Engendrar monstruos o cosas parecidas

Ya está. Alberto Garrandés lo hace de nuevo. Romper con todo tipo de expectativas, quiero decir. Capricho habanero, publicado por la editorial Ácana en 2015, es una reedición del mismo libro (publicado en 1998 por Letras Cubanas) y, a la vez, algo diferente. Dan fe de esto las más de 50 páginas de diferencia entre uno y otro volumen, a manera de separar escrituras, pensamientos y fantasmas que, tal vez, han acosado al escritor y su novela a lo largo de los 20 años en que fuera publicada por vez primera y reeditada, igualmente por vez primera.


Foto: Cortesía del Autor


Capricho habanero (¿es casualidad que las iniciales sean CH a la manera de una también difunta Ciudad Habana, antigua capital de todos los cubanos?) se extiende como una serpiente que se muerde su propia cola; una potente ouroboros. En determinado momento fue la primera novela de Garrandés y ahora resulta ser una de las más recientes.

Ya el sustantivo Capricho (a la manera fantasmagórica de Francisco Goya, donde el sueño de la razón engendraba monstruos) también nos advierte qué es lo que estamos a punto de presenciar, en qué senderos nos adentraremos como dóciles lectores camino a algo más allá de la ficción: una Habana barroca, alienada, alienante y, a la vez, una simple negación de ser considerado dócil lector. El imaginario garrandesiano busca ese lector macho del que tanto hablara Julio Cortázar, en esta novela que “dice algo que no vemos y hace ver algo que no dice”.

Una Habana tangible, tangente, que sobrevive como arista (espina, cuenta de vidrio o prenda de verde jade) introducida en un edificio colonial, reproducida como pastiche en medio de arquitecturas delirantes, cuasi decimonónica y, a la vez, futurista, por la que se pierde el poeta Angélico una mañana en busca de una entrevista. Una región en la cual los boleros se intercalan con tonadas de jazz y se mezclan los tambores del Hotel California con “la limpia y lejana rusticidad de unos timbaleros que ensayaban en la Casa de la Cultura”.

La ciudad de los años 90 se convierte en caleidoscopio de matices barrocos y góticos, e invita a personajes como Van Dine (¿qué mejor destino para el autor de Los crímenes del Obispo que el de reencarnar en un oficial de policía?); Monseñor Montresor (recién salido de la edición Penguin de los cuentos completos de Poe, o de algún tonel de amontillado); un Gato de Cheshire (no tan incórporeo como su contrapartida del País de las Maravillas); Jonathan Harker (solo en esta Habana de soledades, sin su Bram Stoker, sin su Drácula); una misteriosa señora Wollestonecraft Shelley que se dedica a hacer libros de viaje y guías de ciudades, pero que, de seguro, en otra vida se dedicó a otra cosa (pista: hay una película muy buena con Robert de Niro y Helena Bonham Carter sobre el asunto); un monsieur Virgilio (¿Virgilio?, ¿Piñera?, ¿la carne?, ¿de René?), y hasta la banda Led Zeppelin se aparece en estas páginas (¿oímos Kashmir por alguna parte?) donde se habla, entre otras cosas, de vidas emputecidas, turulatas y fornicantes.

Pero esta Habana se sale de sí misma para convertirse en puro sustantivo metrópolis: un lugar de magia y (des)encuentros, un sitio que responde a la palabra ciudad como mismo pudiera ser Madrid, Vancouver o Nueva Delhi. Ir más allá de la frontera nacional (la maldición de las orillas, el agua por los cuatro costados) se convierte en la línea de fuga de esta novela. Bulgakov desarrolla una urbe semejante a esta en las páginas de El maestro y Margarita, cuando hace deambular al diablo por las calles de un Moscú enfebrecido. Garrandés también hace pasear al diablo por unas cuantas cuadras de la calle Obispo, cortando cabezas, haciendo lo que mejor sabe ese señor tan viejo como Dios. Otro referente que viene a colación podría ser el enloquecido cabaret de El lobo estepario. Pero tal vez esta obra vaya más allá de referentes y situaciones similares para hallarse a sí misma en una tormenta de sexo, mentiras y algunas cintas de video.

Es un libro dividido en dos sucesos: el pasado y el porvenir. Resulta interesante el hecho de que el pasado (julio del 96) se haya escrito en aquella Habana anterior a la nueva división político-administrativa por la cual, literariamente, deambulaban diásporas y establos. No obstante, esta novela parece estar más a gusto en el terreno de aquellas páginas de la revista Naranja Dulce dedicadas al erotismo. El libro se convierte, a ratos, en una gigantesca oda al sexo. Si Fellini dirigió en su momento el Satyricon, Garrandés lo transporta al terreno de la narrativa. Alberto podría escribir un Erotikón de nuestros tiempos modernos.

La segunda mitad está dedicada a una futura Habana de octubre de 2027, fecha muy lejana en el 98, pero muy cercana ya para nosotros en una ciudad que se perfila como un ente hilarante, deslumbrante, a veces exasperante. Es de remarcar que, a pesar de la fecha futurista, a Alberto Garrandés no le interesa hacer ciencia-ficción, sino más bien ficción a secas: relatar los hechos, fabularlos hasta el paroxismo y, de paso, dialogar con un posible lector. No es primordial entrar en un juego de predicciones sobre cómo será o dejará de ser esa Habana que se avizora en el porvenir; se convierte en una epopeya sexual, marcada por diversas aventuras. Al final, el futuro tal vez esté lleno de cosas maravillosas, pero algo es cierto, y es que seguiremos haciendo el amor como lo hemos hecho hasta ahora.

En el marco de un viaje a un Amazonas desertificado, lleno de dunas misteriosas, La Habana futurista deja atrás los edificios en derrumbe y reconstrucciones interminables. Ahora cuenta con mausoleos al estilo parisino y resturantes de lujo. En sus calles se ruedan películas de las que no te enteras cuándo comienza la orden de grabar, porque “La Habana sigue siendo lo que es: una ciudad de imágenes malditas”.

Y es que este también es un libro en imágenes. No puedo menos que imaginarlo llevado al cine. Incluso la prosa (narrada en tercera persona, en tiempo pasado) de vez en cuando salta a la primera persona y a tiempo presente, como mismo hiciera el bullet time de la Matrix, dándonos una vista en 360 grados de lo que sucede alrededor.

Este Capricho Habanero busca, de singular manera, borrar las fronteras entre 24 imágenes por segundo y posibles temores a la página en blanco. En una década donde la proliferación de los DVDs ha posibilitado múltiples versiones de una misma película (incorporando escenas borradas, entrevistas con los actores, trailers, bloopers y cortes alternativos del director), Garrandés nos propone su propia versión de los hechos, la versión ampliada, contada de otra manera o revitalizada. Mírese como se quiera mirar, son 50 páginas de más, en puro technicolor y gafas 3D para el que lo quiera adquirir de esa manera.