El trampantojo, la literatura cubana y los premios literarios

Ganar un premio no significa nada.

Mo Yan.

Premio Nobel de Literatura.

 

Es muy importante decir lo que se piensa. Desde la escuela se nos hace leer esa frase martiana: “un hombre que no dice lo que piensa no es un hombre honrado”. Dado haber comunicado, en su momento, y por los debidos canales, a la máxima dirección del Instituto Cubano del Libro mis inquietudes sobre el tema, me siento libre de expresar cuanto pienso. La literatura cubana actual y los premios literarios. Ese será el tema. Un tema explosivo al día de hoy. Un tema que motivó, durante la Feria Internacional del Libro de La Habana (FILH) —y sigue motivando— los más mordaces comentarios, en no menos mordaces corrillos, intervenciones, correos electrónicos, reuniones de colegas, premiaciones o presentaciones de libros.


 

Dejando a un lado la capacidad de mordacitud —célebre en el gremio— admitamos que muchos colegas están preocupados. Sin la menor mordacidad. No creo que lo analizable sea la fugacidad de un hecho. De Premios que determinados Jurados hayan dejado desiertos. Por eso no me referiré al hecho que —aparentemente— echó a rodar este affaire. Entre otras cosas, porque todo Jurado tiene el derecho a juzgar desierto el Premio que estime. De lo que se trata, lo que urge, lo que demanda el momento, lo que pide a responsables aullidos la situación, es migrar de la sana Pre/Ocupación a la todavía más sana (y sobre todo sanante) Ocupación. De la Pre/Ocupación acerca de un hecho aislado a la Ocupación acerca de hechos comunes. De lo grupal a lo gregario. Un árbol no hace al bosque y de lo que se trata es de impedir elementos que puedan dañar o dañen al bosque.

La mordacidad rara vez resuelve, hace fértil o sana algo. Aporta cierta dosis de catarsis. Ahí queda. Y de lo que se trata es de sanar. Impedir que el problema se prolongue en el tiempo, crezca en el espacio, devenga —como el ya familiar y muy cubano dengue— mal endémico. Nunca comentarios, corrillos, intervenciones, correos electrónicos, y todo un desmadre de cotilleo, verdadero barómetro de toda situación, han ejercido efecto alguno en función de la resolución viable, rápida, efectiva, saludable y óptima de los problemas. Se profieren gritos con respecto a una bestezuela, mas… nadie parece escuchar. Y, menos aún, aludir a la… jaula. Y se necesita hallar ¡alguna vez! jaula. La mayoría de las veces los mordaces parlantes solo aluden al pajarraco porque, convengamos, carecen de las debidas responsabilidades en función de aportar jaulas. Y de lo que se trata es que aquellos que deban aportar jaulas la aporten. Para ello, antes debe ser debidamente identificada la bestezuela. Si bien no muchos tenemos la responsabilidad de aportar jaulas, sí tenemos la responsabilidad de identificar bestezuelas. Eso no solo es un derecho a ejercer, sino un deber a no eludir. Todos debemos contribuir, en la medida de nuestras fuerzas, nuestras responsabilidades y nuestro compromiso, que no es poco, a esos fines. De lo contrario, todos somos culpables.

Más allá de la mordacidad, que casi siempre es huérfana, la palabra, bien dirigida —sanamente escuchada, sin encono atendida y no infelizmente estigmatizada, soberanamente ignorada o hasta por decreto proscrita / prescrita para refutar— tiene un poder rotundamente genésico. Eso trataré de hacer con este texto. Con respeto. Con lo que creo mi verdad. Subjetiva como toda verdad. Confiar en el poder genésico de la palabra. Confiar en ser escuchado. Confiar en que quizá no todas las ideas que acá expongo vayan a engrosar el adminículo de yute con el ya clásico orificio al fondo. Al final, todo refutador, comisionado o no, no habrá hecho sino uso del más elemental derecho a expresar la cuota de verdad subjetiva que a todos asiste. Y no está mal que ello ocurra. No está mal porque, al final, los lectores (y el tiempo, ese gran reparador) dirimirán a quienes asiste mayor cuota de la siempre subjetiva verdad. Sobre todo el tiempo suele ser fabuloso en tales componendas. Vayamos, pues, por partes.

 

PARTE 1: LA TEORÍA. Causas (y condiciones) de la Premiofilia

a) El Premio como vía (casi única y expedita) de publicación

 

En nuestras reducidas posibilidades de publicación (crisis financiera, crisis del papel, crisis de los poligráficos, crisis editorial, crisis presupuestaria) los Premios se erigen como una de las pocas —más bien la única— posibilidades de que: 1. El libro sea publicado y 2. Lo sea de manera expedita. 3. Reciba mayor promoción. No son pocos los que han enviado textos a una editorial para recibir el clásico mensaje: “Este año no resulta posible incluir su obra en el Plan Editorial”. No son pocos los que poseen un libro aguardando así, años. En lo que se refiere a Literatura, la tirada total de todos los títulos y a la cantidad de títulos (repito: ¡Literatura!), nuestras editoriales han disminuido sus publicaciones. Eso es una verdad de Perogrullo. Los vericuetos para que un autor publique son tortuosos. Ello se hace todavía más tortuoso si se trata de alguna de nuestras editoriales nacionales más importantes. Por fortuna, editoriales de provincias —algunas de ellas han cobrado en ese contexto cada vez más prestigio— han logrado lanzar dosis de muy alabada terapia sobre esta enfermedad.



 

Cada año nuestra prensa nos sorprende con nuevas cifras, los cientos de miles de ejemplares que se publican en cada nueva edición de la FILH. Pese a ello, casi todas nuestras más importantes Editoriales han mermado, dadas las consabidas crisis (financieras, de papel, poligráficas, editoriales, presupuestarias), la cantidad de títulos que anualmente publican. Otra vez: en lo que a Literatura se refiere. Esto en modo alguno resulta una crítica o un ataque al sistema editorial cubano o a la cultura en nuestro país. Ello, por ética, y por otras innumerables razones, me está vedado. Ello resulta solo el muy lógico reflejo del grado —severo— de dificultad que enfrenta nuestra economía en el contexto actual, contexto extraordinariamente adverso, que impacta con no poca fuerza sobre disímiles esferas de la vida nacional. Regresemos, sin embargo, a lo que nos ocupa: publicar en una editorial nacional se hace, al día de hoy, difícil. Hecho este, repito, solo aliviado por la acción —honor a quien lo merece— de editoriales de provincias.

Conclusión 1: Los Premios se erigen hoy como una de las únicas posibilidades, expedita además, de publicación.

 

b) No solo de pan vive el hombre... (mas… de pan —obligatoriamente— vive)

Desde hace mucho se habla, más bien se aúlla, se berrea, acerca de la necesidad de una nueva ley de derechos de autor. Y es que los derechos de autor que se pagan hoy en Cuba… mueven a risa. A soberanas carcajadas. Más bien a… puro llanto. Ello hace que cada vez menos autores —autores con varias obras publicadas— manifiesten el deseo de entregar sus libros a publicaciones. Se entregan a publicación solo los libros con los que no hemos logrado ganar premios, y se entregan a publicación después de intentar ganar esos premios, repetidamente, por varios años. Solo entonces, cuando se lleva varios años sin publicar, y sin ganar premios, un autor opta por publicar. Todos sabemos perfectamente que de no existir los paupérrimos derechos de autor a los que hoy acceden los escritores cubanos, esos derechos de autor que mueven al llanto, la premiofilia no sería en modo alguno —al día de hoy— una filia en Cuba.

El deseo universal de todo autor, en todos los tiempos y en todos los sitios —y este sitio en tiempo alguno fue la excepción— ha sido, es y será, siempre, urbi et orbi, escribir y publicar. Imaginen a todos los autores que han conformado la legión de la Literatura Universal, a los escritores que han conformado la legión de la Literatura cubana, escribiendo sus libros con el ánimo —expreso, declarado, anhelado y casi único— de… ¡enviarlos a Premios! Pues eso precisamente ocurre hoy en Cuba. Un derecho de autor meritorio estimularía el natural deseo que ha animado ¡siempre! a todos los escritores en la historia de la Literatura: escribir para publicar. Un derecho de autor acorde a la situación económica del país. Al valor de la moneda del país. En sintonía con los precios que todo autor debe enfrentar para vivir, sostener la vida de los suyos y… escribir. En el país. Sic semper.

El hecho —innegable— es que hoy los Premios (los pocos que subsisten en CUC, muy pocos) se avizoran como la única posibilidad de optar por una suma algo más… decorosa. Nadie desea invertir dos o tres años escribiendo un libro para recibir ¡únicamente! cinco mil CUP, eso en las Editoriales más poderosas, eso si logra vencer el tortuoso y largo camino para acceder a la publicación. Se anhela una suma que aporte y facilite una dosis algo más decorosa del muy necesario y merecido pan. Pan que cada vez, dicho sea de paso, ha visto incrementar el valor mientras los derechos de autor han permanecido inamovibles, o incluso, han decrecido. Y ello se sufre no solo de la mano de nuestras editoriales, no solo desde la exigua valoración que reciben nuestros libros. No. Se sufre también con las publicaciones periódicas. Publicaciones en las que por un texto cualquiera, ya sea ensayo, artículo, reseña, no importa su extensión o importancia, solo se devenga, tras un muyyyy largo y kafkiano proceso (¡en el que al final el autor no recuerda exactamente por qué diablos se le está pagando!), unas pocas monedas —¡al cambio oficial, puede que resulten unos 4 o 5 CUC!—, al día de hoy solo capaces de garantizar un trocillo, muy reducido, apenas una escueta miga, ¡muy escueta!, del necesario y merecido pan. Ello ha hecho que muchos colegas hayan perdido ¡también! el interés de enviar sus colaboraciones a publicaciones periódicas. Y no queda solo allí. No. Puede un autor participar en alguna actividad cultural, actividad en la que interviene con un texto, actividad en la que también, digamos, participa, con igual dignidad y absoluta fraternidad, un músico, o un bailarín, o un actor. Ignoro los pantagruélicos causales, pero… el escritor, con igual dignidad, recibe por su participación en la citada actividad unas muy pocas monedas. El guitarrista, o el cantante, o el bailarín, o el actor… multiplican la cifra. Admiro el arte de cada uno de esos colegas, a los cuales ratifico mi fraternidad, pero, de seguro, ellos también admiran el nuestro. Y la dignidad es la misma.

Conclusión 2: Los Premios al día de hoy se erigen como la única posibilidad de obtener una dosis del merecido, anhelado y muy necesario pan. 


 

 

  1. El (dinosaúrico) proceso de desaparición de los Premios

Lo anterior ilustró acerca de la asunción de los Premios como vía (casi única) de publicación y vía (todavía más casi y todavía más única) de ganarse el pan. Sumemos a ello una nueva catástrofe. Desde hace algunos años, el ecosistema anterior ha sufrido una calamidad cuyas consecuencias resultan muy similares a aquellas que para los pobrecitos dinosaurios tuvo la caída del tenebroso meteorito. Y es que en los últimos años los Premios han reportado una tendencia —sostenida, in crescendo y hasta hoy a todas luces irreversible— a la desaparición. Algunos Premios sobrevivientes han visto, incluso, menguar sus ya menguadas bolsas. Ciertos Premios, cuyas bolsas contenían los anhelados CUC, pasaron a vida de ultratumba o de ultrapremio. Murió —de mera mendicidad— el respetable Premio de La Gaceta de la UNEAC. Amenaza con morir, si alguna mano bienhechora extranjera no se alarga —también de mera mendicidad— el muy respetable Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar. Ambos se sostenían por financiamiento externo.

Las condicionantes financieras / económicas / presupuestarias las conocemos —y las comprendemos— todos. Son duras. Las conoce, las comprende y las enfrenta todo nuestro pueblo en la vida diaria. En lo que a Literatura se refiere, solo expongo un hecho, minúsculo, mínimo, intrascendente, si se le compara con las dificultades que enfrenta la nación. Pero no deja de ser un hecho. Y el efecto más inmediato resulta que (cada vez) son más escritores quienes lidian en aras de obtener (cada vez) menor cantidad de (cada vez) menos dotados Premios. En mitad de ese muy enrarecido ambiente, no faltan quienes llaman a la desaparición total de los dinosaurios, ¡mis disculpas!, de los pocos Premios que hoy (con raros y funéreos estertores) aún respiran, aduciendo un (supuesto) descenso en la calidad de la obra literaria, esa que a los Premios sobrevivientes se envía. Medra el síndrome del sofá, tan socorrido en nuestro medio.

Huelga decir que esta tendencia —sostenida— a la desaparición de los Premios ha provocado una nueva ola migratoria. Esta vez no migran los autores. No. Han migrado autores, mas no…, esta vez no me refiero a ellos. Esta vez migran —o tratan de migrar— las obras. Y es que muchos colegas producen, cada vez con mayor brío, libros ya no para enviarlos a nuestras editoriales o a los pocos Premios que subsisten —recemos para que subsistan al menos esos pocos, líbrenos Dios Padre de su desaparición, elevemos plegarias para que especialmente este año no muera, de mera mendicidad, el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, al borde de aplicársele la luctuosa extremaunción—, sino para enviar a editoriales extranjeras y/o premios off shore.

En fenómeno sin precedentes, la editorial española Samarcanda, del Grupo Lantia, publicará este 2017 —con derechos exclusivos— en sello editorial creado ad hoc, ¡más de un centenar de obras! a un grupo ¡de más de cien autores cubanos! Si este fenómeno fructifica, en materia de mercado, digo, que ya se sabe que para las editoriales extranjeras todo se reduce a mercado, de seguro no dejarán de asomar otras editoriales extranjeras dispuestas a imitar a Samarcanda. ¿Quién sabe si el fenómeno Samarcanda pueda representar un posible boom para la Literatura cubana? ¿Quién sabe si algunos de esos cien autores samarcandianos pueda tornarse éxito de ventas? Viral. Trending topic. Acontecimiento editorial. Si ello ocurriera, otras editoriales extranjeras, olfateando el business, podrían seguir el ejemplo. Recemos para que, aun tratados como nativos con librea por estas editoriales (las nuestras nos tratan como nativos pero ya sin librea), alguno de esos autores pueda tener éxito.

Alguien podría imaginar cierto escenario —fantasmagórico— en el que nuestras editoriales (esas que publican Literatura, Literatura cubana actual) cierren sus puertas y nuestros poligráficos pongan al sol sus aparejos ¡porque los autores cubanos han hecho migrar sus obras allende los mares! El fenómeno Samarcanda puede resultar el mero prólogo. Perdóneseme el pleonasmo, a manera de surrealista símil, mas… revísese la nutrida participación de autores cubanos en cualquier premio off shore, contrástese con el envío de obras a Premios del patio, incluidos los más remunerados. ¿Cuál sería el resultado? Ah, pues que cada vez menos escritores envían sus obras a Premios nacionales, la inmensa mayoría mal dotados y en franco proceso de desaparición; cada vez más escritores, en cambio, envían sus obras a Premios extranjeros. Si a la desaparición de Premios, y al fallecimiento de sus dotaciones, agregamos el descreimiento hacia Jurados o Instituciones, el panorama puede perder todavía mayor dosis de oxígeno.

Los autores cubanos privilegian, cada vez más, el intento de publicación de sus obras por editoriales extranjeras (intento, porque, en puridad, unos pocos privilegiados, salvo aquellos incluidos en el fenómeno Samarcanda, algo sui generis y no sujeto a reglas precisamente convencionales, lo han logrado) y el envío de sus obras a premios off shore. Ese entorno de “migración de obras” puede tener, sin embargo, paralelamente, algunos elementos, digamos, no tan deseables. Algunos de esos elementos asoman ya el rostro. Si para ser bien juzgadas, premiadas o publicadas en Cuba no pocos autores someten sus obras a un “mecanismo de ajuste” de acuerdo a lo que se juzga “literariamente publicable / premiable” hoy en Cuba…, pues idéntico proceso se registra en sentido inverso: para ser publicados / premiados / bien valorados en el extranjero, no pocos autores someten las obras que envían offshore a idéntico “mecanismo de ajuste", acorde a lo proper, o a lo que se sabe se publica, y premia, y se persigue, también como trending topic, en el extranjero. Y esto no solo tiene en cuenta patrones estilísticos y/o temáticos. No. Incluye toda una inmanente cohorte… extraliteraria. Ya podemos escuchar a un colega decir: “este libro es para enviar a un premio en Cuba, este otro para enviar a un Premio off shore”. En uno, el del patio, el autor es un tipo very proper, “correcto moral o ideológicamente”; en el otro, lo opuesto. Parecieran… dos autores en uno. Parecieran… dos obras. ¡Lo absurdo es que se trata del mismo autor y, a menudo, de la misma obra! Todos hemos visto como se viste y desviste de tales atuendos a la misma obra según resulte la ubicación geográfica del salón de baile. Y es que comienza a imponerse una suerte de travestismo literario muy fake. Alabado sea el travestismo cuando emana (como el semen y la sangre y las lágrimas y el sudor y la saliva) del alma y del cuerpo. Este no emana precisamente de tales sitios. Algunos, en el afán de seducir a editoriales extranjeras, han comenzado a escribir acerca de… ¡niños magos, vampiros asténicos y crípticos secretos ocultos en la Corona del Imperio ruso!



 

Conclusión 3: Como tendencia, los Premios cada vez son menos —y menos dotados—, los escritores se incrementan en sentido inversamente proporcional a los Premios; de tal suerte, cada vez más escritores se afanan por enviar a cada vez menos (y menos dotados) Premios. Tiene lugar un proceso con arreglo al cual el autor cubano comienza a producir pensando más en publicaciones y Premios allende los mares que en el patio.

Los tres elementos anteriores explican, muy claramente, las causas de la premiofilia entre nuestros escritores. A ello agreguemos el disfrutar de los diez minutos de fama de los que hablara il signore Warhol, periodo que, en nuestro medio, se reduce, con el perdón de Warhol, en tiempo y connotación. No descubro el viento fresco: soy consciente de ello. Todo cuanto he explicado es harto conocido por todos. Ante esos acuciantes problemas (y todos aquellos que en lo adelante voy a nombrar) se echa mano a tres actitudes: 1. El síndrome del Avestruz: esconder la cabeza para no visualizar el contencioso. 2. El síndrome de Cándido: en el mejor de los mundos posibles se publican cada año cientos de miles de ejemplares, todo marcha maravillosamente y, si medran algunas pocas inconsistencias, se trabaja con tesón para erradicarlas, inconsistencias que en modo alguno manchan al mejor de los mundos posibles. Este síndrome puede presentar una variante: este no es el mejor de los mundos posibles pero… (se mantiene el resto) 3. El síndrome de L'Étranger de Camus: como Mersault, se mira en derredor y, hombros hacia arriba, ajeno a todo, en derroche de suma impasibilidad, se bebe té verde. Frío. Con moringa. Y es que no vale inmutarse, dicen los de esta legión, alzar la voz es erigirse indeseable, caer en desgracia. ¿Para qué caer en desgracia, se preguntan estos, si cuanto ocurre carece de solución? Esas son las tres aptitudes. Ninguna de ellas, estoy seguro, resulta digna. Ninguna de ellas conduce a la resolución de contenciosos. Mas no quedemos aquí. Si los Premios hoy concentran no reducida porción del élan vital y del agón de la Literatura cubana actual, vayamos más allá —siempre plus ultra si se trata de intentar soluciones—, a cuanto acaece en relación a lo que puede ser llamado la “praxis y la metodología de los Premios”.

 

PARTE 2: LA PRÁCTICA. Praxis de los Premioauspiciantes

a) Las Instituciones y la (insoportablemente leve) elección de los Jurados

La Institución que auspicia un Premio tiene la obligación —y la responsabilidad, no se olvide esta palabra: la responsabilidad— de elegir a los Jurados que a su cargo tendrán la difícil y muy responsable tarea —no se olvide esta frase: responsable tarea— de valorar las obras que por tal Premio opten. Todo Jurado será, una vez conformado y en funciones, plenipotenciario. Es decir, sus fallos no estarán en modo alguno sujetos a reclamaciones ni podrán ser, en todo o en parte, reversibles. De ahí que la elección de todo Jurado represente una muy alta responsabilidad. De hecho se está eligiendo a una suerte de Dios. Se le está dotando —si bien no de las dotes de infalibilidad, esas no, infortunadamente esas no, la infalibilidad solo a Dios le está conferida—, de las facultades de irreversibilidad y de no recurribilidad.

Todo jurista sabe de qué hablo cuando menciono la no recurribilidad: el Jurado falla y ha fallado Dios Padre. Alea jacta est. Y así debe ser. Imagínese que la decisión emanada de algún Jurado pudiera ser, una vez admitida la recurribilidad, apelada y, en consecuencia, el fallo trasladado, para su análisis, a una instancia superior. Convengamos que ello no puede suceder. De ahí que todo Jurado tenga, por fuerza, que ser plenipotenciario. Mas… la Institución que auspicia ese Premio —y selecciona a los Jurados— resulta solidariamente responsable, para continuar empleando términos jurídicos, al tiempo que resulta (co)partícipe y (co)padeciente del fallo al que ese Jurado llegue. Si el Jurado es responsable directo del fallo… la Institución que eligió a ese Jurado —y que a ese Jurado paga— es la responsable colateral. El autor intelectual. El deus ex machina. De ello se deriva que: 1. Una Institución no puede dejar en manos de las células más alejadas que la conforman la elección de los Jurados. La elección del Jurado debe ser responsabilidad —directa— de la máxima dirección de la Institución de la que se trate. 2. No puede la elección de un Jurado devenir proceso rutinario, displicente, no sujeto a profundo análisis, facilista, burocrático, de menor importancia, coyuntural. 3. Y esto resulta de importancia vital, un teorema: Toda Institución debe elegir Jurados cuya fuerza o capacidad o sapiencia o experiencia o importancia o trascendencia o valor sea idéntica o directamente proporcional a la fuerza o capacidad o sapiencia o importancia o trascendencia o valor del Premio que ese Jurado tiene la responsabilidad de fallar. Admitámoslo: hay Jurados para Premios Calendario y Jurados para Premios Alejo Carpentier o Premios Casa de las Américas. Los segundos pueden ser llamados a juzgar el primero, pero los primeros no deben ser llamados a fallar sobre los segundos. No se trata de elitismo o de aristocracia intelectual. Se trata de respetar el necesario rigor y la preeminencia de cada Premio. Recordemos que los Jurados son plenipotenciarios, en consecuencia, deben poseer toda la potencia que los haga capaces de esa plenitud. Un detalle no eludible: no toda la responsabilidad en tales casos cae a full machine sobre las Instituciones. No. A Dios lo que a Dios concierna, al César lo que al susodicho corresponda. Sucede que a muchos colegas no nos agrada la responsabilidad de ser Jurados. A) Es engorrosa. B) Resta tiempo. C) No resulta bien retribuida. D) Demanda esfuerzo. E) Puede ser aburrida. F) Puede generar enconos. En consecuencia: muchos la eluden. No pocas veces las Instituciones que auspician algún Premio comienzan a tratar de conformar Jurado… y no pocos autores, hay que decirlo, se niegan a conformarlos. Y las Instituciones sufren esto. Y la Literatura cubana sufre esto. Y los Premios sufren esto. Y los escritores cubanos sufrimos esto. Digámoslo claro: accionar como Jurado resulta un deber elemental para con la Literatura cubana, ya no para con las Instituciones. Y se trata de un deber que, muy comúnmente, sobre todos los más excelsos autores, suelen rechazar. ¡Y son, precisamente los más excelsos autores, quienes deben ser llamados a ser Jurados! ¡No puede ser que precisamente sean ellos quienes eludan ese deber elemental! Deber para con la Literatura cubana. Ante esas negativas, las posibilidades de las Instituciones de hallar Jurados idóneos (en plenitud de la necesaria potencia) se ven seriamente comprometidas. Ergo: pueden acabar eligiendo, desesperadamente y sin remedio, en última instancia, a Jurados no precisamente idóneos, o lo que es igual: Jurados plenipotenciarios no capaces de ejercer la debida plenipotencia.

Conclusión 4: Toda Institución auspiciante de Premio es solidariamente responsable del Jurado que seleccione, y dado ello, de los fallos —errados o certeros— a los que ese Jurado arribe. Cada Premio, de acuerdo a su categoría, merece Jurados acordes a esa categoría.

 

b) La (no desatendible) actuación de Jurados e Instituciones Premioauspiciantes

Los Jurados no son entidades supra galácticas. Metafísicas. No se trata de entelequias o fríos artilugios cibernéticos. No son Dioses. No son genios poseedores de lámparas. No son —¡sálvenos el supremo!— dictadores literarios. Ni siquiera entes homogéneos. Un Jurado está conformado por escritores. Casi siempre tres escritores. Se trata de un ente grupal. Con la dinámica propia de cualquier grupo. Ahora son los psicólogos quienes saben de qué hablo. Hablo de las complejidades implícitas en toda dinámica grupal. Hablo del Líder que apabulla e impone su criterio al resto. Hablo de la Eminencia Gris que nada impone y menos apabulla, pero desde la sombra, imperceptible, determina. Hablo del apocado y de carácter débil que asiente y acepta y, aun en contra, o dubitativo, firma —a pie juntillas— el Acta. Los que hemos conformado alguna vez Jurados tal vez hayamos conocido esto. Hablo de conflicto y colisión y subordinación y prelación y negación y olvido e imposición de unos sobre otros. A menudo de Uno sobre Dos. O de Dos que aplastan (por certera mayoría, mas no por certero juicio) a Uno.

En la medida en que un Jurado sea menos congruente y menos afín en cuanto a filias y fobias, en la medida en que sea más diverso, será, a mi modo de ver, mejor Jurado. Eso si se tiene un Jurado capaz de ejercer toda su plenipotencia. No olvidemos el tema de las filias y las fobias. Es vital en este campo. Porque se trata de tres seres en los que bullen amorosas filias y odiadas fobias. Somos humanos: en todos bulle semejante mixtura. Eso en cuanto a temas y a estilos literarios. Mas… no solo eso. También en cuanto a filiaciones. Ideológicas. Políticas. Morales. Religiosas. Sensibilidad. Hechos de vida. Elementos, todos ellos, extraliterarios. Mas… tampoco solo eso: si de filias y fobias se habla, los Jurados, como sucede con el común de los mortales, tienen amigos y… enemigos.

He sabido de Jurados que no premian una obra al colisionar estas con sus postulados ideológicos. O políticos. O morales. Cuando esto ha ocurrido, lo sabemos todos, se suele premiar una obra inferior, o en el mejor de los casos, de cierta fuerza, adjudicándose, a la obra en desgracia, una (inmerecida) Mención que se cree salvadora de honrilla, eso para que, más tarde, alguno de los Jurados actuantes confiese —directamente y sottovoce, hasta quizá apenado al autor de la obra preterida el infeliz entramado. Fui testigo personal de un caso: la colisión de una obra ¡con la sensibilidad religiosa! de uno de los Jurados. Hemos conocido de casos que, reconozcámoslo, colindan con la ignominia, en los que alguno de los miembros de un Jurado, hombros hacia arriba y ética presuntamente inmaculada, confiesa ¡no haber leído alguna(s) de la(s) obra(s) concursantes! En otros casos, se premia una obra —¡de ficción!— aludiendo al impacto ¡sociológico! que tal obra supone para la realidad cubana. Huelga decir que puede, desde mis postulados, una obra de ficción representar una dosis de valor no desdeñable para la Sociología: ¡que preparen en semejante caso para ella los sociólogos su más dilecto Premio! Un Premio Literario (en la categoría de ficción) juzga, especialmente, intuyo, me temo, barrunto, valores literarios. No sociológicos. Ni ideológicos. Ni morales. Ni religiosos. Ni políticos. Ni económicos. Ni astronómicos. Ni culinarios. No creo que la carpenteriana Teoría de los Contextos se extendiera a ello. En cualquier caso, que cada disciplina, si lo desea, privilegie lo suyo. Cualquier parecido con la realidad, lo juro —todos hemos sido alguna vez testigos y puede que hasta víctimas de esto— no resulta mera coincidencia [1].

 

Notas:
 
1. Les animo a leer el Manual del Perfecto Jurado, esbozado por Gina Picard, texto que, sin sorna, deberíamos hacer pender de una pared cuando ejerzamos como tales. http://decal gosliterarios.blogspot.com/search/label/Gina%20Picart.