Elogio a Pedro

No siempre se tiene presente —al menos, con la regularidad que supone el interés del dato— que la abstracción fue la tendencia de vanguardia de nuestras artes plásticas no solo en la década del 50 del pasado siglo, sino también durante el primer trienio del proceso revolucionario iniciado en enero de 1959. Aunque ya hacía más de 40 años que el pintor ruso Casimir Malevich había creado su tela Blanco sobre blanco, la presencia y vigencia alcanzadas por el arte abstracto a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, hizo de esta poética visual la preferente de los nuevos centros rectores del arte occidental, coincidiendo cronológicamente con el período de la Guerra Fría, de la que sería la llamada Crisis de los Misiles uno de los hechos históricos  cruciales.

Esto explica, quizá, por qué nuestros pintores abstractos fueron los más llamados a recibir el embate de cierta tendencia artística supuestamente, la única representativa de la nueva sociedad que recién empezaba a construir y defender nuestro pueblo. Las obras de arte, a veces se parecen más a su época que a sus autores. En consecuencia se les pedía a los artistas concebir  “una obra clara como la de nuestros constructores”. De ahí que nunca ha quedado claro a que constructores se referían, porque no me pasa por la mente que estos fueran los que construyeron Alamar. Pero, bien…  Nada porque inquietarse. Lenin admiraba más la poesía de Pushkin que la de Maiakosky; no siempre se puede ser revolucionario en todos los aspectos de la vida, porque faltaríamos a las ilimitadas posibilidades de elección que ella nos ofrece, de lo que es el arte un buen ejemplo. No obstante, tal posición excluyente, en alguna medida al socaire de la lucha de clases y la exacerbación de las pasiones que regía el día a día de la Cuba de entonces, tuvo el rechazo de lo mejor de la vanguardia artística e intelectual cubana identificada con el proceso revolucionario en marcha. Formada  en el gran arte de todos los tiempos y, por consiguiente, en el de las llamadas vanguardias de siglo XX, tuvo a bien mantener —no sin polémicas y obstáculos— una línea inclusiva en lo concerniente a las tendencias artísticas actuantes en el ámbito nacional e internacional. De ahí la benéfica influencia de la abstracción en la consecución de un nuevo cartel de cine cubano, así como de un númeroimportante de cubiertas de libros que marcaron un nuevo momento en el diseño gráfico relacionado con este medio. O que todavía en 1963 se inaugurara la exposición Expresionismo abstracto, generada por los remanentes del llamado Grupo Once, constituido diez años atrás, aun cuando marcaría el principio del fin de la etapa más representativa de la tendencia. Sin embargo, ello no significó en modo alguno que no se siguiera haciendo pintura abstracta, sino más bien esta contemporizó con otras tendencias venidas a airear el ámbito artístico nacional, como el pop art y el hiperrealismo, por solo citar dos de las más influyentes de la época.

 A diferencia de otros artistas abstractos emblemáticos —por ejemplo, Raúl Martínez—, Pedro de Oraá se ha mantenido fiel a la poética visual en la que se inició, cuando formó parte del grupo Diez Pintores Abstractos creado en 1958, quienes practicaban la abstracción geométrica al influjo de los presupuestos estéticos del neoplasticismo holandés.

Cincuenta y dos años más tarde, así lo corrobora el hecho de que se le haya otorgado a Pedro de Oraá, uno de los principales exponentes del arte abstracto cubano, el Premio Nacional de Artes Plásticas 2015. Sin obviar un aspecto que ha obrado a favor de este esperado reconocimiento, la buena salud física y mental del pintor, quien rebasa el promedio de vida concebido por la ciencia y el Ministerio de Salud al cubano de a pie, como es Pedro. (A manera de recordatorio, vive en Alamar.) A lo que hay que acotar que a diferencia de otros artistas abstractos emblemáticos —por ejemplo, Raúl Martínez—, Pedro de Oraá se ha mantenido fiel a la poética visual en la que se inició, cuando formó parte del grupo Diez Pintores Abstractos creado en 1958, quienes practicaban la abstracción geométrica al influjo de los presupuestos estéticos del neoplasticismo holandés, en particular, de dos de sus más representativos exponentes: Piet Mondrian y Theo Van Doresburg. Aunque  en honor a la verdad histórica, Raúl volvió a la abstracción al final de su existencia, como si hubiera querido concluir esta con las límpidas manchas con que la inició. Pero entre Raúl y Pedro hay un paralelismo que no podemos pasar por alto: ambos son notables exponentes de esa noble fusión que tantas buenas obras le ha reportado a la cultura visual cubana de todos los tiempos, me refiero a la doble condición de pintor y gráfico. Aspecto este último no menos importante cuando, en pleno siglo XXI, en ciertas circunstancias que no vienen al caso citar, no solo se aspira a levantar fronteras entre una y otra manifestación, sino hacerlo en la persona de un mismo creador. Lo que en el caso de Pedro se hace mucho más perturbador —no para él, sino para los que hacen tales diferenciaciones—, porque también es poeta.

En pleno siglo XXI, en ciertas circunstancias que no vienen al caso citar, no solo se aspira a levantar fronteras entre una y otra manifestación, sino hacerlo en la persona de un mismo creador.

Cuando hice el “Elogio de Pedro de Oraá” en la XII Feria Internacional de Libro de La Habana, en mi función de miembro del Jurado que le otorgó el Premio Nacional de Diseño del Libro 2011, argumenté a favor de esta condición “renacentista” —por llamarla de alguna forma— del galardonado. A la que tampoco es ajena, dicho sea al paso, un número de artistas, críticos de arte y hasta escritores que se expresan y destacan en otras manifestaciones que no son, precisamente, por las que se les tienen emplantillados en nuestros registros culturales. No sin cierta ironía y buen humor, Pedro me comentaba el otro día: “Si le preguntas a un escritor sobre mi obra poética, te dirá que soy un buen pintor. Y si le preguntas a un pintor, te dirá que soy buen poeta”. Yo respondería que ambos tienen la razón. Por supuesto, siempre y cuando no se tenga en cuenta tal grado de “especialización”, en tanto ley o tendencia que si bien hoy día rige para los hombres y mujeres dedicados a las ciencias, no obra de igual modo entre los que hacen el arte y la literatura de una nación.

Hasta hace poco, Pedro, con más de 60 años de vida artística activa, corría el riesgo de que su larga y variada trayectoria creadora quedara relegada a una suerte de tierra de nadie, a la espera de ser reconocida por uno de los tantos gremios a los que lícitamente responde como hombre de la cultura. En esta partida de ajedrez que es la vida, en la que se puede perder por una mala jugada o porque se acaba el tiempo de juego, por suerte, esta última y decisiva categoría le ha alcanzado a nuestro premiado para darle otro jaque al Rey. Ya lo hizo como diseñador gráfico con el antes citado premio; ahora, como pintor abstracto. Gracias, Pedro, por permitirme decir estas cosas de ti y de tu tiempo, que, en parte, es también el mío. Mi más sincera felicitación en nombre del Consejo Nacional de las Artes Plásticas, de la cultura cubana y de todos los aquí presentes. Ya era hora.

Palabras pronunciadas durante la entrega del Premio Nacional de Artes Plásticas a Pedro de Oraá, el 17 de noviembre de 2015 en el Museo Nacional de Bellas Artes.