vio representada en 24 cuadros por segundo.

Textos fílmicos como David (1967), de Enrique Pineda Barnet; La odisea del General José (1968), de Jorge Fraga; La primera carga al machete (1969), de Manuel Octavio Gómez; Páginas del diario de José Martí (1971), de José Massip; Mella (1975), de Enrique Pineda Barnet; Primero de enero (1984), de Miguel Torres; Baraguá (1986), de José Massip; Asalto al amanecer (1988), de Miguel Torres, nos confirman lo vital que resulta construir un cine jerarquizador de nuestros valores patrios, los medulares hechos de la nación, así como de los prominentes momentos de la historia nacional y local.

Esta filmografía fue desarrollada por más de una generación de cineastas que tuvieron en el documental y en los Noticieros ICAIC las necesarias escuelas; una práctica que en las últimas décadas ha suplido la Facultad de Comunicación Audiovisual de la Universidad de las Artes y la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños. La impronta desarrollada al calor de la Revolución, los desafíos de llevar al cine nuestra rica historia, el compromiso de asumir las más descollantes epopeyas y sus protagonistas, fueron algunas de las ramas de este frondoso árbol, afectado por la crisis económica de la década de los 90 del siglo pasado.


 

Si repasamos las producciones de esa época, dos grandes temas: épica y tenacidad, escasean en la cinematografía cubana. Kangamba (2008), de Rogelio París; Ciudad en rojo (2009), de Rebeca Chávez; Sumbe (2011), de Eduardo Moya; José Martí: el ojo del canario (2011), de Ferrando Pérez; La emboscada (2015), de Alejandro Gil; y Cuba Libre (2015), de Jorge Luis Sánchez, son los filmes de ficción que engarzan con este apartado. Al ICAIC y al resto de las casas productoras del país les asiste llenar estos vacíos, también de pensamientos y de lúcidas ideas. Son proyectos que han de ser solventados con una mayor producción de obras de ficción y de documentales, género que en nuestra Isla ha de crecer, evolucionar con obras de mayor factura y de notorio acabado.

Para este reto se impone diseñar lógicas de producción más allá de los nichos creativos y de gestión audiovisual. Son ideas básicas que han de materializarse desde una pensada articulación entre las casas generadoras de audiovisuales y multimedia, y las instituciones productoras de contenidos ideoestéticos y culturales. Esta variable ha de ser acompañada por un redimensionamiento de los esquemas de trabajo hacia una mayor flexibilidad, dinamismo y trascendencia que cale en la sociedad cubana y en otras geografías. Estas ideas no desconocen lo complejo del escenario económico nacional ni las políticas de centralización de los recursos financieros, idea defendida por el Che.

Se impone suscribir incentivos en los servicios, una de las habituales fuentes de ingreso de la cinematografía cubana. Vale la pena elaborar proyectos cuyos contenidos sean de interés para casas productoras foráneas, que cristalicen en nuestras fronteras y superen los tradicionales esquemas de las coproducciones, no exentas de retos. Para este empeño se han de integrar otras instituciones afines al arte y la cultura, así como entidades gubernamentales pensadas como activas colaboradoras de estos propósitos.


Fotograma de la película Bailando con Margot


Las nuevas tecnologías abrieron paso a un estadío alentador para el desarrollo del cine cubano. Los filmes Leontina (2016), de Rudy Mora, y Bailando con Margot (2016), de Arturo Santana, nos los confirman. Escenarios pretéritos construidos por estas herramientas permiten desarrollar y construir locaciones de legítima factura. El cine nacional crecerá con esas herramientas cada vez más reconocidas y usadas por jóvenes cineastas, desatadas en todo un entramado de ideas y sueños que ha tenido mayor desarrollo en la realización de videoclips de factura nacional.

¿Épica y tenacidad solo para los filmes que abordan nuestras luchas independentistas, nuestra historia? No, son muchos los relatos que en 58 años de Revolución “esperan” por los sabores del celuloide.

En estos tres últimos lustros ha sido llevada al cine documental la obra de nuestros colaboradores en misiones internacionalistas. Sin embargo, su arte final no ha tenido la exigida factura. El tono reporteril, el empastado didactismo, la buscada y no siempre lograda suma de emociones, son desaciertos a tener en cuenta ante la necesidad histórica de documentar, pero también de ficcionar los relatos de nuestros compatriotas.

El 1ro. de julio de 1986, hace más de 30 años, se fundó en Cuba el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología, institución que sentó las bases para el desarrollo de los llamados polos científicos, enclavados en la capital y en varias provincias del país. Detrás de cada una de esas instituciones habitan muchas historias que podrían abordarse en renovados textos cinematográficos. El desvelo de sus protagonistas, el humanismo  de sus investigadores y los desafíos vencidos por la tenacidad y la ética de estos creadores, son buenos pretextos para actualizadas puestas de cine.

Sería gratificante conocer la vida y la obra de prominentes científicos de nuestra Isla. Nos asiste fotografiarlas, legitimarlas, humanizarlas. Para este escenario, casi virgen, cabe el documental y la ficción. Dichos sueños implican todo un trabajo de búsqueda de las historias y de las muchas epopeyas vividas. En ese proceso de indagación afloran las ideas, los guiones, la empatía y el compromiso con los sueños cumplidos por los investigadores cubanos.

El Ballet Nacional de Cuba es, sin dudas, una de nuestras agrupaciones culturales de mayor prestigio internacional; fortalece el sentido de la tenacidad, el orgullo de ser parte de esta isla, nuestro apego a la nación y sus conquistas. Sin embargo, el séptimo arte no lo ha llevado más allá de la puesta en escena audiovisual o en los espacios informativos, filmando solo desde la epidermis de sus creadores. ¿Cuántas historias que habitan tras bambalinas se podrían contar? ¿Cómo logran nuestros bailarines esos prominentes resultados? ¿Es que estamos “condenados” a conocer solo las puestas de realizadores foráneos que abordan dichos temas? Son estas, a fin de cuentas, meras provocaciones para seducir a los narradores fílmicos.

En la misma línea de la tenacidad, dos ejemplos dispares son válidos para varias puestas de ficción y documental: la ejemplar faena de la cruzada teatral de Guantánamo y la obra de los constructores de los pedraplenes que unieron a nuestro archipiélago con la cayería norte del país.


Cruzada teatral Guantánamo-Baracoa. Foto: Internet


La experiencia de la cruzada teatral de Guantánamo, que cada año se realiza en esa oriental provincia, merece al menos un texto fílmico, una pieza capaz de hacer visible la gesta y la tenacidad de sus actores. Conformada por teatristas que cada año comparten sus empeños en poblados que no cuentan con un circuito de manifestaciones artísticas, sus protagonistas siguen aferrados a trotar por parajes distantes de la cabecera provincial en condiciones de campaña. Por más de 25 años, estos actores de excepción dejan huellas, conocimientos, estimulan en los pobladores de estas inhóspitas regiones saberes, valores y, lo más relevante, socializan su labor más allá del tradicional escenario del teatro.

Los pedraplenes en Cuba son otra gran historia por contar en el cine. Desafiando los obstáculos de la naturaleza, cientos de maestros de obras, técnicos y constructores se han “adueñado” del mar para erigir carreteras que permiten el paso a lo que hoy es uno de los principales polos turísticos en nuestro país. Esta gesta nos exige componer con imágenes propias los retos, obstáculos y desafíos de dichas obras.

Muchos otros ejemplos asociados a esta idea podrían ser enunciados. La obra de la Revolución cubana está colmada de experiencias tenaces, de historias que abrigan la épica más allá de la mentada y necesaria memoria histórica o de la cronología de hechos. El primer reto está en sortear los desafíos y las dificultades que persisten en Cuba para hacer cine.

Épica y tenacidad son imprescindibles para la formación de valores. Nuestro cine está necesitado de construir un capital simbólico que se incorpore al consumo de materiales ajenos a nuestras fortalezas culturales. Lo esencial es construir, de manera escalonada, pensados contenidos para ese lector cautivo, que abunda en las redes sociales de aparente caos, donde se busca despolitizar, homogenizar el pensamiento, las culturas y los valores, muchas veces ajenos a los anclajes de la nación. La faena es larga, tenaz, y solo es posible edificarla con la fuerza integradora de muchas instituciones, como parte de ese entramado sociocultural construido por la Revolución cubana.