El viejo Silvio

Sería difícil elegir la canción de Silvio Rodríguez que llevaría a la isla desierta, a ese lugar deshabitado iría si no tuviera otra opción. En realidad, quisiera compartir sus canciones, tal como ha sido desde que tengo uso de razón. En la infancia mi madre acompañaba al trovador y así aprendí algunos textos: “Ojalá”, “Te doy una canción”, “El papalote”, “El Mayor”, “Óleo de una mujer con sombrero”. Luego crecí, y “Causas y azares”, “Dónde pongo lo hallado”, “La maza” y “Sueño con serpientes” me aliviaron las noches en becas. Ahora, de vez en cuando, Silvio rasga su guitarra para mi dicha.


En Argentina. Foto: Cortesía de Fidel Díaz Castro


Es decir, sus canciones siempre me han acompañado, aunque no recuerdo haberle visto muy de cerca. Confieso que el Silvio preferido llegaba con Afrocuba, pero también gozaba cuando mis compañeros del ISA lo cantaban en las noches de Cubanacán. Nicolás no se perdía sus conciertos, Odette y Ludmila se sabían todas las letras. El Teatro Mella se repletaba de estudiantes de las escuelas de arte, cuando la otrora Danza Nacional de Cuba presentaba Con Silvio, una coreografía de Marianela Boán que utilizaba su música. El boletín de los estudiantes de teatro le tomó prestado el nombre, La maza quería desbrozar los caminos al pensamiento joven.

Luego supe de innumerables anécdotas sobre el hombre y parte de su leyenda. De las noches en Coppelia, de Playa Girón, de sus presentaciones en Casa de las Américas, de su amistad con Pablo Milanés, del recibimiento que los argentinos le tributaron en los 80, de cuando cantó en Santiago de Chile después de la dictadura, de sus malos humores, de las lecturas que hacía.

Alguna que otra vez sus versos han sido inspiración en textos que escribí para hablar de asuntos humanos. Por eso respondí la encuesta de la BBC y formé parte de los lectores que consideran que Silvio merece el Nobel de Literatura.

La noticia más impactante del día de la cultura nacional fue la presencia de  Silvio compartiendo con los que sufren. Su gesto noble de desandar los barrios habaneros por los rincones más periféricos, debería ser lección para tantos empeñados en ostentar riquezas materiales.

Cuando algunos satanizan las redes sociales, el viejo Silvio convoca a una Segunda cita donde comunica, de forma expresa, sus criterios sobre múltiples asuntos de este mundo nuestro. Su manera honesta y valiente de respetar el criterio del otro; los modos de defender el suyo con argumentos, sin denostar ni insultar, como parece es moda en estos días, son otras de sus lecciones. Él, como Elpidio Valdés, “no cree en nadie a la hora de buscar la libertad”. Podría decir muchas cosas sobre la obra de Silvio Rodríguez, pero prefiero escuchar sus canciones. Me pregunto qué le puedo objetar a una noche estrellada.