En el 20 aniversario del Centro Pablo

 

Si bien la letra del conocido tango no deja de ser verdad, también lo es que 20 años de arduo y atinado trabajo cultural marcan —¡y de qué manera!— el período histórico en el cual tiene lugar. Ello es lo primero a resaltar en el 20 aniversario del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, dirigido por Víctor Casaus, con el concurso de un número importante de colaboradores representativos de lo mejor de la cultura sonora y visual del país.

El Centro Pablo, como lo llama el pueblo, ha tenido la verticalidad ética y estética necesaria para insertarse de manera orgánica en el ámbito cultural cubano desde la última década del pasado siglo.

En efecto, el Centro Pablo, como lo llama el pueblo, ha tenido la verticalidad ética y estética necesaria para insertarse de manera orgánica en el ámbito cultural cubano desde la última década del pasado siglo. Tal proyección y dedicación ha propiciado que un número de manifestaciones artísticas y sus protagonistas hayan tenido allí el espacio propicio de expresión y legitimación de sus poéticas, lo que ha garantizado su continuidad en el complejo espectro cultural y mediático de la Cuba de los 90.
 

Con solo citar la acogida que le dio al llamado Arte Digital en los Salones que organizó con tal propósito, en un momento en que se ponía en entredicho su condición de arte por cierto sector de la crítica especializada, la existencia del Centro estaría más que justificada. Pero no quedó ahí… Con igual tino e ímpetu ha apoyado la música de nuestros trovadores, en particular, los más jóvenes, así como a dos manifestaciones emblemáticas de nuestra gráfica de comunicación: la edición y el cartel, por entonces, no del todo regularizadas por las limitaciones económicas del país.

En efecto, el Centro Pablo, como lo llama el pueblo, ha tenido la verticalidad ética y estética necesaria para insertarse de manera orgánica en el ámbito cultural cubano desde la última década del pasado siglo.

Es con respecto a estas dos últimas expresiones, que mi condición de colaborador del Centro Pablo se ha hecho más visible. Si la vida y obra de creadores gráficos cubanos de la talla de Conrado W. Massaguer y Eladio Rivadulla Martínez hoy son más ampliamente conocidas por nuestra población, se debe a su inclusión en los planes editoriales del Centro, bajo el sello Ediciones La Memoria. En igual medida, y en honor al nombre que la identifica, su línea editorial se ha centrado en rescatar la figura y obra del luchador social y escritor cubano-puertorriqueño Pablo de la Torriente Brau, el cual ha sido asumido, según palabras de Casaus, “sin magnificaciones inútiles ni estereotipos empobrecedores, tal y como él nos lo enseñó en sus papeles formidables y en su intensa vida” [1].

En cuanto al cartel, el Centro Pablo le ha dedicado numerosos Salones. A mi entender, dos han sido las razones que han motivado esta preferencia: el protagonismo de vanguardia que este medio ha tenido —y tiene— en la cultura visual nacional desde el inicio del período revolucionario, y avenirse en lo formal y conceptual con la idiosincrasia del cubano promedio: habla bien alto, su mensaje apela a la inmediatez y su espacio cultural preferente es la calle. En consecuencia, el cartel se impone como un medio de comunicación con un doble soporte: el papel o cartulina sobre el que se imprime el mensaje y la pared donde se ubica, por norma, la más factible de ser visibilizada por el receptor o paseante. Si a ello se suma su idoneidad como medio para celebrar la gloria de los hombres que han hecho nuestra historia, desde una imagen actualizada e inteligente, es lógico que por el cartel también se rescataran para la memoria y sensibilidad de nuestro tiempo los valores morales, políticos y literarios de hombres como el Che, el poeta Miguel Hernández y el propio Pablo.

Sirvan de ejemplo tres excelentes exposiciones: Pablo y la Guerra Civil Española 1936-2006, Vientos del pueblo y Che 80; sin obviar otras de carácter más general, pero igual de representativas de la apuesta por la inclusión del Centro, así como de su compromiso con la sociedad y la mejor cultura nacional de estos años, a saber: A guitarra limpia, 10 Años de Arte Digital, En defensa de los derechos de la infancia, Por la diversidad, No a la violencia contra la mujer y Compartiendo sueños.


Fotos: Cortesía Centro Pablo


Pablo y la Guerra Civil española (2006) fue una exposición de carteles tan inesperada como sorprendente, ya que a 70 años del hecho histórico que rememora, una nueva generación de diseñadores gráficos cubanos, representada por una docena de nombres con verdadera vocación para el cartel, asumió la interpretación gráfica de este trascendente hecho histórico y de uno de sus protagonistas destacados (Pablo de la Torriente Brau), desde presupuestos estéticos y comunicativos representativos de la contemporaneidad. Y lo que es más importante aún, lo hicieron sin faltarle a la mejor tradición de la vanguardia gráfica internacional en general y a la cubana en particular. Quien dude todavía de la existencia de una “escuela cubana del cartel”, aquí encontrará la respuesta. Estas imágenes —las mejores, por supuesto— son exponentes de la continuidad de un hacer y decir cartelístico que alcanzó ciudadanía de primera clase en el ámbito gráfico y plástico internacional en los 70 del pasado siglo, y que tiene por precedente más inmediato el movimiento de vanguardia gestado en la gráfica cubana durante el llamado Período Especial.


Entre las obras presentadas se destaca el primer premio, el cual recayó en Kelly Núñez. Su cartel se caracteriza por la síntesis visual y economía de elementos (pluma de fuente e hilo de sangre), dándonos una acertada propuesta en lo formal y conceptual de las dos efemérides, al poner de manifiesto la doble condición de periodista y hombre de acción de Pablo de la Torriente Brau. Su atinada filiación a las características del mejor cartel cubano de vanguardia, por una parte, evidencia la eficacia del código visual que este medio estableciera en los decenios 60 y 70 del pasado siglo y, por otra, su capacidad para prevalecer más allá del tiempo genésico con que el mismo se identifica.

Vientos del pueblo (2010) fue la otra exposición de carteles que realizó el Centro Pablo como parte de la Jornada Hernandiana, la cual vino a darle continuación a la saga visual iniciada con Pablo y la Guerra Civil española. La relación militante entre Pablo de la Torriente Brau y el gran poeta español, es ya una unidad de sentido para la cultura cubana. Uno y otro fueron hombres de acción y de letras. Uno y otro están enraizados en la cultura literaria y política de Cuba. De ahí que tal Jornada fuera una forma más de allegarnos a Pablo. Y de ahí, también, que las imágenes relativas a los carteles de esta exposición sean parte integral de la imagen total que nos podamos hacer del héroe de Majadahonda.

No es casual que en esta exposición se vuelva a encontrar un nivel de codificación en correspondencia con los tópicos que caracterizaron el contenido de algunos de los más notables carteles de la exposición Pablo y la Guerra Civil española. A saber: toros (símbolo del pueblo español: se dice que el mapa de la península Ibérica es una piel de toro puesta a secar), plumas de fuente y de ganso, máquinas de escribir y el tricolor del pabellón de la República española (rojo, amarillo y violeta). Sin embargo, por ser la primera exposición de carteles hecha en Cuba que tiene como asunto central a Miguel Hernández, el referente fotográfico relativo a la figura del gran poeta alicantino sí se puso de manifiesto. La imagen de Pablo ya era más que conocida cuando se hizo la antes citada exposición; la de Miguel, no tanto, al menos, en lo que comprende al cartel cubano.


Entre los carteles de interés cabe citar los de Kelly Núñez, Katia Hernández y Enrique Smith. El de Kelly recurre a la cinta de la máquina de escribir, la que asume el tricolor de la bandera de la República española. En tanto que Katia y Enrique toman como elemento organizador del mensaje la pluma de ganso, símbolo histórico de las bellas letras. Ángel Alonso, por su parte, hace una interpretación más ajustada al sentido que Miguel le dio a los versos de su conocido poema (Vientos del pueblo me llevan, / vientos del pueblo me arrastran), al reiterar la figura del poeta, de cuerpo entero y en marcha, con el propósito de hacerla multitudinaria.


Para la realización de la exposición Che 80 se cursó invitación a más de 20 diseñadores gráficos cubanos. Según la convocatoria, en esta ocasión se “apostó por la imaginación y el tratamiento renovado y renovador de la imagen del Che”. Dicho en términos más llanos, se buscó airear su imagen, distanciarla de aquella que nos legó la paradigmática foto de Korda, y que desde entonces a la fecha había sido referente obligado de la más emblemática producción cartelística relacionada con el héroe de Santa Clara y Vallegrande. Este propósito, con igual o parecida pertinencia estética, vino a evidenciar la continuidad del icono, su aptitud dialógica para expresar y hasta explicar el presente desde el legado del ayer. En consecuencia, los mejores carteles fueron aquellos que se desmarcaron de la ya socorrida fotografía, para asumir el aniversario de su nacimiento desde juegos tipográficos, los cuales se codificaron en atención al número de la efeméride (ochenta) o a partir de sorprendentes textos, como el cartel No imagino un Che de 80 años, de Fabián Muñoz.

Las tres exposiciones de carteles comentadas solo aspiran a ser un recordatorio —muy breve, por cierto— de uno de los tantos cauces por los cuales se ha expresado el hacer del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau. Solo nos resta augurarle muchos años más, y darle el agradecimiento perenne por lo que ha representado como posibilidad.

Notas:
1. Víctor Casaus. Palabras al catálogo de la exposición Visiones de Pablo, La Habana, 2001.