En el cincuentenario de una obra de Antonia Eiriz

El beisbol no fue asunto preferente de la plástica cubana de los 60 y 70. Las problemáticas políticas, sociales y culturales del país acapararon toda su atención. Tan es así, que en el primero de los decenios apuntados, el tema del beisbol se centra en un nombre, Antonia Eiriz, y un lienzo de gran formato, La muerte en pelota. Concebido en 1966, marca un antes y un después en lo relativo al tema en nuestras artes plásticas. En esta obra la artista pone de manifiesto que no hay asunto banal, siempre y cuando quien lo aborde tenga el suficiente talento y oficio para hacerlo.

Tampoco es de pasar por alto el contexto histórico en el que su autora concibe esta obra, signado por uno de los momentos de mayor tensión que viviera el deporte cubano del periodo revolucionario, como resultado de la maniobra obstaculizadora originada en el extranjero en torno a la participación de Cuba en los X Juegos Centroamericanos y del Caribe a celebrarse en San Juan, Puerto Rico. Tal fue la motivación patriótica generada en su momento por la antedicha situación, así como por la victoria deportiva y política que para la Revolución cubana significó la presencia y participación de nuestra delegación en estos juegos, que la revista Cuba, de marzo de dicho año, le dedicó un número al beisbol, en el que aparecieron, entre otros trabajos de interés, el poema “Pío tái”, de Roberto Fernández Retamar, verdadero homenaje a las glorias de la pelota cubana, pasadas y  presentes. Por último, un recordatorio, también a manera de homenaje, que estoy seguro de que Antonia, siempre receptiva a su tiempo y país, no me lo reprocharía: los dos juegos de no hit no run que dio el pitcher villareño Aquino Abreu en la serie correspondiente al comentado año.


La muerte en pelota (1966), óleo / lienzo, 206 x 342 cm. Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana.
 

De vuelta a Antonia y a su obra, concebida tres años después de La Anunciación, su pieza más emblemática, La muerte en pelota se erige como una continuación de aquella, si atendemos a su suscripción sin reservas al expresionismo grotesco, en su caso, marcado por un dramatismo intenso y perturbador, cuyo referente —si lo tiene— parece remontarse hasta “las pinturas negras” de Goya. El título, por sí solo, ya manifiesta una intención dual —entre cubanos, la expresión “en pelota” es sinónimo de desnudez—. La muerte siempre viene desnuda, parece recordarnos la pintora. Si en La Anunciación la hace llegar de manera inesperada, para convertir en tragedia el hecho feliz que este tema había tenido en el arte occidental, en la obra que nos ocupa alude a la muerte otra que nos acontece en determinados momentos de nuestras vidas, pero extrapolada a un hecho consustancial al beisbol y sus protagonistas. Tal lo que parece inferirse de la representación del pelotero que domina el primer plano, cuyo conteo de tres y dos —posiblemente, con las bases llenas y dos outs en el pizarrón— lo pone al límite de sus posibilidades como bateador, en cuanto a dar el batazo que deje “al campo” al equipo contrario o, en su defecto, errar el swing y concluir el juego. Sin embargo, Antonia no se contenta con sugerir tal situación, sino que la subordina al contexto, al entregarnos un segundo plano igual de tenso y sugerente. En este punto, su  expresionismo opera una muy particular relación entre el tratamiento plástico de las máscaras del receptor y el árbitro y los rostros-máscaras de los fanáticos al fondo, a la espera del desenlace final.


La Anunciación. Antonia Eiriz
 

Este particular planteamiento responde a una poética que apunta a desenmascarar a los humanos, consecuente, por demás, con la hipocresía reinante en la sociedad. ¿Cuál es la moraleja de este mensaje? Acaso, ¿es un alerta sobre el tan necesitado saneamiento moral o una posibilidad —aún cierta— de alcanzar la virtud a partir del pecado? Para nuestra pintora, de algún modo, el deporte también es capaz de desenmascarar tanto a un individuo como a un colectivo, al poner al descubierto su verdadero rostro, deformado por las pasiones más elementales y primitivas desencadenadas al calor del juego. De hecho, el título alude a la desnudez, como ya se dijo, en tanto apela a un significado que complementa el propio de la imagen visual, muy del gusto de la estética expresionista. Tampoco pasa por alto que un por ciento nada despreciable de personas que asisten a un estadio de pelota o de otro deporte cualquiera, no solo van a pasar un buen rato y apoyar a su equipo, sino también a olvidar…, en buen cubano, “a desconectar”; lo que no deja por ello de ser una forma más de descargar sobre el equipo contrario las frustraciones y los problemas irresueltos de fin de semana o de años —consuelo de tontos, sin duda, pero consuelo al fin—. Se gane o se pierda, siempre un juego dará pie al desahogo, al alarido final de cada fanático en colectivo, lo que reforzará por unas horas su autoestima, muy a diferencia de lo que nos transmite El grito, del pintor noruego Edvard Munch, pintado en 1893. A no dudar, La muerte en pelota es y será siempre la pelota al desnudo, “en cueros”. Y algo más… En el cincuentenario de su creación, cualquier otra interpretación, bienvenida sea.