En el taller de Zenén Calero: Los milagros del teatro (II)

El títere como objeto de teatro
Los objetos invaden la vida diaria en la contemporaneidad. Pueden ser utilitarios que facilitan las tareas o simplemente de uso decorativo, algunos son francamente inútiles, pero los adquirimos al calor de la propaganda de moda, a sabiendas de que muy pronto caducarán. Pongamos por ejemplo la furia desatada por la continua aparición en el mercado de teléfonos y computadoras, prometiendo aplicaciones hasta ayer impensables, que obligan a adquirir nuevos modelos cada cierto tiempo, que cada vez se acorta más. El teatro de títeres no es ajeno a esa realidad, porque le cabe la responsabilidad de dotar de vida a los objetos y convertirlos en medios de expresión artística para comunicarse con el espectador. Algunos teatristas han optado por animar objetos tomados del uso cotidiano, otros crean con sus manos los objetos que pondrán en escena. Cualesquiera que sean las elecciones estéticas, el teatro de títeres se vale del objeto, y una vez que  éste sube a escena se convierte en portador de signos que revelan la naturaleza del conflicto dramático.

Reflexionar sobre el impacto del objeto en los individuos no ha sido predilección entre nosotros los cubanos, ni ha echado raíces la tendencia a buscar objetos de uso diario para transformarlo en títeres, y eso que hemos desarrollado una gran capacidad para reciclar objetos, para echar a andar algunos que parecían inservibles, aquí la lista pudiera ser larguísima pero solo mencionaré los viejos automóviles que desandan por La Habana.

Esa tendencia a convertir el objeto cotidiano responde al hecho de que el teatro de títeres es multidisciplinar y es capaz de incorporar los saberes de la escena e incluso los que se generan más allá de la práctica escénica. Eso es una sentencia que comparte Zenén, por eso se mantiene atento a todo lo que sucede a su alrededor. Ha viajado de Matanzas a La Habana para asistir a una función del Royal Ballet en el Teatro Karl Marx o para asistir a un estreno de Teatro El Público. Hace unos meses lo encontré frente a una sala del Museo Nacional de Bellas Artes, procurábamos ver una exposición de Tomás Sánchez, pero la puerta cerrada impidió nuestro acceso. Son solo dos ejemplos, pero puedo decir que no hay estreno teatral que valga la pena ver que no cuente a Zenén entre sus espectadores. Y como su labor pasa por la producción, también vive pendiente de las contingencias para encontrar los materiales necesarios para encaminar sus sueños, porque el bombardeo de imágenes que soportamos a diario exige mucha creatividad a la gente de teatro.

Hacer teatro de títeres implica un complejo proceso de creación: construir el personaje que demanda la historia, relacionarlo con los otros personajes y con el contexto escenográfico, insuflarle vida. Son esfuerzos que se agotan cuando concluye la función, porque el títere va a un rincón donde se convierte en un objeto inerte, por eso no me gusta contemplarlos fuera del retablo. Solo hago la excepción con los títeres que diseña y construye Zenén Calero. Son objetos hermosos en los cuales la vida late más allá de la escena.

Generoso ser humano como es, Zenén ha colaborado con el Guiñol Nacional, Teatro Escambray, Teatro D´Sur, Compañía de Marionetas Hilos mágicos, Teatro Arbolé, de Zaragoza, España, Guiñoleros UAS, de Sinaloa, México Teatro Sea, de Nueva York. En ellos ha estampado su firma, pero a otros colegas le ha sugerido soluciones, ha regalado unos metros de tela que necesitaban, a muchos de los asistentes al Taller Internacional de Teatro de Títeres les ha construido escenografías aligerándoles la carga.

Muchas zonas del mundo han apreciado las creaciones de Zenén, primero con Teatro Papalote y ahora con Teatro de las Estaciones. Su obra se ha presentado en EE.UU. y en España, México, Argentina, Colombia, Francia, Italia, Suecia, Rusia, Polonia, Yugoslavia, Checoslovaquia, Uruguay, Venezuela, Costa Rica, República Dominicana y Martinica. De cada rincón del planeta dice haber aprendido algo. Afirma que el contacto con otras personas lo enriquece, que cada función de teatro lo estimula.

 

Un taller en El Retablo

La galería-estudio El Retablo fue la primera piedra de lo que es hoy el Centro Cultural Pelusín del Monte. El recinto expositivo muestra la obra de los titiriteros y de creadores afines al teatro de muñecos. Esta es la única galería cubana especializada en teatro de títeres y realizan una labor extraordinaria en el rescate del patrimonio titiritero cubano. Bastaría decir que allí se exhibieron los muñecos de los hermanos Camejo, durante largos años sepultados por el olvido, para saber que ha sido escuela capaz de develar pasajes de nuestra historia teatral, al tiempo que ha tendido puentes entre la tradición cubana y las de otras latitudes. También ha sido otra forma de atraer a los espectadores al teatro.

Asomarse al taller de Zenén es una posibilidad de descubrir secretos del oficio que, generosamente, está dispuesto a compartir. Alto y delgado, elegantemente vestido, sonriente siempre recibe al visitante. Una larga mesa de madera ocupa buena parte del espacio. Materiales de cualquier tipo —es capaz de experimentar con todos— que luego cobrarán vida teatral, herramientas que facilitan el trabajo, libros y catálogos que sirven de modelo, muñecos de todo el mundo obsequiados por amigos y admiradores. Ambiente propicio para el trabajo artesanal con el que luego deslumbrará al espectador.

Fue en ese taller donde se gestó el premiado montaje de “Por el monte Carulé”, homenaje a la música cubana a través de ese showman que fuera Bola de Nieve. Interpretado por Rubén Darío Salazar e Iván García, la obra narra el ascenso del pianista y cantante, desde su niñez hasta las giras internacionales, pasando por sus presentaciones en el restaurante Monseñor. Los actores son camareros del restaurante y ellos llevan el hilo de la trama. El vestuario, de tonos grises plateados, de impecable factura. El retablo se construye a la vista del espectador, ejemplar en este sentido es la escena que narra la infancia del protagonista en Guanabacoa, junto a esa otra grande que fue Rita Montaner.

Los utensilios del restaurante Monseñor, lugar elegido para la representación porque allí cantaba Bola, se convierten en objetos escénicos: bandejas, cubiertos, servilletas que Zenén diseñó para propiciar el juego titiritero en una obra dirigida al público adulto. Con mucho ingenio resuelve la narración de los viajes del músico por el mundo, son cartones que replican los símbolos de las ciudades que visitara, la torre Eiffel de París o la de Pisa en Italia. Los objetos diseñados por Zenén en rojo, blanco, negro y gris, la destreza en la animación de los actores, el texto de Norge Espinosa y la música de Bola de Nieve se conjugaron para alcanzar una puesta en escena extraordinaria. Lo mismo ha sucedido recientemente con los espectáculos “Cuento de amor en un barrio barroco” y “El irrepresentable paseo de Buster Keaton”. A sus 60 años, Zenén Calero  sigue sorprendiendo al espectador.

 

Bibliografía:
  1. Caamaño, Oscar Horacio: El objeto animado. En Telón de fondo, revista de teoría y crítica teatral.
  2. Céspedes, Norge: Zenén Calero, la fastuosa humildad del material pobre. En La Jiribilla, n/605.