El trampantojo, la literatura cubana y los premios literarios (II y final)

Toda institución que auspicie un Premio debe velar, fieramente, por salvaguardar la feliz y sana congruencia de las tres partes que conforman un Jurado. Y ello debe ser así con el objetivo, sacrosanto, de salvaguardar el objeto social de ese Jurado: premiar… lo mejor. Si el Jurado es la sumatoria de tres, tal sumatoria debe facilitar la summa funcionalidad de esos tres. No entorpecerla. La Institución auspiciante debe velar por el saludable funcionamiento del Jurado del que se ha hecho, elección mediante, solidariamente responsable. Un miembro destacado y, a esos efectos, apto, de la Institución de la que se trate, debe velar por ello, sin derecho a voto, mas con todo derecho —y todo deber— a mediación, pensamiento, voz, debida atención, coordinación, solución de entuertos, actuación como moderador o facilitador en debates o resolución de conflictos, caso los haya.


La Institución auspiciante debe velar por el saludable funcionamiento del Jurado. Foto:Tomado de Internet.


Una Editorial no puede, por ejemplo, asumir la magna presentación de una obra a la que se ha adjudicado el Premio Alejo Carpentier, desde la lectura del muchas veces doblado y reducido folio que, a la vista de todos, ha extraído antes su representante de un bolsillo, reducido folio cuya lectura no toma más de tres minutos. Y no puede hacerlo porque ¡está presentando la obra que ha sido acreedora del principal Premio literario que se otorga en Cuba anualmente por parte de las editoriales cubanas! No caben al respecto displicencias. Semejante displicencia, infortunadamente, puede dotar a no pocos maldicientes del desmoralizante combustible en función del ubicuo cotilleo, ese que a todos los vientos intentará esparcir que el magno Premio se ha tomado por las Instituciones auspiciantes muy a la ligera. Y ello, estoy seguro, no responde a la verdad ni a la voluntad manifiesta de Institución alguna.

Voy a aludir a un hecho muy conocido. En nuestra crítica actual el colega A publica una obra para que el colega B —que es su amigo— elogie esa obra. Eso, desde luego, recibe más tarde su muy sana retribución: cuando el colega B, en su momento, publique una obra, el colega A, agradecido, se dedicará a elogiarla. Si colega A y colega B resultaran —infelizmente— enemigos, ah, pues ya se sabe, las diatribas mutuas no se harán esperar. Y todos “disfrutaremos” el show que, reconozcamos, será penoso. O lo que es igual: nos criticamos (elogiamos) nosotros mismos. Infortunadamente, no pocas veces, a eso se reduce nuestra crítica.

En lo que respecta a los Premios, siempre me ha resultado enervante que los Jurados que premian (literatura de ficción) estén conformados en un 100% solo por escritores (de ficción): los cuentistas premian cuentistas, los novelistas premian novelistas, los ensayistas premian ensayistas, los poetas premian poetas. O lo que es igual: nosotros mismos nos premiamos unos a otros. A menudo, al conocer quienes conforman un Jurado, conociendo sus más notorias filias y sus más endemoniadas fobias, sabemos, intuimos, trasmutados en modernos Nostradamus, quiénes tendrán las más altas, notorias y endemoniadas probabilidades de ganar ese Premio. No basta con que los Premios, entre sus bases, exijan seudónimo. No. Los autores, casi todos, nos conocemos. Muchos somos amigos. Muchos leemos el manuscrito de otros. Conocemos cuanto escribe el otro. Conocemos estilos y temas. Y, en no pocos casos, las obras no publicadas de la autoría de esos colegas, esas que envían a Premios, las hemos leído, ¡antes de que hayan sido enviadas a esos Premios! Resulta muy común, además, que nuestros colegas más cercanos conozcan que hemos sido convocados a conformar Jurados. Y resulta muy común que miembros de esos Jurados tengan, entre los libros a evaluar, libros de algunos / varios / muchos de sus amigos. Y… de sus enemigos. Ello, convendrán, puede resultar algo... negativo.

Muchos se dedican a conformar algo que, en teoría de análisis de riesgo, se denomina Link Chart, diagramas de vínculo, esquemas que vinculan de un lado a los Jurados, del otro a los premiados, en función de... decodificar causales. Si la Victimología, en Criminalística, estudia las causales que han llevado a una víctima a serlo a partir de la relación Víctima / Victimario, la Premiología estudia las causales de un Premio ¡a partir de la relación Premiado / Jurado! Y toda presunta descubierta relación provoca, una vez entregados los Premios, no poca desidia de pasillo. No poco cotilleo. No poco escándalo. Eso juega a desacreditar a los Premios. Juega a desacreditar a las Instituciones que los auspician. Juega a desacreditar a los Jurados establecidos por esas Instituciones. Y ese “juego” es desmoralizante. ¿Quién no sabe esto? Esto lo sabe hasta Cuco, el pobre anciano afectado de Alzheimer que malvive encima de mi casa.

Recientemente tuvo lugar una Jornada Nacional de Narrativa en la UNEAC. Asombró la no asistencia de representante alguno de la Academia y de representante alguno de la Crítica. De la prensa… ni hablar. De Editoriales tampoco. Instituciones… relumbraban por la ausencia. Allí estábamos… ¡otra vez!, solo nosotros mismos. Unos pocos. ¿Por qué Academia y Crítica se (auto)destierran o desentienden del proceso? Resulta inconcebible y absurdo eso. Lamentable. Muy negativo para la Literatura cubana. Para su salud. Para aquellos que la amamos y la ejercemos. Es decir, nos premiamos, nos criticamos (elogiamos) y nos reunimos para debate solo nosotros. Ah, demonios, ¡qué solipsismo! Analicemos: ¿un Jurado conformado por un escritor de ficción, un miembro destacado de la Academia y un crítico no resultaría mucho más saludable, mucho más plural, mucho más inclusivo, mucho más dotado, mucho más heterogéneo, mucho más versátil, mucho más profundo, menos sujeto a amigofilias y enemigofobias, a seguir tendencias estilísticas o temáticas al uso, que un Jurado conformado —únicamente— por escritores de ficción? Digo yo. Barrunto. Al menos para los Premios principales del patio. Imagínese un Jurado conformado por Mayerín Bello, Emmanuel Tornés y Emerio Medina. Semejante Jurado estaría a la altura del más categorizado de nuestros Premios. De todos. Con semejante Jurado, presumo, la mayoría (creo) descansaría en literaria y candorosa paz, confiados en su sano juicio y preclara sapiencia. Semejante Jurado no emularía con Dios, no, eso nunca, pero puede que hasta Dios (perdóneseme la blasfemia) muestre algo de confianza si a tal Jurado decidiera someter su manuscrito. Y con ello, muy saludablemente, se vincularían Academia y Crítica a la Literatura cubana actual, se vincularían al proceso de conformación de canon, ese proceso que desde los Premios lleva cada año a la cumbre (momentánea) de la Literatura cubana, a un grupo —muy reducido— de obras. A mi modo de ver, ello deviene hoy necesidad imperiosa.


Los Premios Calendario, de la Asociación Hermanos Saíz, fueron nuestro tema de discusión hace apenas 2 meses.

 

Regresemos sobre la no infalibilidad de cualquier Jurado. Que una obra OBTENGA el Premio que concede un Jurado, cualquiera sea ese Premio, cualquiera sea ese Jurado, no significa que esa obra sea meritoria. Significa ¡SOLO! que ese Jurado lo creyó así. Que una obra NO OBTENGA ese Premio no significa que esa obra no sea meritoria. Significa ¡SOLO! que ese Jurado lo creyó así. Que uno, dos o tres Jurados, la cantidad de Jurados que a bien se tenga, crean que uno, dos o tres Premios DEBAN QUEDAR DESIERTOS no significa que en la Literatura cubana la calidad haya ido a pique, desaparecido, menguado o decrecido. No. Nada de eso, my God. Menos aún significa que una crisis cualitativa se haya instalado —escolásticamente y por generación espontánea— en tan solo un año o dos. No. Entre otras condicionantes, muchas, porque ¡las crisis no se instalan en un año o dos! Significa ¡SOLO! que un Jurado, o dos o tres, o los que sean, no importa el número, lo han considerado así. Y los Jurados, afortunadamente, no son Dioses. No son entes galácticos infalibles. No son entelequias supraliterarias. No son genios armados de lámparas. No son dictadores literarios. Nada de eso. Por suerte. El fallo de uno, dos, tres Jurados, los que sean, no puede certificar o vaticinar o avalar la excelencia o mediocridad de una obra. No puede certificar o avalar la (supuesta) crisis de la literatura cubana. Ni de Literatura alguna. Tampoco, desde luego, su preeminencia. Un Jurado (o dos, o tres, o todos los Jurados de la Galaxia) no hace la Literatura. Por suerte. Agradezcamos eso. La Literatura no es los Jurados. Vaya hipóstasis esa. ¡La Literatura son las obras! ¿Qué Jurado premió y encumbró y canonizó a Dante, a Shakespeare, a Goethe, a Cervantes? La Literatura son los libros que se escriben, no los Jurados que evalúan algunos, unos pocos, una mínima porción de esos libros. El Jurado / Premio es lo Subjetivo. La obra lo Objetivo. Charles Agustín de Sainte-Beuve desvarió contra Balzac, Baudelaire y Stendhal; encumbró, en cambio, a algunos otros de los que hoy no sabemos ni la mera U. Y la mayoría hoy no sabe ni la mera U del mismo Sainte-Beuve. La posteridad (no pocas veces) le ha sacado —dignamente— la lengua a los Jurados, permítaseme el pudor de no citar cuántas veces ello ha ocurrido, ¡y cuan penosas han resultado algunas de esas veces!, incluso, sonrojo mediante, para la propia Literatura cubana. ¿Cuántas veces en los últimos años se ha otorgado un Premio y alabado la obra a la que se le ha conferido, para, una vez publicada la laureada obra, la opinión generalizada en el gremio se eleve negativa, y tome cauce la más aguda mordacidad, ¡en turbión!, y emerjan —¡también en turbión!— toda una jauría de cotilleos, comentarios, e-mails, opiniones, chats, conversaciones, diagramas de flujo, burlas y malsanas elucubraciones? Ello, desde luego, no solo demerita a los Premios, o a los Jurados, o a las Instituciones auspiciantes, sino que, desde luego, ejerce su influjo ¨demeritorio¨ —he ahí lo peor, lo más terrible— sobre la Literatura cubana. Al menos lo intenta. Lo intenta porque a la Literatura cubana, ni a Literatura alguna, la demeritan los malos Premios. Ni los Jurados. Ni las Instituciones. Es trinidad que se olvida. Por fortuna. Y se olvida porque ¡Premios y Jurados se los inventamos a la realidad! ¡La realidad es la obra! ¡Y la obra, si fue valedera, quedará! Más allá de los Jurados. O a pesar de ellos. Más allá de los Premios. O a pesar de ellos. Más allá de las Instituciones. O a pesar de ellas. Y si la obra no fue valedera…, si al Premio fue aupada por el juicio errado de un Jurado, pues permanecerá un vano y banal tiempecillo ahí, mera prueba del error humano, cata del impenitente dislate de tres, tiempecillo en el que devendrá indócil pasto del no menos indócil escarnio. Continuos errores de Jurados pueden conspirar para echar a pique a la Literatura. A la cubana y a todas. Ni siquiera un inmerecido Nobel. Conspirar. No pueden echarla a pique. ¿Por qué no pueden echarla a pique aunque, es cierto, jueguen a intentar ladearla, momentáneamente? Porque ya lo dije: ¡la Literatura no son los Jurados! Ni los Premios. Ni las Instituciones. Son las obras. Y el juicio del Tiempo, ese gnomo que según Azorín juega a los dados, deviene gran reparador. Porque ese ente barbado, el tiempo, está a prueba de Jurados, de Premios y de Instituciones. Los escritores han escrito, escriben y escribirán con esa Trinidad, sin ella, o… a pesar de ella. Si esa Trinidad no existiera —su existencia, dicho sea de paso, es muy reciente—, los escritores escribirían lo mismo. Si existieran mas no cumplieran, o cumplieran a medias o mal, su objeto social, los escritores escribirían lo mismo. Y un día, no importa cuando, se conocerían las obras. Sic Semper. El juicio del duendecillo Tiempo es, ese sí, como Dios, Jurado y Premio infalible. Al menos quien esto escribe, que descree absolutamente de Dioses y de infalibilidades, toma al Tiempo como juicio, digamos, algo más confiable. Mas convengamos… si la susodicha Trinidad existe, y de manera óptima cumple su objeto social, la Literatura lo agradece.

Conclusión 5: La conformación de las partes de todo Jurado resulta vital. Repensar toda la dinámica que rige al día de hoy la conformación y actuación de los Jurados y la relación Jurados / Premios / Instituciones resulta impostergable y muy necesario en función de la salvaguarda de la Literatura cubana.

 

Parte III: No basta señalar crisis: ¡busquemos soluciones!

 

He tratado de decir lo que pienso sin ánimos de zaherir, respeto a colegas e Instituciones, con el mejor de los objetivos: contribuir a la solución, al menos al debate (convengamos que no pocas soluciones pueden depender, en parte o en mucho, de elementos de corte financiero y/o presupuestario, elementos que, al día de hoy, por motivos de fuerza mayor, no se avizoran) de lo que muchos identificamos como contencioso sujeto a solución. Los males no se limitan solo a la Premiología. Debemos mirar a las Debilidades que nos lastran; las Amenazas que desde el entorno nos llegan; las Fortalezas de las que disfrutamos y las Oportunidades que, en ese mismo entorno, existen y pueden ser aprovechadas.

Desde mi personal visión, unos cinco puntos se imponen como vías impostergables, a saber:

1. Debe trabajarse en función de lograr derechos de autor que reintegren el anhelo de los autores a publicar y garanticen el pan y el trabajo de esos autores. Ese pan que logran dignamente otros admirados artistas, léase, por ejemplo, músicos, cantantes, bailarines y artistas plásticos. Si estos se autofinancian con las ganancias que generan, urge para los escritores hallar vías alternativas: becas, pasantías, apoyo de Universidades, instituciones culturales y/o literarias extranjeras y nacionales. Un salsero o un cantante generan ganancias con las actuaciones en un centro nocturno cada noche. Un pintor vendiendo un lienzo. ¿Cómo lo logra un escritor? ¿Será mejor dedicarnos a cantar o a embadurnar lienzos? Resulta en extremo dudoso que en mitad de la situación actual nuestras Editoriales alcancen a contar con mayor capital para pagar derechos de autor algo menos paupérrimos. La música salsa se cotiza. La Literatura no. Nadie posee lámparas maravillosas ni genios servidores, pero todos, estoy seguro, deseamos hallar vías alternativas. Eso si no deseamos llegar a ser, ¡muy pronto!, una nación de felizmente prósperos salseros y tristemente empobrecidos escritores. Cuba es hoy trending topic en el mundo. Quizá pueda aprovecharse eso.


Emerio Medina, uno de nuestros escritores más premiados, escribe y publica desde su natal Holguín, al oriente norte de Cuba.


2. Debe multiplicarse empeños en aras de suprimir el aura mortuoria que hoy rodea, cuantitativa y cualitativamente, a nuestros Premios literarios. Urge lograr vías alternativas en función de detener el franco proceso de desaparición de Premios y la malsana desnutrición de sus bolsas. Algún Premio en su dotación solía incluir computadoras, artilugio elemental para cualquier escritor, artilugio que, dado el precio, no está hoy ni por asomo al alcance del bolsillo de un escritor. Si bien la computadora no es parte de la necesaria “canasta básica”, ni aporta la pronta posibilidad de adquirir bienes o reparar las dañadas viviendas, sin ellas resulta endemoniadamente difícil escribir. La PC significa, más allá de escribir, la posibilidad de contar con un volumen no desdeñable de información. No voy a referirme a la necesaria Internet, imprescindible en esta aldea global en la que ha devenido el mundo; sería extender, todavía más, este ya extenso texto. Otros de seguro lo harán. No hay tragedia mayor para un escritor que aquella en la que la pobre y (multi)reparada PC que posee, un día cualquiera, decide abandonar la vida. Entidades nacionales importadoras las importan, al por mayor, desde Panamá y China. Importadas así los precios son muy inferiores. Lograr que algún Premio las incluya podría ser una variante. Se trataría ¡de unas pocas PC en el año! Muy pocas. No imagino que pueda ser difícil de lograr. En todo el mundo el sector privado actúa como patrocinador de Premios literarios, mecenas de las Artes, contribuyendo, en todo o en parte, con el aporte monetario de sus bolsas. Ello puede intentarse -institucionalmente- con algunas de las empresas mixtas y extranjeras que operan en Cuba. En España, por ejemplo, es algo común. ¿Por qué habría de rechazarse absolutamente acá? Ello no significaría privatizar la cultura. Puede hallarse la manera, por ejemplo, de que el premiado —y un acompañante— disfruten de solaz esparcimiento, digamos, tres días —free cost— en un anhelado y prohibitivo Hotel ubicado en alguno de nuestros excelentes polos turísticos. Siguiendo la óptica del sector privado como patrocinador de Premios, téngase en cuenta que poderosas Entidades extranjeras regentan hoteles en Cuba. El autor premiado, todo el gremio, digo yo, agradecería esto. Las entidades, creo, estarían orgullosas de tener entre sus clientes, y agasajar, a un reconocido escritor cubano.

Si bien salseros, cantantes y pintores, con las ganancias obtenidas —muy dignamente— a partir de su trabajo, pueden disfrutar comúnmente de tales sitios, los escritores lo hacemos solo en nuestros más dilectos y utópicos sueños. Organismos nacionales, por demás, regentan también cadenas hoteleras. Tal vez tales Organismos se sientan orgullosos del apoyo a prestar a la Literatura cubana. El impacto que ello tendría sería mucho mayor al gasto en que se incurriría. Ni puede ser tan difícil de lograr, ni provocaría pérdidas enormes a la economía nacional. ¿No se desea patrocinar cierto turismo cultural? No puede entenderse por cultura, únicamente, al son, las maracas, la música salsa, el baile o la rumba. La Literatura, vaticino, también conforma la cultura de una nación. Y no poco. Eso… en cuanto se refiere al sector empresarial. Hablemos del privado. ¿Qué podría mover al dueño de un restaurante famoso de La Habana, esos en los que cenan —celebérrimamente— Presidentes extranjeros, en función de ofrecerse como patrocinador de Premios literarios? Y, por otra parte, ¿es esto legal hoy en Cuba? No vale pecar de ingenuos: las contribuciones deben ser a las Instituciones que organizan esos premios, jamás directamente a los premiados. Ello aseguraría colocarse a salvo del principio que reza “quien paga manda”, a salvo del enorme peligro según el cual aquellos que ofrezcan algún patrocinio comiencen a determinar qué se premia o a quienes se premia. Recibir patrocinios, institucionalmente y sin el menor de los condicionamientos, creo, estaría muy lejos de resultar un amago de la impensable privatización de la Cultura.

3. Debe trabajarse duramente para que Crítica, Academia, Prensa e Instituciones laboren, de conjunto con los autores, en función de la Literatura cubana, especialmente en cuanto se refiere a Crítica y Academia. Ni la Crítica puede continuar difunta y enterrada ni la Academia alejada y difusa. Y esto no puede lograrse por decreto; puede que algunas aristas impacten en lo Institucional, otras en lo individual. En mi opinión bulle, en mucho, el recelo entre unos y otros. Relegar termina auto relegando. Para algunos colegas la Academia solo habla de María, la romántica obra de Jorge Isaacs; anti poesía; trascendentalismo, y… queda ahí, anclada; según el parecer de esos colegas, a la Academia no le interesa el panorama de la Literatura cubana actual, o centrados en el pasado, desconocen los nuevos caminos por los que se mueve (la nuestra y la mundial), o está excesivamente centrada en purismos estilísticos. Me disculpan esos colegas, puedo pecar de ingenuo, no tengo amigos en la Academia, mas no creo que eso sea cierto. No puede ser así. Y, en cuanto a los purismos estilísticos, en mi opinión, mucho favor se haría con ello a la Literatura cubana actual, en especial, a la escrita por los jóvenes. La Literatura cubana necesita de la Academia, y la Academia necesita de la Literatura cubana.

4. Debe rescatarse / fortalecerse el modus operandi de los Jurados (y las entidades premioauspiciantes) desde un modo de actuar (léase idoneidad, profesionalidad y summa justicia de fallos) que al prestigio de Jurados e Instituciones redunden.

5. Debe llamarse a urgente e impostergable debate de todos (UNEAC, ICL, Editoriales, MINCULT, autores), en aras de hallar soluciones consensuadas en respuesta a cuanto contencioso asome el feo rostro. Se impone ser proactivos. En el mundo moderno esto es una exigencia vital. En nuestro entorno, no pocas veces, desconocemos siquiera si ante un hecho se reacciona a posteriori. Nada se explica. En consecuencia, ni siquiera parecemos ser reactivos. Se ignora si se reconoce la existencia de un problema que todos o la mayoría identificamos como problema. Si se le trata como a un problema. Si se trabaja —y cómo— para impedir que se repita o se prolongue en el tiempo. Las Instituciones deben actuar de manera proactiva, mancomunada, sistémica, transparente, cooperativa, en mutua consulta, algo normal entre entidades que conforman un mismo esquema ministerial. Ignorar problemas no es hacerlos desaparecer: es la manera óptima de eternizarlos. Tratar problemas de todos excluyendo a esos todos nunca redunda en interés de todos. Tratarlos aislados, de manera departamental, tampoco. Los enfoques en el mundo de hoy deben ser proactivos y holísticos. Y el cotilleo, admitámoslo, ¡por Dios!, resulta harto desmoralizante. Lo moralizante y adecuado resulta promover que se debata ¡con la participación de todos!, con la debida civilidad y la justa democracia, en aras de lograr, y hacer públicas, las medidas posibles destinadas a atajar cualquier contencioso. Las Instituciones no existen para sí, ¡existen para todos! Si todos, o la mayoría, estamos felices con ellas, pues ese resulta el mejor indicador. Si todos, o la mayoría, no estamos precisamente felices con ellas, pues van mal. Y ello es así aunque cumplan el clásico Plan. Porque el mejor Plan a cumplir debe ser actuar, de manera transparente y rápida, solucionando o minimizando cuanto problema asome en favor de todos y rindiendo cuenta ante esos todos. El cubano bulle de creatividad, y ello puede suplir, en mucho, la inexistencia de un presupuesto abultado. Eso, al menos, hemos aprendido en las últimas décadas.  

 

Parte final

 

Mordaces comentarios, corrillos, intervenciones, correos electrónicos, conversaciones de pasillo, debates post premiaciones o en mitad de ellas, hasta hoy, repito, no han resuelto algo. Y no creo que resuelvan. Devienen barómetro de la situación, sí, tradicional y consuetudinariamente ignorado. Abandonemos el ejercicio único de la sana (e insana) catarsis y pasemos a la siempre todavía más sana terapia. Identifiquemos a la bestezuela. Facilitemos el logro de la jaula. No tenemos derecho a ejercer alguno de los tres síndromes acá mencionados. No tenemos derecho a actuar como Cándido porque no somos nada cándidos. No tenemos derecho a actuar como el personaje de Camus porque los cubanos carecemos de esa impasibilidad a lomo de los humores de nuestra sangre. No tenemos derecho a actuar como el avestruz ¡porque no somos avestruces! Y no tenemos derecho a ejercer esa trilogía porque ¡se trata de la Literatura cubana! ¡No se trata de nosotros! Eso sería baladí. ¡Se trata de Ella! A todos nos asiste el derecho a decir lo que pensamos. Porque la Literatura cubana no pertenece a las Instituciones. No pertenece a los Jurados. No pertenece a los Premios. No pertenece siquiera a los autores. La Literatura cubana no tiene dueño. ¡Es de todos!


El Premio como tema literario ha ocupado a más de un notable autor. Imagen: Internet


Nunca antes se escribió tanto en Cuba. Nunca antes hubo tantos seres afanados en el arte de escribir o deseando hacerlo. Algún grado de crisis existe, sin embargo. Y puede profundizarse. Eso es lo peor. Debe asumirse que la Literatura no es una entelequia. Está conformada por escritores. Los escritores la hacen. Es dudoso que la Literatura pueda ir bien si los escritores no van bien [2]. Algo ha de hacerse al respecto. Por poco que se haga se habrá hecho algo. Porque, repito, se trata de la Literatura cubana [3].  He tratado de enumerar causas y condiciones. Incluso, de proponer posibles soluciones. Desde mi humilde opinión. Desde mi subjetiva verdad. Puedo haber olvidado problemas. Puedo haber errado en muchos. Otros puedo no conocerlos. Habrá colegas, espero, que dirán lo suyo. No faltó alguno al que cuando le expusiera cuanto proyectaba escribir alzara los hombros y dijera: “pierdes el tiempo, nada se resolverá”. Sostener que existen crisis no basta. Negarlas a contra viento y marea contribuye a que precisamente el viento y las mareas tomen el timón. Decir que la crisis se concentra solo en lo que respecta a Premios errados es tomar la diminuta parte y obviar el inmenso todo. Nuestra responsabilidad es actuar sobre las causas y condiciones. Y suprimirlas. O minimizarlas. O intentar hacerlo. Intentar es la primera fase de lograr. Amurallarse para no ver esas crisis, empecinarse en no nombrarlas, profesar la creencia de que se resolverán por generación espontánea, sectorizarlas, ignorarlas, o autocensurarse y quedar callados para no incordiar, solo puede llevarnos a las peores consecuencias. Y esas peores consecuencias serán ¡para la Literatura cubana!

La mordacidad es huérfana, anósmica y de vientre seco. La palabra no. Tiene padres, hijos y hasta nombre. El nombre de todos. Si no se le estigmatiza, si no se le ignora o resulta prescrita / proscrita, si no se le revierte por conminados refutadores de ocasión... confío en su poder genésico. Sanador. Revolucionario. Terapéutico. Y aportador de jaulas. Con inteligencia, tesón, esfuerzo —y algo de novedosa innovación— debe aparecer alguna. Al menos… eso creo. Hasta hoy. Si bien la mayoría de las ideas acá expuestas puedan ser destinadas al adminiculo de yute con el clásico orificio al fondo, tal vez alguna no lo sea. Si de tal suerte ello ocurriera, poco importaría entonces, porque la Literatura cubana habrá ganado. Y una mera porción que gane esa dama etérea y maravillosa lo agradecerá. Lo agradecerá ella y, muy especialmente, lo agradeceremos todos, sus abnegados sirvientes. La Literatura cubana, huelga decirlo, no se ha ido a pique en estos últimos años. Y no se irá a pique jamás. Al menos no desde lo que se infiera a partir de los dictados (siempre falibles) de no importa cuántos (siempre falibles) Jurados. Y no se irá a pique porque la Literatura cubana ha sido, es, y será siempre, in sæcula sæculorum, patrimonio sagrado (y consagrado) de todos. Todos estamos orgullosos de ella. Y todos, ¡todos!, sabremos cuidarla. Siempre.

 

Notas:
 
  1. Les animo a leer el Manual del Perfecto Jurado, esbozado por Gina Picard, texto que, sin sorna, deberíamos hacer pender de una pared cuando ejerzamos como tales. http://decalogosliterarios.blogspot.com/search/label/Gina%20Picart.
  2. Reconozcámoslo: no pocos excelentes escritores no solo viven en condiciones en las que la cotidianidad se les hace en extremo engorrosa, a ellos y a los suyos, sino que de tal suerte apenas logran escribir. En un entorno en el que resulta normal que un salsero adquiera un lujoso automóvil y un pintor o cantante sea dueño de un restaurante de lujo, adquirido todo ello con su muy digno y respetable trabajo, un escritor puede correr el riesgo de que el precario techo de la pobre ciudadela en la que malvive -con su familia- se les abalance una noche y… RIP. He escuchado que algunos han debido recibir una modesta -pero muy necesaria- ayuda oficial. ¿Aconsejaremos a esos escritores que incurran en la música salsa, canten a dúo o deriven hacía óleos y lienzos? Muy pocos escritores, entre los que conozco, desean poseer restaurantes. Desean, eso sí, tal vez unas dos veces por año, cenar en ellos. Si bien pintores, cantantes y salseros dedican todo el día a su arte, arte que les confiere el pan, los escritores deben sudar un trabajo diurno, no literario, de no menor paupérrimo salario, para intentar incurrir en la Literatura a la noche o a la madrugada. Cierto, no es nuevo: así escribió Franz Kafka sus obras. Y muchos otros. 
  3. Precisamente en ese contexto, el Jurado del más importante de nuestros Premios literarios, uno de los pocos que en CUC sobrevive, convocado anualmente por las Editoriales cubanas para libro de cuento, ese al que envían sus obras cada año los más connotados narradores cubanos, incurre en dejar ese Premio desierto. Todo Jurado, repito, tiene todas las prerrogativas para considerar desierto un Premio. Especialmente, si no asoma la calidad que tal Premio demanda. El cuento, al día de hoy en Cuba, presenta mayor auge que nunca. Y destacados narradores. Entre más de una veintena de obras no pocos de esos narradores insistieron en enviar sus textos a esta edición. Para mayor absurdo, en este caso el Jurado llegó, incluso, ¡a contar con obras finalistas! Resulta difícil creer que alguna de esas obras no detentara la debida calidad. De lo anterior, tristemente, se infiere que… no solo nos criticamos (elogiamos) nosotros mismos, nos premiamos nosotros mismos, nos reunimos nosotros mismos, sino que, ¡también! nos despojamos, nosotros mismos, con fría indiferencia, de los pocos premios que subsisten. ¿Nos asistirá la vocación de sádicos? ¿O tal vez hemos devenido masoquistas? En cualquier caso, sospecho, ni el clásico Marqués ni el romántico Sacher Masoh deambulan hoy entre nosotros. Entre nosotros, me temo, se agita el fantasma grotesco de las 50 sombras.