El titiritero que llegó a la luna

En sus más de cinco décadas de existencia, Teatro Papalote ha mantenido una trayectoria artística de muy alto nivel, donde destacan líneas temáticas de la cultura popular tradicional, el rescate de clásicos de la literatura infantil y el tratamiento de la problemática contemporánea de los niños y jóvenes. A propósito del Congreso Internacional de la Asociación del Teatro para la Infancia y la Juventud (ASSITEJ), que se está celebrando en estos días en Sudáfrica y que ha decidido premiar a René Fernández en su carácter de Dramaturgo Inspirador, ofrecemos declaraciones exclusivas del Maestro titiritero cubano.


 

¿Desde tu experiencia como director fundador de Teatro Papalote, cuáles son los referentes principales en la trayectoria del grupo?

Somos una institución socializadora, ya que nuestras acciones incluyen siempre la posibilidad de la ramificación a otros contextos culturales. Hemos generado proyectos comunitarios como La Calle de los Títeres, acción que cumple 20 años, se desarrolla una vez al mes en la calle donde está ubicado nuestro teatro y constituyó la motivación de que incluyéramos al payaso en nuestro ámbito de creación.

Papalote es, de origen, una agrupación titiritera, que ha ejercitado en su trayectoria artística y técnica y defendido las virtudes del teatro de figuras durante 55 años. Siempre hemos conjugado las auténticas tradiciones y la impronta de la modernidad con la dimensión y libertad específica de arte titeril. Papalote en su memoria fue enraizando la imagen de un grupo, su estética, su forma y estilo de trabajo. Nuestros espectáculos son pensados desde la práctica de la investigación y el análisis activo como puntos de partida para la puesta en escena. Esa labor de ejercicio de la inteligencia del artista le da capacidad para verlo todo. Nuestra historia ha caminado y se ha transformado sin casualidades; por eso hablamos ya de más de medio siglo forjando en nuestro pueblo el amor a esta profesión, al aplauso, a los afectivos saludos a los artistas y a una gran admiración compartida hacia la cultura titiritera. La familia teatral ha crecido, los lazos titiriteros se agigantan. Hay que ver lo que hacen Teatro de las Estaciones, El Mirón Cubano y las 12 ediciones del Taller Internacional de Títeres, para entender la riqueza expresiva de los títeres.

En Papalote siempre vamos a lo propio, con la voluntad y conciencia que nos exige el dominio profesional del arte de la animación. Hemos estudiado con rigor sus propiedades y leyes, que también han sido modificadas y liberadas de rutinas y mañas de una disciplina estancada. Por eso nada hará cambiar mi interés por ese estudio de procesos titiriteros como el desplazamiento de las energías y la creación de los contenidos expresivos para la verbalización de la animación. Es mi particular compromiso con el acto presencial y efímero de dar vida a lo inanimado. La ciencia de este arte abre enigmas al pensamiento, a los instrumentos expresivos titiriteros de nuestro cuerpo: hombros, manos, dedos, músculos, articulaciones y todo lo que tenga el potencial de vida. Papalote activa constantemente la memoria del títere cubano.


Macbeth. Fotos de la autora.


¿Cuánto tienen en común el papalote y la personalidad de René Fernández?

El papalote que llegó a la luna es un texto muy sencillo mío. Lo escribí a finales de los 60 y fue estrenado por el grupo Guiñol de Matanzas, en el Teatro Sauto. En escena colgaba un enorme telón como espacio cósmico donde se proyectaban transparencias. Los títeres se animaban a la vista de los espectadores. Las figuras, de enormes proporciones, eran accionadas por varios titiriteros. En 1990 realicé una reescritura de ese texto y lo elaboré mucho más a nivel dramatúrgico. La obra conmueve a todos los que la leen o presencian. Es un deseo que se convierte en realidad, un papalote se enamora de la luna y emprende un viaje con muchos obstáculos que, gracias a su voluntad, logra vencer y volar libremente hasta llegar a ella. Este Romance del papalote que quería llegar a la luna ha recorrido el mundo, continuamente recibo noticias suyas. Tengo imágenes de sus puestas en escenas en Venezuela, Nicaragua, España, Chile y Argentina; buenas nuevas de ese papalote de domingo por la mañana. ¡Hasta Guatemala la ha representado, con niñas y niños de origen indígena! Fue una obra muy premiada en Cuba, cuando se presentó en el último Festival de teatro para niños y de títeres en Santiago de Cuba. Cuando la reescribía mi hijo era pequeño y yo estaba lejos de Matanzas, recuerdo. Es un texto de muchas emociones para mí.

Cuando escribo siento como fluye la fantasía, la veo y ella mueve mis dedos con insistencia. Así mis manos articulan situaciones, conflictos y personajes, mientras escucho voces y cantos. Es la música de las palabras, los títeres, las bambalinas y entonces los retablos giran y llenan todos los espacios de mis ideas. No dejo escapar esas ideas, las atrapo y escondo dentro de una gaveta que tiene un sinfín de recuerdos titiriteros y allí forman tremendo lio, enredo, algarabía. Así son de irreverentes.

He escrito para los títeres en muchos momentos de mi vida y allí están esos instantes atados a mi memoria. He aprendido a escribir para títeres grandes y pequeños, siempre con muchos deseos de lograr la mejor escritura. Tengo cosas escritas que están ahí, reposan porque considero que todavía tengo que descubrir otros misterios de los retablos, tengo que recibir más de los silencios, las pausas y la ausencia de la palabra, tengo que despojarme de más letras de mi abecedario para hacer su poderosa acción más real-maravillosa.


Se durmió en los laureles.


No quise detenerme en mi trilogía de Niños escondidos, esos textos que han dado mucho que decir, sobre todo Ángel o cualquier día de la semana. Ahora trabajo en la última etapa de otra trilogía, titulada Del zoológico. Son obras que proponen un tratamiento distinto de los animales en el teatro para niños y de títeres; pues se utilizan como insignia de esa falta de valores en el universo familiar y social que tanto influye en el deterioro de la espiritualidad nuestra, esa falsa moral que contamina la vida de los que comienzan a crecer. Sobre esos polémicos horizontes aun me queda mucho por escribir y cuando trato estos temas escucho las voces del Seminario de Dramaturgia de los años 60 del siglo pasado y aparece aquella profecía del maestro Osvaldo Dragún: “La dramaturgia tiene la capacidad de evolucionar como la sociedad misma”. Hoy son otros los tiempos que la dramaturgia tiene que vivir y mucho lo que puede aportar al mejoramiento humano.

Como el papalote, sueño lo que escribo. Mi pensamiento alado sueña y todas esas ficciones me ayudan a escribir y a ver un espectáculo que no he realizado, a imaginar lo que quiero hacer y por eso nunca estoy conforme. Las ideas son tan dinámicas que se van delante de la realidad; son muchos años escribiendo para el grupo y dirigiendo un sin fin de titiriteros.

Eso es Teatro Papalote, ver cómo crecen tantos creadores formados en ese espacio, leer un texto teórico que contribuye a desentrañar el mundo de los títeres, ver cómo un joven toma un títere en sus manos y lo aprende a utilizar gracias a nuestras instrucciones.  Papalote para mí es la libertad de expresión del juego de los sentidos, el crecimiento de una idea que se hace pensamiento gigante, como ha ocurrido con el Taller Internacional de Títeres, La Calle de los Títeres, la Jornada de Payasos Narices Rojas y el Estudio de Primavera. Papalote es el público que asiste a nuestra sala, que fue niña o niño, que fue mamá o papá y ahora es abuela o abuelo y vuelve a ir, acompañado de sus nietos. Papalote son los títeres, los titiriteros y la familia cubana.

 

Nota: Una versión mucho más amplia de esta entrevista se encuentra en proceso de edición para la revista Tablas