El tío

Obviamente, mi tío no estaba en la casa. De todos modos, para cerciorarme, salí de mi habitación varias veces, lo más silenciosamente posible, y registré todos los rincones de la casa. No cabía duda, él no estaba. Pero eso no bastaba, pues recuerdo que lo mismo pasó ayer y antes de ayer, miles de veces, y luego se aparecía y me decía: «¿Por qué fuiste a comprar cigarros en la esquina, si yo tenía? No me digas que no los viste, porque me registraste la gaveta… ¿Qué le encuentras al cuadro ese de los jugadores de cartas, que te pasaste toda la tarde mirándolo? No es tan bueno… Te has pasado toda la tarde tosiendo, ¡toma este jarabe…! ¿Qué estuviste escribiendo tanto rato? Aunque me digas que me parezco a tu abuela, te recomiendo que no leas en ese lugar con tan mala luz».

Yo me preguntaba como sabía todo eso, porque una cosa es que viera las huellas de mis acciones ―un objeto cambiado de lugar, un rastro cualquiera aquí o allá― y otra que me viera inclinado horas enteras sobre mi mesa de trabajo y supiera, por ejemplo, que dejé de escribir a las cuatro y a esa hora me preparé un café con leche, o que había permanecido una hora entera sin cambiar de posición, mirando por la ventana, generalmente para observar todos los movimientos en el quiosco de Pepe, donde iban y venían las gentes del barrio, y se quedaban únicamente los tres o cuatro borrachos habituales, alargando sus tragos con las conversaciones que me sabía de memoria, mientras Pepe, detrás del mostrador, los contemplaba ―y acaso hasta escuchaba― en una especie de trance o de estado beatífico. A veces dejaba mi rincón junto a la ventana o mi mesa de trabajo para ir hasta el quiosco, cuando ya no molestaba el sol y empezaba a oscurecer, aunque siempre con la idea de que tampoco me cogiera la noche, para no encontrarme al tío sentado en el butacón de la sala mirándome con gesto burlón cuando yo abría la puerta, para luego repetirme punto por punto mis movimientos de esa tarde. Prefería que apareciera simplemente desde cualquier lado del interior de la casa, sin coartada alguna, sin la posibilidad de que hubiera entrado mientras yo estaba en el quiosco, a unos treinta metros de la reja de nuestro jardín. Es cierto que en este caso tendría que haber entrado por la ventana de la cocina ―acceso bastante difícil por cierto―, pues desde mi puesto de observación en el quiosco vigilaba la entrada del jardín y era imposible que mi tío pasara por allí sin que yo lo viera. En cuanto al acceso de la cocina, se trataba de una ventana a una altura normal, pero nuestra casa tenía una peculiaridad: que estaba como elevada sobre un pequeño montículo, de tal forma que para entrar a la sala había que subir unos siete escalones desde el jardín, de unos cuatro metros de profundidad desde la acera hasta el primer escalón. Mi cuarto estaba justamente al lado de la sala y desde él se veía el quiosco, pero no tenía entrada directa del exterior. El cuarto de mi tío, en cambio estaba junto a la cocina, en la parte posterior de la casa. Tanto su cuarto como la cocina quedaban a igual altura que el frente de la casa, pero con la característica de que resultaba casi imposible llegar hasta sus ventanas desde afuera, pues en esta parte de la casa no había escalón alguno, y no ya escalón, ni siquiera un árbol, un arbusto, un quicio o un latón de basura lo suficientemente grande y fuerte como para apoyarse en él e infiltrarse por la ventana de la cocina, en todo caso, ya que la del cuarto de mi tío estaba protegida por barrotes, al igual que las demás de la casa. La de la cocina tenía también barrotes, pero había sufrido un intento de robo, hace años, en el cual los ladrones trataron de penetrar por ella y dejaron los barrotes lo suficientemente separados como para permitir el paso de un hombre no muy grueso, y preferentemente de un niño como de mi edad (es decir, en la época del robo). Mi tío nunca me había explicado bien la historia del robo, o del intento de robo porque lo que si recuerdo es que me presentó el asunto como un «intento»: pero ahora pienso que alguna vez debo preguntarle qué sucedió realmente, aunque nunca, no sé por qué, me he atrevido a preguntarle esto a mi tío.

Mi tío es ciertamente un tipo raro, si uno se pone a ver. En realidad sólo llevamos siete u ocho años conviviendo en esta casa, él y yo, ya que antes él se pasaba casi todo el tiempo en el interior, cuando yo era niño y vivía solo con la abuela, hasta que la abuela murió, al día siguiente del regreso del tío de uno de esos viajes. Entonces me llevó con él por muchos pueblos, hasta que cayó preso, no recuerdo en cual de ellos, y cuando salió regresamos definitivamente, aunque el tío no pudo evitar algunas escapadas de vez en cuando, ahora muy breves, de dos o tres días a lo sumo.

Cuando vivía mi abuela, que es la primera persona de la familia que conocí, antes incluso que al tío, éste viajaba siempre, y no sé por qué lo recuerdo como una especie de viajante de comercio con una maleta bajo el brazo, un farol en una mano y en la cabeza una especie de casco de minero o una gorra de esas que usaban en las imprentas o en las redacciones de periódicos antiguas, que eran en realidad una visera solamente y que se veían en muchas viejas películas americana.  Ahora me doy cuenta de que la imagen es un poco absurda, pero es que la vestimenta del tío, como todo lo suyo, era poco usual, y sin duda nada menos usual que sus actividades y sus múltiples viajes.

Casi siempre la abuela preparaba las condiciones para la llegada del tío con dos o tres días de anticipación, y el día anterior, exactamente, me decía con un aire solemne a la vez con una expresión de felicidad indescriptible: «Está al llegar». Sólo una vez falló la abuela, porque el tío llegó un rato más tarde, a medianoche y bajo una tormenta con grandes rayos, como culebras fosforescentes. El tío llegó completamente seco, sin embargo, se quitó el sombrero y el saco, y fue directamente a la cocina, donde la abuela tenía usualmente  preparada la sopa. Esta vez hubo una gran discusión porque la sopa no estaba lista. Fue la única vez que algo falló.     

En esa época había conversaciones entre el tío, la abuela y los otros, que luego extrañé cuando murió la abuela y el tío cambió mucho, quizá por temor a caer preso como en aquella ocasión. Entonces se dedicó a los juegos, pasatiempos más bien, como acertijos y suertes con las cartas. Estoy seguro de que esa manía suya de esconderse y luego aparecer y decirme todo lo que yo había hecho esa tarde no era sino otro de sus juegos. Al principio no era frecuente, pero se hizo prácticamente un vicio después de una de sus escapadas de dos o tres días, después de la cual llegó primero disfrazado (otro de sus juegos favoritos), vestido enteramente de negro con un sombrero de copa en la mano, y luego se marchó y estuvo así yendo y regresando con mil disfraces diferentes, hasta que finalmente vino con diez o doce amigos y llenaron la casa, bebiendo hasta la madrugada. Yo no entendía muy bien lo que sucedía y me dormí, y al día siguiente estaba solo. Desde ese momento me sentí particularmente impulsado a leer los libros del tío, algunos de los cuales había ojeado casualmente. Me gustaban sobre todo los que tratan de Egipto y de la India. Luego vendría mi tío a indicarme que no leyera tal libro antes de conocer tal otro, que aprendería más rápido y mejor si leía ordenadamente. Ahí comenzó también mi costumbre de escribir, e incluso escribía mis conversaciones con el tío, que recordaba palabra por palabra.

Ahora lo estoy buscando por toda la casa y no aparece. He registrado no sólo detrás de su butacón preferido, sino hasta en los closets, en la bañadera, en la cocina, detrás de las puertas y de las cortinas, en los armarios y hasta en las gavetas y cofrecillos.

Es un día lluvioso, como me gustan a mí: ni el sol ni la noche me impedirán llegar hasta el quiosco y volver a casa a tiempo para la sopa. Además, hace dos horas que la puerta de la cocina fue cerrada herméticamente. Preparo una pequeña trampa al tío, no por maldad, sino para comprobar si puede burlarse de mí a estas alturas. Hasta lo provoqué para que saliera de su escondite, si es que estaba escondido en la casa, regando por el piso toda la picadura que le quedaba para su pipa y cambiando de lugar todos los objetos que le gustan, incluso los escasos retratos de familia que encontré en un armario viejo, objetos que estaban en un sitio de donde estaba prohibido cambiarlos.

Me deslicé hasta el quiosco bajo la lluvia y esperé. Antes, este quiosco me recordaba los viejos andenes de los pueblos que recorrí con mi tío, que pasan como en un remolino de sombreros, que siempre nos parecen lejanos y en movimiento cuando pensamos en ellos, pero si nos llegamos a apear del tren, entonces somos un punto en el espacio, solo e indefenso, y la gente y el mundo se mueven alrededor y nunca se quedan, siempre se escapan, como mi tío, con su sombrero y su gran cartera bajo el brazo llena de papeles con números, grabados y combinaciones de palabras que yo había escuchado durante años, cuando las recitaban él, la abuela y los demás.

No esperé mucho. En efecto, el viejo Ñico se me acercó y comenzó con su charla acostumbrada. Que si él y mi tío, que cuántos años hacía que no lo veía, que rea un gran hombre y todos lloraron y se quedaron desconsolados cuando se fue, que cuando se cayó del puente y lo encontraron luego flotando en el río todos se sintieron muy solos, y ni uno dejó de contribuir para el entierro y estuvieron toda una noche velándolo en esa misma casa, tú eras aun muy joven pero bastante crecido y te acordarás seguramente como después los hermanos y las hermanas decían que nada era igual desde que habíamos enterrado al tío.

En fin, la historia de siempre; yo casi no escuchaba ya lo que estaba diciendo, porque tenía la vista fija en la ventana entreabierta de mi cuarto y ahí se paró primero durante un rato, para ver los movimientos de la gente en el quiosco, y después no pude contener la risa cuando lo vi que empezaba a mover las cosas de un lado para otro y restaurarlas a sus posiciones originales, y si bien al principio se enfadó y tiró dos o tres puertas. Luego se resignó, e inclinándose para recoger la picadura regada por el piso no pensaba más que en llenar la pipa, y yo que ni oía ya la cháchara del viejo Ñico y no podía dejar de reírme de satisfacción por dentro, pensando en llegar y, una vez tomada la sopa tan deliciosa que hacía la abuela, sentarme en el butacón a fumar la pipa y leer el último libro persa que había encontrado en el tercer estante.

La Habana, 1966

(págs. 71-75)

 

Este cuento pertenece al libro Paisajes del hombre, Ediciones Unión, La Habana, Cuba, 1967. Selección cortesía de Margarita González Sauto, viuda de Leonardo Acosta.

 

FICHA
 
Leonardo Acosta: escritor, poeta, ensayista, investigador y músico cubano. La Habana, 1933-2016. Durante los primeros años de la década de 1950 se vinculó a importantes orquestas de música popular en Cuba, Estados Unidos y Venezuela. Incursionó en grupos de jazz y acompañó a cantantes del movimiento feeling. Al triunfo de la Revolución, integra el equipo de corresponsales de la Agencia de Noticias Prensa Latina.  En su labor periodística colaboró con los periódicos Hoy, El Mundo así como con las revistas Bohemia y Verde Olivo. Formó parte del Grupo de Experimentación Sonora (GES) del ICAIC. Fue merecedor del Premio Nacional de Literatura en el año 2007 y en el 2014, compartido con Sergio Vitier García-Marruz, del Premio Nacional de la Música.