Ensayos de Sacha

Francisco López Sacha tiene muchas maneras de sobresalir entre nosotros. No él, obviamente (o al menos no solo su figura siempre amable y conciliadora), sino la versatilidad de su obra. Narrador por antonomasia, como lo conocimos hace muchísimos años (El cumpleaños del fuego, novela de 1986; Descubrimiento del azul, cuento, 1987; La división de las aguas, cuento, 1987; Análisis de la ternura, cuento, 1988, entre otros libros, y mi preferido: Variaciones al arte de la fuga, de 2011) es, también, un excelente ensayista. Sus volúmenes La nueva cuentística cubana (1995) y Pastel flamante (2006) no dejan lugar a duda en dicho sentido. 

Su capacidad casi exclusiva de brindar magisterio a toda hora (quienes gozamos de su amistad, damos fe de ello: es imposible conversar con Sacha sin adueñarnos de  un dato nuevo, una referencia, una observación aguda), aprehendida luego de muchos años de ser profesor “de verdad”, unida a su reverberante devoción por la música (y no solo el rock, ni The Beatles: he escuchado disertaciones suyas sobre música cubana, escrupulosas y animadas), dieron por resultado sus Ensayos en clave de sol, que Ediciones Unión lanzará próximamente. 

A través del análisis de cuatro autores cubanos: José Martí, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén y Cintio Vitier, Sacha encuentra el nodo común entre ellos, la música, y lo expresa de la mejor manera posible en el prefacio a esta compilación: “Para mí la literatura es una prolongación de la música, y en consecuencia, se articula así […]. Cuando un texto nos seduce es porque ha conseguido, sin que sepamos cómo, el encanto y el secreto de la melodía”.

La obra (descomunal, impecable) de Martí requirió de dos ensayos que abren el volumen: “Las voces narrativas en La Edad de Oro” y “La mirada sensible de José Martí”. En el primero, Sacha insiste en la estructura polifónica que el Apóstol cuida en la compleja sintaxis de La Edad de Oro, revista dedicada a la infancia, en la cual “Martí destruye la idea de un género menor, compuesto por los retazos y las sobras de la gran literatura. […] el nexo causal está implicado con el movimiento musical y la visualidad en un grado tal de compenetramiento que forma en sí una metáfora”. En el segundo ensayo, dedicado al “Diario de Campaña”, ahonda más en el tono melódico de la prosa excepcional martiana, en la cual se percibe “un impulso musical, equiparable a la rapsodia, por la velocidad, la síntesis y la agudeza de su curva dramática”.

Acto seguido, Sacha analiza las obras de Carpentier y de Guillén. Aunque con la independencia que ambos exigen, aparecen entremezcladas creaciones de estos dos grandes de la Literatura, en tanto utilizaron la música como recurso-excusa-vehículo, de forma que más de una vez el autor acude a uno y a otro, en aras de demostrar el estrecho vínculo que tienen la melodía y su descubrimiento en los casos que estudia. Así, en esta suerte de contrapunteo, aunque ya ha dicho del autor de Motivos de son que “nadie discute el aporte sustancial de Nicolás Guillén a la expresión poética en idioma español”, y de Alejo, que  era un “músico infiltrado en la narrativa, un narrador infiltrado en la música”, es la develación de la importancia de “lo negro” en la obra de estos dos gigantes (el griot, los ritmos procedentes de África, el encuentro entre el son y el jazz, considerados los grandes acontecimientos musicales de inicios del siglo XX) lo que enlaza de forma definitiva la genialidad de Nicolás y de Alejo.

El ensayo que cierra el libro, “Cercanías, distancias, extrañezas: una valoración de Cuentos soñados”, dedicado a Cintio Vitier, contiene también una especie de apoyatura en otro autor: Soler Puig, el maestro de “El pan dormido”. Vitier, estudiante, como se sabe, de violín, y miembro de una extensa familia de músicos, volcó muchas de sus experiencias de dicho aprendizaje en su propia obra narrativa, como explica Sacha. En este trabajo en particular, el autor del libro pone en práctica lo que intenta demostrar (y logra) en cuanto al recurso musical en la literatura. Una frase se repite en sordina: “Pero queda la música”, a manera de entreacto entre una valoración y otra, un juicio y el siguiente. El resultado es, para decirlo de forma breve, inmejorable.

No debo extenderme más en esta reseña. Solo me atrevo a afirmar que si Francisco López Sacha mereció el Premio de Cuentos “Alejo Carpentier” hace 13 años con “Dorado mundo”, ya es tiempo de ceremoniar su obra ensayística. Ensayos en clave de sol lo sitúa en el reducido grupo de los más lúcidos “ejercitadores del criterio”, para utilizar un término martiano.