En el taller de Zenén Calero: Los milagros del teatro (I)

Tras una apariencia de fragilidad se esconde la pasión de Zenén Calero, artista del diseño escénico que figuró entre los creadores finalistas del Premio Nacional de Teatro más reciente. Matancero nacido en un poblado de pescadores, el olor del mar y sus constantes vaivenes, han signado la vida de uno de los diseñadores más relevantes del panorama teatral de Cuba.

Hombre atento al devenir de la vida y el teatro, a estas alturas creo que no podría distinguir entre una frontera u otra porque para Zenén el teatro es su propia existencia, tanto es así que casi  todo su tiempo vital transcurre en la Galería-Estudio El Retablo, taller donde se trabaja con intensidad y rigor.

Probablemente hubiera alcanzado muchos éxitos si sus manos prodigiosas hubieran optado por otros caminos del diseño. La moda es asunto tentador en tiempos donde la imagen se convierte en franca obsesión para muchos. Los decorados de interiores se vuelven quebradero de cabeza dado el desconocimiento de sus reglas y la falta de recursos de muchos para emprender la tarea. En la gráfica se hubiera esforzado para que nuestras publicaciones conjugaran lo útil y lo bello. En todos estos campos ha incursionado, pero Zenén eligió el camino más fatigoso y humano, el del teatro y, para colmo, el del teatro de títeres. Es como si su destino hubiera sido trazado para que llenara de belleza este mundo, pero a cambio debía trabajar tenazmente, y esforzarse para que la fuente de su creatividad, al parecer inagotable, rindiera sabrosos frutos. Entonces sus pinceles, tijeras, telas, barro, madera, óleos, temperas se convirtieron en instrumentos valiosos para construir los espacios donde tiene lugar el milagro del teatro.

 

Empinar el papalote

Teatro Papalote (1979-1997) fue la gran escuela de Zenén Calero, es cierto. Ha mencionado como impulso el postgrado que impartieron los profesores Diana Fernández y Derubín Jácome, formadores de varias generaciones de teatristas en las aulas del Instituto Superior de Arte, y la obra de quienes le precedieron, como Eduardo Arrocha, por poner un ejemplo. El maestro René Fernández volvió a la vida teatral, de donde fue apartado por la intolerancia y la ignorancia, y ahí comenzó una relación profesional que daría a la luz grandes momentos del teatro de títeres de la Isla. Dramaturgo y director, discípulo de los hermanos Camejo y de Osvaldo Dragún, René es un hombre de teatro muy apasionado, que ha explorado casi todas las formas expresivas del teatro de títeres. Quizá sea esa la razón por la cual sus obras forman parte del repertorio de muchísimos grupos de Latinoamérica. A partir de la fundación de Teatro Papalote, en la ciudad de Matanzas, el dueto creativo Fernández-Calero, firmó obras que fueron muy aplaudidas en el momento de su estreno. De las indagaciones sobre el universo afrocubano y su caudal de sabiduría salieron montajes como “Nokán y el maíz” y “Okin, pájaro que no vive en jaula”. Lorca es un autor que ha acompañado al teatro de títeres cubano desde sus días fundacionales hasta hoy. Teatro Papalote versionó “La zapatera prodigiosa”, y Zenén recreó su visión del mundo del poeta granadino. Textos de la autoría de René también subieron a escena, “Romance del papalote que quería llegar a la luna” y “Los ibeyis y el diablo” se cuentan entre las que mayor acogida recibieron del público.

Durante su estancia en Teatro Papalote, Zenén asumió la responsabilidad por la imagen del grupo. Desde la señalización de la sede del grupo hasta el uniforme de trabajo de las cuidadoras de la sala, desde los carteles de las obras hasta el programa de mano, desde los huacales para transportar la escenografía y el vestuario hasta el maquillaje de los actores. Comunicar  las esencias del grupo a través del diseño era su tarea cotidiana, y lo hizo con inteligencia, echando mano a los recursos disponibles, pensando creativamente para sortear las carencias. Esa también ha sido ocupación permanente en el Teatro de las Estaciones.

 

Son estaciones teatrales

Rubén Darío Salazar, entonces joven inquieto, egresó del Instituto Superior de Arte bajo la égida de Ana Viñas y Mayra Navarro. Rubén llegó hasta Daóiz 83 porque quería trabajar en lo que consideraba era el gran templo del teatro de títeres en Cuba. Y allí fue discípulo de René y de Zenén, y protagonizó ese clásico que es “Okin, pájaro que no vive en jaula”. En Teatro Papalote se gestó lo que es hoy Teatro de las Estaciones, ilustre heredero de la corta pero rica tradición titiritera cubana.

Surgido en un momento difícil del país, período especial muy duro para la vida cotidiana pero favorable para la creatividad, el grupo trazó pautas desde sus primeros pasos. La elección de los textos responde a sólidos criterios sobre la tradición y sobre lo más novedoso. Clásicos como “Caperucita roja” y “Pinocho”, cubanísimos como nuestro Pelusín o la Cecilia Valdés, provenientes de la tradición latinoamericana como Javier Villafañe, osadías como la de “Por el monte Carulé” o “Canción para estar contigo”, interpretada esta última por la soprano Bárbara LLanes, entrañable como “La niña que riega la albahaca y el príncipe preguntón”, de Federico García Lorca.

El diálogo creador entre Rubén y Zenén ha devenido paradigma para el teatro cubano. Me atrevo a afirmar que ha sido benéfica su influencia sobre nuestros titiriteros pues han subido tan alto el listón, que los otros han debido esforzarse en el estudio para realizar sus propuestas escénicas con eficacia. A golpe de talento y trabajo han abierto caminos al teatro de títeres. Pero ha sido ardua la gestión de Zenén Calero en tamaña empresa.

La memoria me trae imágenes de obras como “La caja de los juguetes” o “La virgencita de bronce”, “Pelusín y los pájaros” y “Los zapaticos de rosa”, Alicia en busca del conejo blanco” o “Federico de noche”, “Burundanga” o “Cuento de amor en un barrio barroco”. Y me asaltan muchas preguntas. ¿Es posible definir la estética de Zenén Calero? ¿Vale la pena encerrar en pocas palabras, por lúcidas que se me ocurrieran, su obra para la escena? ¿Seré injusta si dejo escapar la posibilidad de registrar para el futuro una obra tan fecunda como ésta, a sabiendas de que el teatro está escrito sobre el agua?

Ciertamente, es posible percibir algunas constantes en su creación. Podría hablar del uso del color, al cual le confiere valor dramático. Nunca se me ocurre pensar que cabría otro matiz para aquella figura diseñada por Zenén, solo la que él seleccionó. Y no es que trabaje con dos o tres colores. Para las criaturas de Villaverde tomó el amarillo y el carmelita, los tonos pasteles marcan el poema de Martí, el azul es elegido para el Villafañe, grises y rojos para Bola de Nieve. Cada color sugiere las esencias de la fábula y del personaje.

Zenén sabe que la escenografía es la primera señal que recibe el espectador, no vale la pena recargarla si el texto no lo exige, y es preciso realizarla en escala que facilite el trabajo del actor y el desempeño de los títeres. Cada escenografía que concibe es una joya del diseño, capaz de proyectar vida más allá de la representación.

Las texturas signan el diseño de Zenén, a la vaporosidad del vestuario de “Los zapaticos de rosa” se contrapone el lino crudo de algunos de los personajes de “La virgencita de bronce”. También lo distingue la realización casi, casi, perfecta de los muñecos y la escenografía, en sus creaciones no se encontrarán remiendos o descosidos, no importa si son figuras planas o volumétricas.

Y como está al tanto del valor de la luz en el teatro, concibe colores, formas y texturas en concordancia con el lenguaje teatral. Conocedor al dedillo de las técnicas titiriteras, por eso puede elegir aquella que facilitará el camino a la animación y que logrará expresar la esencia del texto.

Otro detalle que no debo pasar por alto es el hecho de que cada estreno del Teatro de las Estaciones es un reto para Zenén: satisfacer las ansias intelectuales de su director no es tarea fácil. Rubén es un hombre inteligente, atento a lo que sucede en el mundo titiritero, presto a captar sus señales, al tiempo que estudia a profundidad la historia teatral de Cuba y de Latinoamérica, la cultura cubana. También hay que decirlo, el grupo ha realizado muchas propuestas loables y ha recibido tantos reconocimientos que, ante cada estreno, uno se pregunta qué harán esa ocasión. Y buena parte de la sorpresa que recibe el espectador se debe al talento de Zenén.

Una de las grandes virtudes de la obra de Zenén Calero es su poder de síntesis, cada muñeco porta las características que lo definen, no hay elemento puramente decorativo, nada que sobre en escena. Sube a escena solo el elemento que exige la fábula, aquel cuyo significado sea necesario para el diálogo entre el títere, el titiritero y el espectador.

Zenén sabe que el teatro es un arte colectivo, por eso es capaz de escuchar a los demás, de aceptar su voz y de brindarle la suya. Sabe que el muñeco que concibió será animado por una actriz, que la escenografía será habitado por actores y muñecos, que el público buscará los significados más insospechados en la obra. Por eso aprovecha las posibilidades infinitas del universo titeril, reino de libertad creativa porque no tiene pautas fijas o rígidas. No hay que imitar la figura humana, y existe la probabilidad de trabajar con las escalas, de crear el personaje con el volumen que desee, de desnudarlo o descabezarlo sin ofender a nadie, puede ser antropomorfo o geométrico, policromado o de un solo color. El personaje-títere tendrá la fisonomía que decida el diseñador, quien tiene la responsabilidad de renovar sus esfuerzos creativos en cada montaje. Sobre todo en este caso de Zenén, quien prefiere realizar el muñeco porque afirma que en ese proceso le va imprimiendo su energía y va corrigiendo los defectos de la criatura, enriqueciendo la creación.