“El principal humorista es el pueblo cubano”

Mario Limonta fue primero tabaquero, declamador de poemas, lector de tabaquería, locutor clandestino de la radio, estudiante de Derecho, actor del teatro Guernica, personaje mambí en la televisión en vivo, antes de ser, para siempre, el Sargento Arencibia o Sandalio, el “bolao”.

Mario Limonta ganó el Premio al Mejor Actor de Reparto en el 46 Festival de Cine de Cartagena, 2006, por su rol en el filme Barrio Cuba, e integró el elenco de El cuerno de la abundancia y Los dioses rotos, mucho tiempo después de protagonizar al perenne bufón del alcalde Plutarco (Enrique Santiesteban) en San Nicolás del Peladero y ser la pareja de Estelvina, el “gallo del barrio”, en el programa musical-humorístico Alegrías de Sobremesa.


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Pero Mario Limonta es más que el Sargento Arencibia o Sandalio, el “bolao”. Quiere que lo recuerden, sencillamente, como “un hombre de pueblo”.

Una entrevista con él es entonces una clase de la historia de los medios audiovisuales en Cuba. Lo único lamentable, en una conversación escrita de este tipo, es no contar con la sonoridad de la televisión o la radio. Hablar de su trayectoria, sin escucharle las anécdotas en su peculiar voz, es casi pecaminoso.

Cualquier intento por describir en líneas mutis su vida, se defiende en el irrenunciable homenaje al Premio Nacional del Humor 2016. Lo demás es historia por contar.

De la primera novia a Alegrías de sobremesa
Ya lo ha contado varias veces: se paró frente a un micrófono con apenas 16 años. “Es para mí como la primera novia. Nunca olvido ni puedo dejar la radio”.

Vivía por aquel entonces en Holguín. Era un recitador de poemas entre los alumnos del bachillerato. En una de sus presentaciones en el Instituto de Segunda Enseñanza, un abogado amigo y vecino de su casa, le grabó la declamación y luego la envió a la estación CMKF. Su voz hizo el resto.

Empezó en un programa llamado 10:30, que salía precisamente a esa hora de la noche, y le pagaban con mudas de ropa. Luego pasó a un programa estelar a las siete, en el cual recitaba una poesía todos los días.

Para Limonta esos años fueron de aprehensión cultural. Alternaba sus sesiones de radio, con reuniones de amigos e intelectuales cobijados por el mecenas Francisco García Benítez. También mantenía las salidas a declamar en diversas actividades, muchas veces como acompañante de Faustino Oramas (El Guayabero), o su labor como conductor en un pequeño cabaret del pueblo.

Luego vino la mudanza a La Habana, el año como estudiante de Derecho en el Alma Máter capitalina, el cierre de la universidad, el trabajo en la tabaquería, el Triunfo de la Revolución, la entrada al Teatro Nacional, el estudio académico de las artes escénicas, las puestas con el Guernica… y la televisión, donde es imposible olvidar al Sargento Arencibia.


“Ese personaje surgió de la novela Horizontes. Yo hacía el cabo López. Carballido, del cual guardo un recuerdo bárbaro, propuso hacer un estilo parecido en San Nicolás del Peladero. En aquel entonces se llamaba Ritmos de Cuba. En un inicio era Sargentón y luego Sargento Arencibia, hasta que se terminó la transmisión en el 83”.

Pero Limonta es más un hombre de cine que de televisión. Sus múltiples papeles en diversas cintas nacionales así lo corroboran, desde que debutó en La decisión (1964), hasta las más recientes coproducciones o filmes extranjeros.

Como parte de su currículum destaca la participación en íconos de la cinematografía nacional como De cierta manera (1974), El Brigadista (1977), Retrato de Teresa (1979), Las profecías de Amanda (1998), Miel para Oshún (2001) y Barrio Cuba (2005).

Él, aunque ama todos los medios, prefiere el séptimo arte. “En el cine trabajas con detenimiento, la televisión es muy violenta. En una telenovela, haces cinco o seis escenas al día. Las películas se piensan con detenimiento, se realizan con más calma”.

En tanto recuento, es imposible olvidar las complejidades de grabar en vivo aventuras completas en aquella televisión sesentera que no permitía equivocaciones. “Esa dinámica es fascinante. Filmar en vivo es cine. Yo apuesto por toma uno, pero eso no depende de mí. Se subordina a miles de cosas: las preferencias del director, que las cámaras entren cuando deben, que las luces sean efectivas”.

Desde la telenovela Oh, La Habana (2007) no se le ve en televisión. Él siente la ausencia. “Quisiera hacer un serial, pero hay pocos personajes para adultos mayores como yo. Es contradictorio en un país que tiende al envejecimiento poblacional. También construyen, desde muchos estereotipos, esta etapa de la vida. Es necesario atender más a la tercera edad en los medios cubanos”.

No hay Mario sin Aurora
Cualquier conversación con Limonta casi empieza y termina con Aurora Basnuevo, su compañera de vida y trabajo. No llegaban a los 20 años cuando se conocieron, y desde entonces son pareja, amigos, consejeros.

“¿Aurora en mi vida, en mi trabajo? ¡Imagina! Nos casamos en el 60. Haz la cuenta. Ella me ha aportado y me aporta mucho, en todos los sentidos”.

La misma “Mulatísima” lo confirma. “Nos queremos y respetamos. Nos apoyamos en nuestros respectivos trabajos. Cuando me llaman para algo, siempre espero que llegue Mario para decidir. Él igual. Los papeles que elegimos lo pensamos entre dos”.

Ellos, los medios, el pueblo lo saben. No hay Mario sin Aurora, no hay Sandalio sin Estelvina. Y en medio de estos dos personajes pasan buena parte de sus días.

Estelvina es fundadora, Sandalio lleva 14 años. Cuba ha crecido escuchando Alegrías de Sobremesa.

“Se hablaba en el programa de Sandalio, pero nunca salía hasta que empecé. De hecho, surge porque le comento a Luberta sobre el presidente del Consejo de Vecinos donde yo vivía en aquel entonces, en Panorama y Tulipán. Había unos 18 apartamentos, pero cuando él hablaba en las reuniones parecía un discurso en la Plaza de la Revolución por cómo se proyectaba. Luberta cogió el personaje, lo exageró, lo caricaturizó. Sandalio me ha traído muchas alegrías, aunque no me parezco a él.

“Muchos escuchan ese programa, el único humorístico que tiene Radio Progreso en la semana. Deberían hacer más espacios de corte cómico tanto en la televisión como en la radio”.

¿A qué cree se deba la poca presencia de estas propuestas?

“Voy a utilizar una palabra de Ciro Bianchi, a quien admiro mucho: faltan escribidores. Luberta es el último de los grandes escritores humoristas. En Cuba estuvo Cástor Vispo, Enrique Núñez Rodríguez, Arturo Liendo... También estaba la tradición del teatro vernáculo, porque Luberta lo que hace en Alegrías… es vernáculo.

“Antes había cuatro programas humorísticos en la televisión. Estaban Casos y cosas de casas, Detrás de la fachada, San Nicolás del Peladero y La Comedia del Domingo. Hoy nada más hay dos. De 96 emisoras de radio, solo 23 tienen opciones humorísticas. Eso da una idea.

“Para mí, es falta de buenos guiones”.

¿Será que el escritor humorista es una especie en extinción?

No. En Cuba eso no puede pasar. ¿Sabes por qué? Porque el principal humorista es el pueblo cubano. Yo vivo ligado completamente con el público: hago los mandados, y como vivo céntrico (23 y 12, Vedado), imagina la cantidad de personas que veo todos los días. Me paran cada cinco minutos, hablo con todo el mundo. De ahí nacen muchas cosas. Quien es realmente gracioso está en la calle. El humor es algo consustancial a los cubanos.