El trabajo cultural comunitario: desafíos y sostenibilidad (I)

Los debates y reflexiones que han sido promovidos por la Comisión permanente sobre el trabajo cultural comunitario de la UNEAC, con el decisivo acompañamiento del CIERIC (Centro de Intercambio y Referencia-Iniciativas Comunitarias) y otras instituciones, abren nuevas problemáticas a la luz del proceso de descentralización y del modelo económico-social que se ha discutido en diversos espacios del país.

En primer lugar, es importante señalar la experiencia acumulada por el Polo de Ciencias Sociales y Humanidades del CITMA con diversas propuestas para la toma de decisiones al más alto nivel del gobierno, basado en el enfoque problémico de cuestiones que necesitan una base científica de información. Este enfoque rompe con los compartimentos estancos disciplinares de la modernidad europea y se basa en los campos del conocimiento pertinentes para que los resultados investigativos no solo aporten a los saberes, sino muy especialmente a la solución de problemas prácticos y teóricos. En ese caso, todo depende de la capacidad y habilidad de los decisores.


Fotos: Internet


En segundo lugar, debo resaltar la significativa relación entre el desarrollo local y la política cultural. Diversos estudios recientes muestran de modo reiterado las peculiaridades histórico-culturales de cada una de las localidades en el país y eso también forma parte de su rica diversidad cultural; por tanto, resulta sumamente peligroso y contradictorio implementar, cual tabula rasa, medidas generalizables desde una instancia central sin valorar las complejidades y singularidades locales. Lo anterior también se relaciona con las diferencias sustanciales que existen entre la formulación de políticas culturales, su aplicación adecuada o ineficiente y el monitoreo sistemático o no, que permita una evaluación precisa, y cómo ese proceso debe tributar a un perfeccionamiento constante de la política cultural a partir del talento acumulado en todo el país y de las buenas prácticas internacionales.

Cuando uno compara lo ya escrito en Cuba sobre política cultural con países como Colombia o España, por ejemplo, encuentra diferencias sustanciales. Estos dos países, con problemas de muy diversa índole —medio siglo de guerra y desempleo galopante, respectivamente— tienen formuladas de manera sistemática sus respectivas políticas culturales, con las cuales uno puede estar de acuerdo o no, que se pueden implementar de manera correcta o no, pero están ahí, disponibles en Internet al acceso público, para ser leídas y valoradas. Aquí no es así; por eso el actual esfuerzo que realiza el Ministerio de Cultura de Cuba para sistematizar de manera ordenada la política cultural, debe ser una plataforma que guíe mejor el trabajo, especialmente al nivel de los gobiernos locales donde aún la cultura se constriñe a una de sus acepciones (el ámbito artístico-literario, recreativo) y no se asume como el núcleo duro de la condición humana. Esto también ocurre en diversos medios de comunicación masiva donde lo farandulezco anula lo trascendente, donde la banalidad se impone para tratar de darle sabor a lo insípido.

En tercer lugar y en relación con lo anterior, la cuestión del desarrollo cultural tiene diversos alcances y acepciones. Por influencia global de Europa occidental, con toda su secuela de eurocentrismo y discriminación hacia otras expresiones culturales tildadas entonces de “primitivas” o “salvajes”, la Ilustración aristocrática del siglo XVIII contribuyó a reducir la cultura a sus manifestaciones artístico-literarias, con las respectivas contribuciones al entretenimiento, los valores estéticos y éticos, que implican la creación artístico-literaria y su disfrute. Con esa visión, que aún comparten muchos ministerios y secretarías de cultura influidos por occidente, el supuesto “desarrollo cultural” es altamente mutilado y discapacitado, pues se mueve más hacia las élites citadinas que hacia la diversidad de grupos humanos a nivel de todo el país.



 

Sin embargo, desde inicios del siglo XIX, la antropología, aún en ciernes, abrió el ámbito de la cultura hacia el conjunto de saberes y haceres del ser humano en sociedad y sus capacidades para dar continuidad o renovar lo ya creado, que obviamente incluye las artes, pero abarca sobre todo la condición humana (capacidad de aprendizaje, lenguaje para generar signos y símbolos en una cualidad bio-psico-social) que distingue a esta especie del resto de los seres vivos como parte de la propia naturaleza. Este es un ámbito donde el trabajo cultural comunitario puede y debe influir en la cultura ciudadana, en los valores cotidianos identificados por nuestros padres y abuelos como moral y cívica, en la disciplina social-personal y en el uso efectivo de las redes sociales para facilitar procesos de participación en el desarrollo local.

Esto permitiría recuperar un importante espacio internacional de reflexión como los congresos Cultura y Desarrollo, pues si bien Cuba tiene mucho que enseñar, también tiene mucho que aprender. Uno de tantos ejemplos, que está en conexión con la antropología política, es el estado de la cuestión sobre las relaciones interculturales como diálogo fecundante para el respeto mutuo, el reconocimiento de la diversidad cultural y las críticas, con variados alcances, que se efectúan contra las políticas neoliberales en el área encaminadas a eternizar la colonialidad mental y la dependencia en un contexto global, junto con el papel movilizador de un discurso contrahegemónico posicionado; o las concepciones sobre la implementación de políticas multiculturales en Norteamérica (EE.UU. y Canadá) y Europa, como una forma sutil o directa de reavivar el apartheid, la homofobia, la misoginia, la islamofobia y el racismo a la luz de las corrientes migratorias internacionales. Todo lo anterior son cuestiones claves para la salvaguardia de la diversidad cultural y la preservación de las identidades culturales en nuestro ámbito.

Por otra parte, el trabajo cultural comunitario propiamente dicho representa un desafío permanente para hacer viable la política cultural en el desarrollo local. En este sentido, recuerdo con mucho respeto la obra y el trabajo del sociólogo argentino Ezequiel Ander-Egg, quien estuvo en Cuba en varias oportunidades y entregó sus obras para ser publicadas, pero no me consta que se haya hecho. De haberse publicado, no se hubieran cometido tantos errores que él ya había advertido y criticado, como confundir trabajo social con asistencialismo, confundir asistencia con participación, entre las múltiples cuestiones que abordó.

Esto representa una compleja disyuntiva para el trabajo cultural comunitario:

o continuar con la visión de la cultura como entretenimiento, incluida la pipa de cerveza de baja calidad y el sordo que musicaliza lo que quiere mediante decibelios no soportables por el oído humano; es decir, “de la cintura para abajo”, como solía decir el Dr. José Antonio Portuondo, lo que ha conducido a una pedestre cabaretización de muy variadas actividades, sin desdeñar el valor del cabaret en su espacio;

o la problematización de la cultura humana para encaminar proyectos de vida próspero y sostenible; o sea, no solo “de la cintura para arriba”, sino todo el cuerpo social, pues las artes y muy diversas expresiones humanas deben formar parte de esta proyección inclusiva.

Esto haría posible facilitar procesos de participación relacionados con la adecuada identificación y solución de problemas; y a la vez facilitar procesos de sostenibilidad mediante emprendimientos organizados desde la instancia local para el bienestar de las personas, sus familias y, por tanto, de la propia comunidad.

Aquí podrían insertarse proyectos locales de turismo cultural comunitario, tal como ya realizan varios países del ALBA-CPT a través de la Red de turismo comunitario de América Latina, donde han vinculado 15 países con 327 destinos turísticos [1], de la que Cuba aún no forma parte. Recordemos que no se puede aspirar a un país independiente lleno de ciudadanos dependientes. Esto también es un desafío para lograr el empoderamiento ciudadano sostenido. Basta aplicar a plenitud los Lineamientos no. 260 y 264 del VI Congreso del PCC.

Lo anterior es una de las vías para superar el añejo problema de la relación entre la pobreza de ingresos y las pobrezas existenciales. Si bien la pobreza en Cuba, según aborda la CEPAL, está asistida por el Estado bajo el principio socialista de que nadie es abandonado a su suerte, una obra de contenido antieconomicista y al mismo tiempo antihegemónica matiza la problemática cuando señala:

De hecho, cualquier necesidad humana fundamental que no es adecuadamente satisfecha revela una pobreza humana. La pobreza de subsistencia (debido a alimentación y abrigo insuficientes); de protección (debido a sistemas de salud ineficientes, a la violencia, la carrera armamentista, etc.); de afecto (debido al autoritarismo, la opresión, las relaciones de explotación con el medio ambiente natural, etc.); de entendimiento (debido a la deficiente calidad de la educación); de participación (debido a la marginación y discriminación de mujeres, niños y minorías); de identidad (debido a la imposición de valores extraños a culturas locales y regionales, emigración forzada, exilio político, etc.) y así sucesivamente. Pero las pobrezas no son sólo pobrezas. Son mucho más que eso. Cada pobreza genera patologías, toda vez que rebasa límites críticos de intensidad y duración [2].

 

Si bien en Cuba se han resuelto problemas sociales fundamentales relacionados con la subsistencia, la protección y el entendimiento, para usar los términos de Max-Neef, el trabajo cultural comunitario puede resultar decisivo para facilitar procesos de participación sostenida, contribuir así a la salvaguardia de las identidades locales en el contexto nacional, caribeño y latinoamericano; junto con una mayor autoestima de las personas en relación con su propia cultura local y el medio ambiente.

Otra de las problemáticas que salen a la luz en los estudios sociales son las desigualdades, una parte de ellas derivadas de los impactos desfavorables de la crisis de fines del siglo XX e inicios del XXI. Pero esta es una cuestión que rebasa las orillas insulares, pues el Informe mundial sobre ciencias sociales (2016) de la UNESCO, dedicado a ”Afrontar el reto de las desigualdades y trazar vías hacia un mundo justo”, realiza una valoración múltiple de:

[…] siete dimensiones de la desigualdad y cómo su interacción llega a conformar la vida de las personas, creando un círculo vicioso de desigualdad. Las desigualdades no se deben aprehender y afrontar exclusivamente desde el ángulo de la disparidad de ingresos o riqueza. Las desigualdades, además de ser económicas, pueden ser también políticas, sociales, culturales, ambientales, territoriales y cognitivas [3].

Como puede apreciarse, muchas de estas desigualdades no limitadas al ámbito económico, pueden ser resueltas mediante la implementación de procesos participativos que conduzcan al empoderamiento ciudadano a todos los niveles, desde el círculo infantil hasta la gran empresa. Sin embargo, esto también requiere inversiones intencionadas.

Si se pretende colocar al ser humano y su cultura como eje del desarrollo, en tanto la economía, por muy próspera y sostenible que sea, es solo medio y no fin, esto implica que la noción de Desarrollo cultural deviene eje estratégico envolvente. En tal sentido, y debido a la reflexión del artista de la plástica Manuel Villafaña durante el pasado Consejo Nacional de la UNEAC, puede adelantarse una primera versión propositiva.