En esto, nos va la vida

En estos años de Revolución, a pesar de cualquier conflicto coyuntural que se haya podido presentar en cuanto al tratamiento conceptual de la creación musical, nuestros cantantes, compositores e instrumentistas, no conocen lo que significa hacer arte bajo la presión del mercado. Por tal motivo, independientemente del rango que distinga a determinadas figuras que pudieran decidir cuál artista cubano o cuál corriente musical deben ser promovidos por los grandes sellos discográficos de los Estados Unidos, lo menos que provocan es lástima. Y no puede ser otro el sentimiento, cuando algunos de estos personajes, después de conocer el enriquecedor catálogo de nuestras casas disqueras, inquieren por el reguetón como la razón suprema que justifica semejante búsqueda entre nuestros artistas. Estamos ante un ejemplo claro y preciso de lo que significa la presión del mercado, donde no se tienen en cuenta las excelencias propias del arte. Lo que se busca es un tipo de música que no importa si es chabacana, vulgar o mediocre, si finalmente puede ser comercializada a gran escala.


Santiago Feliú. ​Foto: Internet


De todos modos, siempre he sido del criterio que a la hora de promover determinada manifestación musical, el manejo del término opción resulta de gran importancia.

Si es cierto que convivimos en un inmenso abanico de preferencias musicales, entonces cada cual debe tener la opción de disponer de un espacio adecuado para el disfrute de la música de su elección, sin que esto implique una agresión a quienes no comulgamos en la misma capilla.

No obstante, ciertas fronteras invisibles que existen para preservar una convivencia plena entre toda la sociedad, a menudo se diluyen con la mayor impunidad, al ser sometidos a la contaminación ambiental de una música de absoluta precariedad formal y plagada de textos francamente ofensivos, como es el caso del reguetón.

Por suerte, existen otras corrientes, vitales y peleadoras, en el torrente de la música cubana, que nos salvan de la avalancha que asalta nuestros oídos en nombre de la moda.

Por suerte, existen otras corrientes, vitales y peleadoras, en el torrente de la música cubana, que nos salvan de la avalancha que asalta nuestros oídos en nombre de la moda.

El Primer Encuentro de Trovadores [1] de mediados del pasado año, más que una reunión ocasional de los exponentes históricos del género con los más jóvenes, fue un oportuno llamado para reflexionar acerca de temas como la moda en la música, polémica de indiscutible vigencia.

Hablando de los periodos propios de la evolución, como son el nacimiento, el esplendor y la decadencia de una determinada manifestación artística, tendemos a resumir la vigencia de una obra con la palabra moda, síntesis de algo efímero por la breve duración de su impacto emocional en nuestras vidas.

La fugaz lambada del grupo Kaoma, La Macarena de Los del Río o el fraude mediático del coreano Psy y su Gangnam Style, resultan pruebas más que elocuentes de cómo canciones que llegaron a levantar gran hojarasca de popularidad, tuvieron una muy breve existencia por la banalidad de la propuesta. 

En cambio, las canciones de la Nueva Trova cubana, independientemente de que hayan tenido más auge en un tiempo que en otros, jamás podrían considerarse como manifestaciones de una moda circunstancial.

Cantarle a la pureza del amor y a los valores humanos más universales, hace que cientos de canciones jamás pasen de moda.

Pero es en el contexto de las obras de los trovadores, donde abunda más esta modalidad que alguna vez llamamos canción comprometida.

Obviamente, en cualquier género de la música cubana se pueden encontrar magníficas piezas donde se dignifica la belleza del amor, al mismo tiempo que se defiende con pasión la pertenencia a la tierra en que nacimos, a la nación de la que somos parte. Pero es en el contexto de las obras de los trovadores, donde abunda más esta modalidad que alguna vez llamamos canción comprometida.

Desde el preciso momento en que nace un trovador(a), este se reconoce como descendiente legítimo de aquella hornada de bardos excepcionales que, como Sindo Garay y Manuel Corona, entre tantos otros, han dejado en custodia generacional el patrimonio de canciones donde el amor es reverenciado por esa extraordinaria sensibilidad que continúa enriqueciéndonos espiritualmente en pleno siglo XXI.

Privilegiados somos los cubanos, por resguardar en el alma insondable de nuestra patria el impulso vital de aquellos fundadores y los continuadores de toda una épica, cuya trovada la bautizaron nueva, como también nueva es y será la sociedad que estamos construyendo.

Reconocerse en los textos de las canciones emblemáticas de la Nueva Trova, es compenetrarnos con las vivencias de un pueblo en Revolución. Es constatar la firmeza del recio entramado de la urdimbre de nuestro compromiso político, al vislumbrar una multitud de testimonios humanistas convertidos en versos y melodías. Es descubrir el código cifrado en una música cuya contraseña conocemos muy bien los cubanos, para aferrarnos a la solidez de nuestros principios amenazados, sin interrumpir el ritual del amor cantable desde audaces imágenes poéticas. Disfrutar de canciones de la Nueva Trova, significa avanzar por otro de los tantos derroteros que conducen hacia las alturas de imponentes cúspides de la belleza, talladas por gigantes de la palabra vuelta poesía como Pablo Neruda, César Vallejo o Antonio Machado.

En este intento de expandir la auténtica dimensión conceptual implícita en las canciones de la Nueva Trova como hecho artístico decisivo para la identificación del cubano con el calado de sus raíces, es preciso despejar el mal intencionado enfoque de que estas piezas conforman una corriente musical limitada a ser escuchada en los días de duelo de nuestro país.

Quienes así piensan, no comprenden la afinidad ideológica entre los paladines de las luchas por nuestra libertad y nuestros cantautores. Quienes así piensan, está claro que no han tenido miradas serias y profundas para captar la esencia patriótica que se desprende de los textos martianos o de los libros que narran las epopeyas de Antonio Maceo y de Máximo Gómez durante nuestras guerras independentistas, o de aquellos que hablan acerca de la hidalguía quijotesca del Guerrillero Heroico, Ernesto Che Guevara; del mismo modo que tampoco han prestado oído al vibrante mensaje de obras imprescindibles de la Nueva Trova.

¡Qué orgullo para los revolucionarios cubanos poder disponer de numerosas canciones cuyas letras están inspiradas en el pensamiento y el accionar de los héroes de nuestra Patria!

¡Qué orgullo para los revolucionarios cubanos poder disponer de numerosas canciones cuyas letras están inspiradas en el pensamiento y el accionar de los héroes de nuestra Patria! Quién no conoce de la admiración expresa por el inolvidable Comandante en Jefe Fidel Castro hacia la canción El Necio, de Silvio Rodríguez; del mismo modo que se identificaba particularmente con Su nombre es pueblo, de Eduardo Ramos, y La Victoria, de Sara González, ambas interpretadas por la propia Sara, magníficos ejemplos del enlace entre los principios enarbolados por el líder histórico de la Revolución y los artistas que la defienden desde el canto. A su vez, el legado del Comandante para nuestro pueblo y el resto del mundo, adquiere el rango de magistral y emotiva síntesis poética en la pieza Cabalgando con Fidel, del trovador Raúl Torres.


Raúl Torres. ​Foto: Internet


Corren días donde gobiernos progresistas y democráticos de nuestro hemisferio afrontan la arremetida de la derecha neoliberal, apoyada por los intereses de dominación del imperialismo norteamericano, en un intento por revertir el avance alcanzado a favor de los pueblos en países como Venezuela, Brasil y Argentina.

La derecha, carente del respeto debido a la soberanía de una nación, que busca excluir a las mayorías en su voracidad por beneficiar a los menos, es capaz de vender a los consorcios extranjeros hasta el aire que respiramos los pueblos americanos.

Ante tal escenario, nuestras canciones de barricada, que durante  dictaduras como la de Pinochet en Chile y de la Junta militar en Argentina, fueron censuradas por multiplicar el clamor a favor de la justicia mancillada y de la dignidad usurpada, conservan intacto el aliento que identifica al arte comprometido, a la creación artística nacida para defender el derecho de los pueblos.

Coincidimos con relevantes artistas nuestros que apuestan por permanecer en la memoria antes que someterse a la moda del momento.

Semejante coyuntura no resulta ajena a canciones habitualmente evocadas por intérpretes de la Nueva Trova; como sentencia Vicente Feliú en una de sus últimas composiciones [2], cuando afirma que procede “… de donde habita el corazón, donde se sueña con palomas y se muere por amor”.

Sencillamente porque en esto, nos va la vida.

 

Notas:
1. Primer Encuentro de Trovadores en La Habana, que tuvo lugar en el Centro Cultural El Sauce del 8 al 15 de julio de 2016.
2. Donde habita el corazón, título de una obra del trovador Vicente Feliú.