El Rey del mambo está en La Habana

Yo soy el rey del mambo, del colectivo mexicano Conjuro Teatro, nace de la investigación y el texto homónimo del cubano Ulises Rodríguez Febles, con dirección de Dana Stella Aguiar y producción del Consejo Provincial de las Artes Escénicas y la UNEAC de Matanzas, junto a varias instituciones mexicanas. El libreto repasa la trayectoria artística de Dámaso Pérez Prado y el furor que generó su trepidante mambo, sin desconocer el dilema vigente de un género que algunos atribuyen a Israel López (Cachao) y otros a Arsenio Rodríguez.
 

Yo soy el rey del mambo
Yo soy el rey del mambo, producción de la Casa de la Memoria Escénica de Matanzas. Foto: Sonia Almaguer
 

Con tal eje argumental, se logra un tempo ritmo inestable y susceptible de poda, especialmente en aquellas escenas que ensalzan reiteradamente los valores del susodicho ritmo, verdad instalada en la memoria del espectador y defendida brillantemente por las impecables ejecuciones de la formación matancera Atenas Brass Ensemble, bajo la dirección musical de Leonardo Heiblum.

Los actores y actrices, mexicanos todos, se empinan con gracia y desenfado por sobre sus limitaciones expresivas y dosifican adecuadamente su relación con el baile, poniendo sus carencias rítmicas en función dramática, es decir, asociándolas al aprendizaje y la sorpresa de los personajes, deslumbrados por un ritmo nuevo y foráneo. Esta inteligente solución, deslucida por la deficiente iluminación de la sala Raquel Revuelta, será bien apreciada por el público mexicano, que disfrutará 20 funciones en abril de 2018.

A nivel actoral y por este orden, lo más significativo lo aportan Ernesto Álvarez (El), Omar Godínez (El Benny) y Gerardo Trejoluna (Pérez Prado). El mobiliario escénico, funcional en la multiplicidad de su uso, revela soluciones a medio construir y proyecta una precariedad que compromete la fluidez y verosimilitud del discurso, tal como sucede con la introducción descuidada del objeto periódico, artesanalmente ingenuo para la importancia que se le confiere. Con todo, la obra proyecta una energía admirable, respeta y aprovecha las posibilidades del musical como género teatral y documenta fluidamente vida, obra y memoria de un cubano que validó con creces la pujanza y diversidad de nuestra música, más allá de que haya inventado o no eso que hasta hoy denominamos mambo.