En las tinieblas del corazón del hombre

 


Foto: Rafael Villares

 

​CANTADO POR LA QUE ESTUVO AQUÍ

Amor, oh mi amor, inmensa fue la noche, inmensa nuestra vigilia donde fue
         consumado tanto ser.
Mujer soy para ti, y de gran sentido, en las tinieblas del corazón del hombre.
La noche de verano se ilumina en nuestras persianas cerradas; la uva negra
         azulea en los campos; la alcaparra al borde del camino enseña el rosa de su carne;
         y el olor del día se despierta en tus árboles de resina.

Mujer soy para ti, oh mi amor, en los silencios del corazón del hombre.
La tierra, al despertar, no es más que estremecimiento de insectos bajo las
         hojas:
         agujas y dardos bajo todas las hojas.

Y yo escucho, mi amor, todas las cosas correr hacia sus metas. La pequeña
         lechuza de Palas se deja oír en el ciprés; Ceres, la de tiernas manos, nos abre los
         frutos del granado y las nueces de Quercy; el lirón edifica su nido entre las ramas
         caídas de un gran árbol; y las langostas peregrinas socavan el suelo hasta la
         tumba de Abraham.

Mujer soy para ti, y de gran sueño, en todo el espacio del corazón del hombre:
morada abierta a lo eterno, tienda levantada ante tu umbral, y bienvenida en torno a
         toda promesa de maravillas.
Los atelajes del cielo descienden las colinas; los cazadores de cabras monteses han roto
         nuestros cercados; y sobre la arena de la avenida oigo gritar los ejes de oro del
         dios que traspasa nuestra verja... Oh mi amor de un gran sueño, cuántos oficios
         celebrados en el umbral de nuestras puertas; cuántos pies descalzos corriendo
         sobre nuestros embaldosados y nuestras tejas...

Grandes reyes tendidos en tus estuches de madera bajo las losas de bronce, he aquí
         nuestra ofrenda a tus manes rebeldes:
¡reflujo de vida en todas las fosas, hombres de pie sobre todas las losas, y la vida
         retomando todas las cosas bajo su ala!

Tus pueblos diezmados se salvan de la nada; tus reinas apuñaladas se vuelven tórtolas
         de la tempestad; en Suabia estuvieron los últimos reitres; y los hombres de
         violencia calzan la espuela para las conquistas de la ciencia. A los panfletos de la
         historia se junta la abeja del desierto, y las soledades del Este se pueblan de
         leyendas... La Muerte con máscara de albayalde se lava las manos en nuestras fuentes.

Mujer soy para ti, oh mi amor, en todas las fiestas de la memoria. Escucha, escucha, mi
         amor,
el  ruido que hace un gran amor en el reflujo de la vida. Todas las cosas corren por la
         vida como correos del imperio.

Las hijas de viudas en la ciudad se pintan los párpados; las bestias blancas del Cáucaso
         se pagan en dinares; los viejos lacadores de China tienen las manos rojas sobre
         sus juncos de madera negra; y las grandes barcas de Holanda embalsaman el
         clavo. Llevad, llevad, oh camelleros, vuestras lanas de altos precios a los barrios
         de los bataneros. Y es asimismo el tiempo de los grandes seísmos de Occidente,
         cuando las iglesias de Lisboa, todos sus pórticos abiertos hacia las plazas, y todos
         sus retablos encendidos sobre un fondo de coral rojo, queman sus ceras de
         Oriente ante la cara del mundo... Hacia las Grandes Indias del Oeste se van los
         hombres de aventura.

Oh mi amor del más grande sueño, mi corazón abierto a lo eterno, tu alma abriéndose al
         imperio,
que todas las cosas fuera del sueño, que todas las cosas por el mundo nos sean propicias
         en el camino.

La Muerte con máscara de albayalde se muestra en las fiestas de los Negros, la Muerte
         vestida de griot, ¿cambiaría de dialecto?... Ah, todas las cosas de la memoria, ah,
         todas las cosas que supimos y todas las cosas que fuimos, todo lo que reúne fuera
         del sueño el tiempo de una noche de hombre, ¡que todo se haga antes del día de
         pillaje y fiesta y fuego de brasa para la ceniza del atardecer! —pero la leche que
         un jinete tártaro saca en la mañana del flanco de su bestia, está en tus labios, mi
         amor, y yo la guardo en la memoria.

 

Saint-John Perse , nacido como Marie-René-Alexis Saint-Leger Leger (Guadalupe, 1887 – Francia, 1975) fue, después de Gabriela Mistral, el segundo latinoamericano galardonado con el Premio Nobel, en 1960.
Provenía de una familia francesa de funcionarios y terratenientes afincados desde el siglo XIX en la isla de Guadalupe. A la edad de diez años emigra con su familia a Francia, país en el que completa su formación, y en cuyos círculos literarios se inserta con toda naturalidad. Entre 1914 y 1940 funge como diplomático para ese país, condición por la cual estuvo destacado en Alemania, España, Inglaterra y China. Cuando los alemanes ocuparon Francia, en 1940, Perse es separado por el gobierno entreguista de Vichy de su cargo como Secretario General del Ministerio de Asuntos Exteriores, y se le priva, además, de la nacionalidad francesa, todo por su reconocido antifascismo.
Cultivó la amistad con figuras de las letras galas como Paul Claudel y André Gide. Y para la publicación de Anábasis (1924), su texto capital, contó con el apoyo decisivo de Paul Valéry.
La filiación caribeña de Perse resuma con naturalidad en sus versos. El trasfondo de la primera infancia en el trópico es fácilmente detectable no sólo en alusiones directas, sino, además, en una sensualidad morosa, evocativa, muy propia de los nativos de esta parte del mundo.
Entre sus obras más destacadas cabe citar Éloges (Elogios), 1911; Exil (Exilio), 1944; Amers (Amargos) 1957; Chronique (Crónica), 1960; Poésie (Poesía), 1961; Oiseaux (Pájaros), 1963; y Vents (Vientos), 1964.
El poema que publicamos aquí pertenece al libro Canto para un equinoccio, y fue traducido por el cubano Jesús David Curbelo.  (AF)