Enemigo triunfante del aburrimiento y la pedantería

Era el alivio de las telenovelas flojas, la gracia y el choteo cubano en sus variantes progresivas, la versatilidad  capaz de recorrer el cine, la radio, el teatro y la televisión en Cuba, el veterano que adoraban los jóvenes. Despojado de cualquier tono doctoral o pedantería,  Raúl Pomares vivió dando las mejores clases de profesionalidad y rigor que se recuerden en el audiovisual cubano. Y sus papeles, secundarios y principales, en la comedia y en el drama, lo transformaron en una presencia inconfundible en el audiovisual de este país desde sus primeras películas, cuando interpretaba personajes pequeños en películas importantes.

Reconocido por su incuestionable organicidad en cualquier papel, una cualidad que probablemente adquirió gracias a su personalidad en combinación con el trabajo constante y la disciplina sistemática, Pomares llegó a ser uno de los más versátiles y conocidos actores con que contaban nuestros medios, y empleamos el plural porque supo destacarse en obras del más diverso fuste artístico. Comenzó su carrera como aficionado al arte de las tablas y las máscaras en la Universidad de Oriente, donde descubrió la técnica de Stanislavsky, que le permitió comenzar a controlar el rendimiento de las emociones y la inspiración a partir del sentido de la verdad, la memoria afectiva y del descubrimiento del sentido del texto. Ya convertido en un actor conocedor del método que tanto ha contribuido al desarrollo de la actuación en el siglo XX, Pomares se integró al Conjunto Dramático de Oriente, que llegó a dirigir más tarde. Ya desde entonces se debatía entre la actuación y la dirección, pues también estuvo al frente del montaje de obras como La zapatera prodigiosa de Federico García Lorca.



Pomares en Una mujer, un hombre y una ciudad.
Foto: cortesía de la revista Cine Cubano.

La experiencia en el teatro con el Conjunto Dramático de Oriente y los cabildos teatrales de Santiago y Guantánamo, se complementó con la dirección de programas de radio, y el ingreso a la televisión mediante el colectivo de creadores que participaron en la fundación del Canal Tele Rebelde, en Santiago de Cuba, que por aquel entonces contaba con una programación dramatizada a la cual se integró Pomares. Sus primeras experiencias en los diversos medios le permitieron alimentar un talento natural en constante evolución y aprovechar la enseñanza aportada por cada modalidad expresiva. Respecto a sus preferencias, Pomares declaró en algunas entrevistas que el medio más difícil es el radio, el más creativo el teatro, y el más atractivo el cine, y la seducción del séptimo arte se materializó a finales de los años 60, después de una década trabajando en otros medios.

Su verdadero debut en el cine ocurrió como guionista pues coescribió, con Rebeca Chávez, el argumento del filme El huésped, de 1967, dirigido por Eduardo Manet, pero su debut como actor, la labor que le reportaría mayores placeres y reconocimiento, ocurrió bajo la dirección de Manuel Octavio Gómez, quien le ofreció sus primeras oportunidades, con papeles secundarios, pero destacados, en La primera carga al machete (1969) y luego en Los días del agua (1971) y Una mujer, un hombre, una ciudad (1978).

De los tres papeles importantes que le confió Manuel Octavio Gómez, debe subrayarse el periodista de Los días del agua, pues en sus monólogos, y en el fluir de los pensamientos de este personaje, está implícita la tesis de la película. El personaje de Pomares es quien verifica la encuesta que sirve de eje al desarrollo narrativo del filme, y por tanto participa en la creación del mito de la curandera devenida líder. El guion se vale del personaje de Pomares para contraponer múltiples opiniones en torno a los milagros verificados por Antoñica Izquierdo, y también sirve de vehículo a la intención materialista-dialéctica del director respecto a una época miserable y oscurantista del pasado cubano.

Otro de los papeles importantes de esta época le llegó de la mano de Tomás Gutiérrez Alea en Una pelea cubana contra los demonios (1971) donde interpreta uno de los papeles principales, el de Juan Contreras, el comerciante y contrabandista que se enfrenta a los poderes de la inflexibilidad y la intolerancia. El Juan Contreras de Raúl Pomares, al igual que el actor en toda se vida, se oponía al dogma y a los sermones, aunque tampoco estemos en presencia ni mucho menos de un héroe positivo, pues se trata de una película compleja, que carece de la división tradicional entre personajes buenos y malos.

El personaje secundario de Emilio Carretero, en El hombre de Maisinicú (1973) de Manuel Pérez, le permitió a Pomares destacarse al lado de Sergio Corrieri y Reynaldo Miravalles. Más tarde, Rogelio Paris le entregó el protagónico de Patty Candela (1976) una película de aventuras de las que inauguró el periodo de acercamiento entre la producción cinematográfica y su público natural a partir de éxitos de taquilla indudables como El brigadistaRetrato de Teresa, el primer largometraje de Elpidio Valdés y la ya mencionada Patty Candela. Desde esa época, cuando aceptaba secundarios (El hombre de Maisinicú) o protagónicos (Los días del agua) Pomares aseguraba una y otra vez que en su carrera no existían papeles pequeños o grandes, porque en absolutamente todos sus desempeños uno lo encontraba dispuesto a dar una lección de espontaneidad, y a revelar el costado más auténtico de su personaje. 

A lo largo de los años 80 el actor se mantiene muy activo en el cine. Interpreta, sucesivamente, papeles secundarios, siempre veraces y convincentes, en Tiempo de amar (1983) de Enrique Pineda Barnet, Jíbaro (1984) y Otra mujer (1986) de Daniel Díaz Torres o En el aire (1988) de Pastor Vega, entre muchas otras. Mientras tanto, en 1986, se traslada definitivamente a La Habana y se integra al grupo de teatro D’Dos, dirigido por Julio César Ramírez. Comienza a trabajar en telenovelas, seriados y teleplays, aunque de vez en cuando realizó ocasionalmente la asistencia de dirección en filmes como Los refugiados de la Cueva del Muerto (1983) de Santiago Álvarez, La soledad de la jefa de despacho (1989)  de Rigoberto López y El triángulo (1989) de Rebeca Chávez.

A finales de los años 80, con casi 30 años de experiencia como actor, le llegó una segunda etapa de consagración a través de comedias como Plaff o demasiado miedo a la vida (1988) en la cual interpretaba, con total aplomo y su cubanísima familiaridad, al fiel enamorado de Daisy Granados. El Tomás de Plaff… es un personaje trascendental en la película puesto que representa la posibilidad de ser flexible y hacer borrón y cuenta nueva —incluso en alguien de edad madura— y esa adaptabilidad de Tomás es precisamente lo que rechaza Concha por esquematismo e intolerancia.

Más recientemente, a lo largo de los últimos tres lustros, a Pomares se le recuerda como una presencia constante y episódica en varias comedias de Daniel Díaz Torres, sobre todo Alicia en el pueblo de Maravillas (1990), Quiéreme y verás (1994), Kleines Tropikana (1997), Hacerse el sueco (2000), Camino al Edén (2007) y Lisanka (2009), aunque el actor participa con el mismo entusiasmo en la película de un consagrado que de un debutante, y no parece tener límites en cuanto al género o al tipo de personaje que interpreta. En esta línea de variedad, también se puso a las órdenes de realizadores noveles como Ian Padrón en Habanastation (2011), Jorge Perugorría en Se vende (2012), o Rudy Mora en el musical fantástico Y sin embargo (2012).

Pero la mayor popularidad de Pomares, en fechas más recientes, obedece a sus estelares apariciones en telenovelas muy recordadas como El naranjo del patio, que dirigió Xiomara Blanco; Salir de noche, de Mirta González Perera; Al compás del son, de Rolando Chiong; Lo que me queda por vivir, de Mayté Vera; Oh, La Habana, que dirigió Charly Medina; o Diana, de Rudy Mora. Particularmente memorable resultó su papel del padre en la versión  televisiva de Aire Frío, versión bastante fiel de la obra teatral de Virgilio Piñera, al lado de Verónica Lynn, Isabel Santos y Fernando Hechavarría. Aire frío le permitió participar en una experiencia interdisciplinaria pues tenía elementos de puesta televisiva, cinematográfica y teatral, combinados en función de volver a poner en escena y pantalla a uno de los más importantes dramaturgos de este país.

Con una larga y exitosa carrera, Raúl Pomares demostró que el tesón, el sentido del riesgo, y el estudio, pudieran estar en combinación con la más acendrada cubanía, la naturalidad y la gentileza. Siempre será un ejemplo de que el destino del buen actor consiste en superar siempre sus propios esquemas y llegar más lejos, adonde solo pueden arribar el talento vinculado al esfuerzo, la inteligencia y la capacidad de superación. Descanse en paz. La obra está hecha.