En el Monte de Antonio Núñez
Fotos: Cortesía de la autora
 

Telas sin enmarcar sobre altos anaqueles llenos de libros. Obras laboriosamente trabajadas. Paisajes urbanos estremecedores e intrincados. El título inquieta: Monte. ¿Será la calle habanera? ¿O acaso una alusión al clásico de Lydia Cabrera? ¿Dónde están los árboles, los güijes, las cañadas? Nada de esto encontrará el espectador. Monte es aquí metáfora de viaje, itinerario de una aventura por los caminos del tiempo, apropiación sintética de lo que un artista siente al observar las marcas de la edad en paredes, recodos, calles, edificios y barrios de las ciudades del mundo que, a fin de cuentas, se resumen en una vivencia particular: la del cordón umbilical que lo ata a las suyas.

La inauguración de la exposición es saludo al aniversario de Antonio Núñez Jiménez, nacido el 20 de abril de 1923, una figura imprescindible en la cultura cubana.


 

Monte hace que nos encontremos nuevamente con la obra de Antonio Núñez Hernández (Camagüey, 1971), esta vez en la Galería 11 de la Fundación La Naturaleza y El Hombre Antonio Núñez Jiménez, en La Habana. Por cierto, es pura coincidencia la del nombre del artista con el del notable científico, escritor y hombre de ideas, creador de una institución en la que ciencia y arte se entienden a la perfección, ahora guiada por su hija, Liliana Núñez. Otra coincidencia es el nombre de la Galería, con el número de piezas expuestas.

Durante las dos últimas décadas, Tony Núñez ha desarrollado una interesante carrera desde la ciudad alemana de Aachen, sin que por ella deje de exponer con cierta frecuencia en Cuba, como lo hizo en la sede del Consejo  Nacional de las Artes Plásticas en 2003, en la Fundación Ludwig de Cuba en 2011 y, un año después, en Villa Manuela, de la UNEAC.


 

El artista construye sus piezas a la manera de un palimpsesto, esos manuscritos antiguos a los que se ha borrado una y otra vez la escritura precedente para volver a inscribir signos en la superficie. Solo que Tony Núñez no esconde las huellas precedentes, sino las convierte, por el contrario, en pruebas evidentes de un discurso que tiene en la dimensión temporal un privilegiado protagonista.

Puede hablarse de una obsesión con la preservación de la memoria física de los recuerdos, unos más presentes que otros, pero todos engarzados en composiciones de apariencia abigarrada, como si al pintor le fuera consustancial una filiación barroca.


 

Sin embargo, ese barroquismo no obnubila, está dotado de cierta y muy justa propensión a los detalles. El artista consigue un tránsito coherente  entre el fragmento y la totalidad —y también, por qué no, entre lo abstracto y lo figurativo—, pues le asiste un notable dominio del equilibrio, a partir de los recursos técnicos utilizados: la transferencia fotográfica y el collage.

En virtud de esas características de la obra de Antonio Núñez y su disposición en la Galería 11, es recomendable observar las telas a distancia, para no perder la integralidad de cada propuesta.

Creo definitivamente que después de Monte, Núñez debe ser considerado como uno de los más decididos renovadores y vigorosos creadores cubanos que le están insuflando vida propia al paisajismo urbano.