‚ÄčEl tigre y la nieve

Justo cuando se cumplen 41 años de la dictadura argentina, cuyo costo humano alcanza la pavorosa cifra de 30 mil desaparecidos (eufemismo que se refiere a cuerpos masacrados y ocultos entre el cielo y la tierra), llega a mis manos una novela escrita por el uruguayo Fernando Butazzoni en 1986. Este autor, quien ganó el Premio Casa de las Américas en 1979 con el libro de cuentos Los días de nuestra sangre, es conocido entre nosotros, además, por su monumental novela Las cenizas del cóndor, actualmente disponible en las librerías cubanas, y que fue comentada en esta misma columna. Precisamente aquellas cenizas comienzan con el diálogo entre un periodista (el propio Butazzoni) y un joven que declara tener datos de enterramientos clandestinos. “¿Por qué me cuentas a mí?”, dice el periodista. “Porque usted escribió El tigre y la nieve”, responde el muchacho.



 

Claro está, quienes no habíamos leído entonces la novela citada, nos dispusimos a buscarla. Entre ambos libros median casi 30 años. Pero el tema: la angustia, la culpa, y la sobrevida maltrecha reinciden. Resulta obvia la insistencia del autor en la necesidad doble de denunciar-exorcizar, porque es inmensurable la injusticia de un dolor que asfixia, que aun mantiene viva la llama de una quemadura que alcanza los planos más profundos y terribles del espíritu humano.

La novela El tigre y la nieve está ambientada en Suecia, adonde fueron a carenar muchos refugiados de las dictaduras del Cono Sur; de manera que además de los dos uruguayos protagonistas, encontramos habitantes de otros países, como si de pronto ese sitio tan gélido y distante fuera una especie de Torre de Babel. El hombre de la pareja (Roberto) encuentra a una joven atormentada (Julia Flores), quien, como él, procede de una familia cuya militancia no era estridente. De hecho, las causas del exilio de él distan mucho de las de ella, víctima real de la atrocidad de haber sido secuestrada, torturada y confinada en un campo de exterminio llamado La Perla, en la provincia de Córdoba, Argentina. Roberto se encuentra simplemente buscando trabajo, mientras Julia carga sobre sus hombros el espanto de haber sobrevivido a pesar de las masacres y las torturas. “Tendidos en colchonetas, con los ojos vendados, con las manos atadas con alambres” (p. 194), los militares de la dictadura de Videla mantenían a cientos de detenidos, cuyos destinos eran y siguen siendo inciertos. La joven (la número 244 de ese campo), fue testigo del asesinato “de cientos de hombres y mujeres fusilados, reventados a palos, desangrados y enterrados bajo una fina y humeante capa de alquitrán” (p. 203).

El modo de nombrar los recuerdos que persiguen con ponzoña a Julia Flores resume el carácter enfermizo de dicha memoria: BICHOS. En varias ocasiones, Roberto, su actual pareja sentimental (su antiguo novio murió a balazos en plena calle argentina), intenta aliviarle la invasión perniciosa que corroe su sangre, su mente, la poca vida que tiene, y se refiere a ese empeño con frases como “íbamos sacando los bichos de su cuerpo”; “nuestra vida en común era una cacería de bichos repugnantes que se contraían cada vez que los ensartábamos, daban saltos enloquecidos y se negaban a morir, a salir de su memoria”; “ella tenía que terminar de ensartar sus bichos, culminar la cacería hasta que no quedara otra cosa que el dolor de su cuerpo, un dolor ya ido pero jamás olvidado, cualquier miseria menos la de negarse a recordar”. 

Cuando buscamos más datos de este novelista y su relación con lo descrito en El tigre y la nieve, encontramos que a comienzos de los años 80 estaba exiliado en Suecia, país donde recuperó, mediante entrevistas y grabaciones, el testimonio de la prisionera, quien tras un largo cautiverio logró ser puesta a disposición del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y viajar en carácter de tal a Suecia. O sea, estamos ante hechos reales, aunque se trate de un testimonio ficcionado, y la novela funcione como tal, sin poseer el carácter puramente autobiográfico que suele tipificar al testimonio puro. Al margen de este dato (siempre se dice que la verosimilitud de la literatura no se relaciona con la realidad), lo cierto es que Butazzoni, como demostró años más tarde, se empeña en versionar pasajes cruentos que provocan incertidumbres y cuestionamientos en sus personajes. Tal como sucede en Las cenizas del cóndor, la culpa corroe a los sobrevivientes, y el sentimiento de vivir sobrando no les permite tregua. Si en Las cenizas…, Manuel Docampo, Capitán de artillería uruguayo, sufre el remordimiento de lo que hizo, en El tigre…, la exprisionera Julia Flores considera que su sobrevida es, en sí misma, una claudicación. Para ambos personajes, uno del bando de los culpables, y la otra, sobreviviente de un campo de torturas, la vida carece de sentido.

El tigre y la nieve, novela dedicada a Mario Benedetti, y con la cita apócrifa Como un tigre ha de ser la verdad. Y la nieve no podrá borrar sus huellas (atribuida a un poeta chino inexistente), no solo marca el despegue de su autor como el gran narrador que ya es, sino que se inscribe como una obra pionera en el abordaje de la temática de la violencia de las dictaduras, en momentos en que solo se utilizaba el género testimonial para dichos propósitos. Como bien concluye Butazzoni (“en el aire apenas quedaba el pálido resplandor de una historia inconclusa”), y como bien sigue demostrando a través de su espléndida narrativa, ningún momento será bueno para cerrar el capítulo de tanto sufrimiento. Hoy, en 2017, acompañamos a los hermanos y hermanas del Cono Sur, y decimos junto a todos, Nunca Más.