El reino de Los pies prestados

Los pies prestados llegó a mis manos gracias a un amigo, alguien que me recomendó este libro: “es hermoso”, dijo él y yo, que jamás he sabido renunciar a la belleza de un texto, comencé a leerlo. Héctor Luis Leyva Cedeño (Jiguaní, 1986), su autor, me era desconocido, a pesar de que ostenta en su currículo algunos importantes premios y, además, la membresía de la AHS. Con asombro, no podía ser menos, revelé los primeros párrafos del libro, sintiéndome por momentos en terreno desconocido y, no por desconocido, menos interesante.

Libro necesario este, a pesar del lugar común en mi frase que puede, por momentos, hacer que el lector piense que es el único calificativo que ciertos reseñistas pueden otorgarle a un título atrayente. Pero, en ocasiones, las palabras sobran y el lugar común, la figura retórica ya usada, se convierte en la única imagen posible para expresar una idea: este es el caso. Los pies prestados no es uno de los tantos títulos que, para niños y jóvenes, proliferan en el mapa literario de la Isla y —me atrevería a aventurar— también en el orbe. Sin resultar un libro didáctico, un mapa de zona del bien hacer, su autor sabe indagar, con cuidado de orfebre, en cierta madeja escritural enredada: el mundo de la infancia. Pero no es este el sitial del niño común, que cuenta su historia para mayor o menor interés del público. Al contrario, hablamos aquí de un monumento —pequeño en su estructura y en el tamaño de sus páginas, que no en contenido— al niño extraño, al niño en busca de su sitio, al pequeño observador que, desde su silla de ruedas, contempla el mundo, la amistad y la vida.

Es, además, un libro esperanzador, que no adoctrinador, pues sus mensajes pretenden colarse en esos resquicios íntimos del alma humana, sin los grandes discursos ni las grandes urbes constructivas que son tan dañinas, a priori, en un texto. Muchos de sus cuentos —Canción de un gordo que regalaba muñecas, Millonario, El vuelo, Los pies prestados, entre otros— nacen en la destrucción de un equilibrio; equilibrio a veces precario, imposible de mantener, tal vez, por la fragilidad del universo que se recrea (una madre que renuncia al amor para irse a vivir a Italia, un padre incapaz de reconocer el ansia de afecto de su hijo discapacitado, una madre suicida, el aislamiento de un niño). Pero, de este estado inicial de destrucción surge siempre una esperanza, cierto ritmo de lo cotidiano, cierto espasmo de una felicidad vertical que se construye cuando se ha perdido el sueño de recomponer el universo nuevamente. Tampoco se habla de un optimismo a rajatabla, ilusorio tablado para espectadores y personajes, para actores y directores, pues este equilibrio reconstruido en las historias carece del típico final feliz del fairy tale o de un deus ex machina poco lógico. Puede hablarse, entonces, de un equilibrio precario, natural como la vida misma de estos personajes que intentan, de la mejor manera, encontrar su lugar en el mundo.

Punto y aparte merece el tratamiento de temas considerados tabúes en la literatura infantil y juvenil —aunque esta etiqueta comienza a deslucirse en los últimos años, cuando tantos escritores han probado que no hay historia, por cruda, imposible de contar—: la discapacidad infantil es la protagonista no de una, sino de tres historias donde un niño en silla de ruedas es el personaje principal, ser indiscutible y centro de un universo que establece un hilo de paralelismo entre las tres historias. No dudo que el lector ávido quede con ganas de un libro estructuralmente uniforme —quizás una entrega posterior— que cuente las historias de este y otros niños, tal vez con un sacrificio de la pluralidad de argumentos de este libro, pero con la ganancia de la uniformidad estructural y temática.

Aunque esta pluralidad es singularmente agradecida a lo largo de casi todas las páginas del libro, algunos cuentos —que no demeritan la calidad de Los pies prestados en materia escritural— pienso que no se encuentran totalmente entonados con el universo que el texto propone. Nubia, la nubecita de fina lluvia, Nadie la puede matar y —con mayor énfasis— Bebé presidente podrían formar parte de otra colección de cuentos sin que la uniformidad de este texto se viera afectada por su ausencia. No obstante, la decisión autoral se agradece a posteriori, pues estos textos distintos, amparados entre otros muchos, conceden una dinámica móvil al libro.

Otro relato de la compilación, Dos princesas, se erige como homenaje directo a ciertos filmes de la ciencia ficción moderna: pienso, extemporáneamente, en Inteligencia Artificial, de Steven Spielberg (filme inspirado en el relato largo Los superjuguetes duran todo el verano, de Brian Aldiss), que explica, grosso modo, los vínculos entre un androide con sentimientos y su familia (específicamente su madre) humana. Aunque en Dos princesas los sentimientos han sido sustituidos por programación, observamos que, en pocos párrafos y resoluciones temporales, algo semejante al afecto comienza a brotar de la niña artificial hacia su enferma —y casi moribunda— dueña. Dos princesas no es un cuento genéricamente perfecto —si hablamos en términos de ciencia ficción—, pero su sensibilidad, siempre exquisita, es justificante perfecto de una historia que habla de la vida después de la muerte, la perdurabilidad de la amistad y el nexo creado por el amor.

Si bien en este cuento el vínculo filial ha sido desplazado de la relación madre-hijo (que es el eje dominante de Inteligencia Artificial) hacia, tal vez, la relación más compleja entre dos hermanas simbólicas (Alicia, de inteligencia artificial y Amelia, la niña humana), se aprecia un conmovedor homenaje hacia el final del texto: Alicia, al percibir la muerte, el apagado final, sin posibilidad de restablecerse una nueva conexión, de su dueña, hermana y amiga, elige (o es condicionada por su programación) la autodestrucción/la desconexión/un nuevo tipo de muerte que acompaña al deceso humano —tan natural como el artificial—, en un viaje hacia otro mejor mundo posible. Este cuento, si bien no comparte universo con los relatos anteriores, establece un maravilloso equilibrio entre el imaginario de lo real y lo fantástico, ya presente —al menos como curva tangencial— en historias como Cachito de aire puro y la ya mencionada —una de las joyas de la compilación— El vuelo.

Sutileza narrativa para contar las historias se hace presente también en el cuento Tres no: dos, donde se muestra la bella relación entre un padre homosexual y su hijo. A mi entender, el mayor éxito de este pequeño relato radica en la elección del narrador que, desde la voz del personaje del niño, reconoce la diferencia y la acepta con un clamor inclusivo, casi himno, pese a su brevedad.

Publicado por Ediciones Orto, Colección Rondamar, en el año 2014, Los pies prestados cuenta con ilustraciones elocuentes aunque, y es lamentable, una edición poco cuidada y uniforme, que empaña la belleza del título, si bien no logra opacarla del todo. Sería acertado que las editoriales de nuestro país —tanto las nacionales como las territoriales— pusieran cada vez más certero empeño en desterrar errores semejantes.

Los pies prestados, con el paso de la imaginación y la buena escritura, es uno de esos textos que dejan un regusto maravilloso: petición de nuevas historias en la boca del lector que puede encontrar en este libro un resquicio —íntimo y momentáneo— donde reina la esperanza en un mejor mundo.