El videoclip puede ser arte… o no

Si los realizadores de televisión cobraran por hacer una telenovela lo mismo (comparativamente) que cobra un realizador audiovisual por hacer un videoclip, otro gallo cantaría.

Hay que salvar las distancias, claro. No suele bastar el talento para hacer una buena telenovela: hace falta un sólido y funcional esquema de producción y una buena historia.

Eso también es válido para el videoclip, pero es más factible conseguirlo: tres minutos no son lo mismo que cien capítulos de media hora.


Fotograma del clip Para que un día vuelvas.


Y aquí volvemos al principio: es más factible porque hay más dinero. Por eso los mejores realizadores cubanos hacen videoclips y muy pocos de ellos se aventuran a hacer televisión.

(Sería bueno que acabáramos —acabaran— de darse cuenta de que hay que poner más recursos en la televisión, en nuestra televisión, sobre todo en los tiempos que corren… pero ese no es el tema de este comentario).

La lógica mercantil que sostiene al videoclip —incluso en Cuba, con tantas peculiaridades dentro del concierto latinoamericano— es como una cuchilla de doble filo: de un lado estimula la creación, de otro la estandariza.

No hay moldes más fuertes que los del mercado. Suele ser incluso más determinante que las consideraciones políticas.

Lo que excluye el mercado sencillamente no existe para mucha gente. Así de simple.

Lamentablemente, la manera de jerarquizar, promover y establecer “productos rentables” no coincide siempre con las auténticas jerarquías artísticas y estéticas.

(Por supuesto que a estas alturas el mercado influye también en la concreción de muchas propuestas indiscutiblemente artísticas, pero ese tampoco es el tema de este comentario).

Ahí está el debate: ¿hasta qué punto el video clip es una auténtica expresión artística?


Buena fe y Havana Queens en Se bota a matar.


Primero convendría establecer que, en todo caso, no tendría por qué serlo. Un videoclip tendría que ser, primero que todo, funcional, pues eso es lo que se espera de esa manifestación: es un vehículo, un instrumento de promoción.

Puede ser mucho más, claro: puede ser una incuestionable obra de arte. Pero antes tiene que “funcionar”. No le pedimos eso a un videoarte, por ejemplo.

Un videoclip tendría que ser, primero que todo, funcional, pues eso es lo que se espera de esa manifestación: es un vehículo, un instrumento de promoción.

Salvada esa circunstancia, queda todavía otra cuestión: ¿a qué “producto” le hacemos un videoclip?

La contundencia estética o conceptual del “objeto” no suele definir la calidad del videoclip… es que ni siquiera garantiza la realización misma del video.

Hay excelentes videoclips de pésimas propuestas musicales. Y viceversa.

Es más, podría decirse que cualquiera que cuente con los recursos suficientes puede mandarse “a hacer” un videoclip.

Los que definen, en última instancia, son los entes reguladores del mercado: las casas discográficas, los medios de comunicación, los mecanismos comerciales, los circuitos de presentaciones…

Pero incluso en los tiempos que corren, esos entes más o menos convencionales pierden terreno.

En Cuba ha sucedido: videos que nunca o casi nunca han aparecido en la televisión o que no integran el catálogo de las disqueras, han llegado a ser auténticos fenómenos de público.

Y a estas alturas algunos creadores de valía todavía no han hecho un videoclip.

Confiar ciegamente en los altibajos y los intereses cambiantes del mercado sería demasiado reduccionista e injusto.

En Cuba ha sucedido: videos que nunca o casi nunca han aparecido en la televisión o que no integran el catálogo de las disqueras, han llegado a ser auténticos fenómenos de público.

Está claro que las instituciones de la cultura intervienen aquí más que en otros países en los procesos de creación y promoción del videoclip, pero todavía tienen mucho que hacer.

Hay que abrir mucho más el espectro, hay que ofrecerles más posibilidades concretas a determinados músicos y agrupaciones, hay que estimular la experimentación y el buen hacer.

No se trata de prohibir a algunos para que los otros brillen más. Las políticas represivas (incluso las que parten de supuestas buenas intenciones) no son pragmáticas (en estos años) ni éticas (en ningún momento).

La respuesta a la mediocridad tiene que ser la calidad.

Todo lo que tiene calidad encuentra su público. Y hay que proteger al público que busca la calidad.

Hemos sido testigos en los últimos años del gran salto cualitativo y cuantitativo del videoclip cubano. Toca ahora establecer efectivas maneras de promover los mejores. Y que los mejores promuevan a su vez a los mejores.