Elena Burke en vivo
Foto: Archivo de La Jiribilla
 

No sé cómo se las arregló Jorge Rodríguez, uno de los más acuciosos investigadores de la discografía cubana, para reunir este rosario de evocadoras entregas de Elena Burke que acaba de poner en circulación la Egrem. O mejor dicho, sí lo sé: paciencia, olfato, devoción y sentido de la historia. Porque la mejor manera de tener ahora y para siempre a Elena es aproximándonos a su estado de gracia natural, ese que imantaba cada una de sus presentaciones en vivo, sin mediación alguna: ella, de pie, con su entonación convincente y rotunda.

Grabaciones imperfectas, quizá técnicamente reprochables, pero dotadas de un valor testimonial incuestionable, son estas que muestran a una cantante excepcional y carismática, “cuya voz descubre lo que hay en su interior”, tal como observó el Nobel colombiano Gabriel García Márquez.


 

Todo comenzó por Cayo Hueso, barriada habanera donde nació el 28 de febrero de 1928, rodeada de música por donde quiera: rumbas, sones, guitarras, cajones, victrolas y la radio prendida en las casas de la vecindad. A la niña Romana Elena Burgues le gustaban los tangos, pero a la jovencita que pasó de ser una promesa en la radioemisora CMC a una certeza en la Mil Diez, donde se convirtió en Elena Burke hacia la mitad de los años 40 y se benefició profesionalmente de la cercanía a los maestros Adolfo Guzmán, Enrique González Mántici e Isolina Carrillo, la de “Dos gardenias”, se le hacían fáciles los boleros y los meandros de la armonía.

Por eso fue que en aquella etapa, y por un buen tiempo después, devino pieza clave en los cuartetos vocales que transmutaban las canciones en obras de orfebrería: el de Orlando de la Rosa, el de Facundo Rivero y Las D’ Aida, fundado por Aida Diestro y en compañía de Moraima Secada y las hermanas Haydée y Omara Portuondo.

Las canciones de sinuosas melodías, armonías desafiantes y letras que se anticipaban a la lírica conversacional, creadas hacia la medianía del siglo pasado por compositores de espíritu renovador (José Antonio Méndez, César Portillo de la Luz, Tania Castellanos, Angelito Díaz, Ñico Rojas, Jorge Mazón, Marta Valdés, et. al.) parecían hechas para ella. De modo que su carrera como solista también estuvo marcada por el filin y, claro está, las canciones soneadas.

Forman parte de su leyenda el primer disco en solitario de 1957, con el sello Gema, y los que vinieron después  —la EGREM entre los 60 y los 80, en discos de pasta negra, lanzó  al menos seis producciones—, sus giras internacionales, sus privilegiadas irrupciones en programas estelares de la televisión.

Pero nada como aquel animal nocturno que a media luz, en lo clubes habaneros o de otras ciudades de la Isla, con una guitarra como respaldo —cómo no darle méritos a Froilán Amézaga, tantísimo tiempo a su lado, o a Juanito Martínez—, devorándonos con sus alegrías y tristezas, sus amores y quebrantos, sus atrevimientos y silencios.

Una Elena que no se repetía aunque volviera una y otra vez sobre una canción de Portillo o de Juan Formell, o de los nuevos trovadores —su favorito, Pablo Milanés—, o de la que siempre estuvo en su repertorio, Marta Valdés. Una Elena que trastocaba las nociones del tango para bolerearlo, como sucede en esa grabación de “Uno”, que le hubiera arrancado jirones al alma de su autor, el argentino Enrique Santos Discépolo. Una Elena que, de pronto, aún en los teatros, se las ingeniaba para que la platea pareciera la sala de una casa de fiesta y el público borrara las distancias. Una Elena cómplice en la intimidad y solidaria a la hora de ponerle algo de baile a las canciones.

Cuando partió el 9 de junio de 2002, el poeta Miguel Barnet escribió: Te quedaste con todo, / el libro y la memoria, / los paseos y la flor. / Pero yo tengo tus ojos / y de vez en cuando me miro / en ellos, tan tristes y huidizos / para que tú me lo devuelvas todo, / el libro y la memoria, / los paseos y la flor.

Imágenes sugerentes, metáforas poderosas para conjurar la ausencia, como también son las de este disco que justifica la vida que no escapa en la voz de Elena Burke.