El poeta y la muerte. Homenaje a Santi Feliú

¿Hace tres años ya? ¡Qué rápido! Fue lo primero que saltó a mi mente cuando desde La Jiribilla me pidieron un texto-homenaje en recuerdo de Santiago Feliú, el eterno Santi. Y recordé su muerte sorpresiva, el desconsuelo de todos (amigos, parientes, admiradores), la cantata póstuma en La Habana, mis décimas improvisadas in situ, el texto que escribí al año siguiente para recordarlo… Entonces supe que sería difícil escribir (o improvisar) otra vez algo que estuviera a la altura, que no desmereciera a Santi. Pero tampoco el silencio me gusta como ofrenda. Me pregunté entonces, a nivel ontológico, filosófico casi, por qué nos había afectado tanto la muerte de Santi (más allá de su edad, más allá de la amistad, más allá del momento familiar tan especial para partir: cuando esperaba a un hijo). Y lo supe de golpe: lo que estremece y desconcierta es la muerte del poeta. En una época tan insípida, tan ríspida, el poeta hace falta. El poeta verdadero, sin afeites, sin poses, defendiéndose de la muerte (esa mancha en el muro tan eliseodiegana) con tres únicas armas: la voz, la guitarra, la palabra.

El poeta verdadero, sin afeites, sin poses, defendiéndose de la muerte (esa mancha en el muro tan eliseodiegana) con tres únicas armas: la voz, la guitarra, la palabra.

Fue lo que hizo Santi en toda su vida de juglar, de poeta desmesuradamente auténtico. Y me dije: mi regalo este año para Santi van a ser algunos de los poemas que he escrito sobre las relaciones de amor-odio entre el poeta y la muerte. Tres poemas inéditos. Uno en verso libre (un directo homenaje a los colegas de Santi que partieron antes que él, jóvenes), uno en sonetos (un homenaje a los colegas y maestros de Santi que siguen, guitarra en ristre, haciéndonos pensar en la incestuosa relación entre Cronos y Tánatos, sobreviviéndola) y uno en décimas (un ejercicio de exorcismo poético, personal, pero transferible; unos versos que, de estar entre nosotros, me hubiera encantado que les pusiera música el poeta zurdo que adiestraba cuerdas).


Foto: Kike

 

El poeta y la muerte

                  La muerte es una vida vivida,

                   la vida es una muerte que viene.

                                               Jorge Luis Borges

 

¿Por qué siempre son jóvenes

los poetas muertos?

En plena adolescencia murió Borges

y en plena adolescencia

acaba de morir César Vallejo.

Jovencísimos

ambos cadáveres

posaron para la prensa

disfrazados de tiempo

permitieron esquelas y reseñas

más o menos hipócritas

consintieron incluso tener viudas.

Desfilamos ante sus féretros

el resto de poetas vivos

viejísimos todos

algunos quemando un poema

como un cirio

otros leyendo un cirio

como si fuera el último epigrama

de los dos cadáveres.

Nadie sabe explicar por qué mueren

tan jóvenes los buenos poetas.

Es un misterio —dicen.

Es una maldición

un castigo divino

la única forma de equilibrar el universo.

 

2. Trovadorescas

 

Cuando hace veinte años que tengo veinte años,

qué me queda de aquel que se dormía

escuchando a Serrat, y al otro día

su Yo y él se miraban como extraños.

 

Cuando hace veinte años que tengo veinte años,

tarareo recuerdos, melodía

monótona quizá, quizá vacía,

pero reparadora de otros daños.

 

Y tenía proyectos que abarcaban

la siguiente veintena de años, estos

que este año, por suerte, ya se acaban.

 

¿Y en los próximos años qué haré? ¿Gestos

de hipócrita ilusión? ¿Gestos que agravan

estos recuerdos, de por sí, molestos?

 

II

Con diez años de menos, qué no haría,

además de escuchar a Silvio tanto,

imitar sus metáforas, su canto,

su tan descamisada poesía.

 

Con diez años de menos, mataría,

pero no por amor —no llego a tanto—,

mataría por ver si todavía

con diez años de más, diez más aguanto.

 

Con diez años de menos ni pensaba

en el tiempo, ese eterno desafío.

Creía en todo el que me saludaba.

 

Creía en nada es tuyo y nada es mío.

Creía que lo malo le pasaba

siempre al otro, a los otros. Y hoy me río.

 

III

 

El tiempo, el implacable, el que pasó,

pasó como si nada, sin saberlo.

Qué iluso el que intentaba detenerlo

o ganarle la apuesta, como yo.

 

El tiempo, el implacable, el que pasó,

es el mismo que pasa y va pasando

y pasará, sin pausa ni hasta cuándo,

y seguirá cuando nosotros no.

 

El tiempo es intangible, pero cierto,

dueño absoluto de cuanto vivimos.

Por eso es raro hablar de “tiempo muerto”.

 

El tiempo vive y nosotros morimos.

No hay relojes de arena sin desierto.

Vaya oasis de vida compartimos.

 

IV

 

Si lo que quieres es vivir cien años

no escuches a Sabina, te lo ruego.

Sabina es el bastón y se hace el ciego,

habla de sí para sus aledaños.

 

Si lo que quieres es vivir cien años,

no pienses demasiado en los cuarenta,

que la calculadora, a fin de cuenta,

es más fría que un diálogo entre extraños.

 

Aunque, pensado bien, lo peligroso

es que quieras vivir tantos diciembres

y febreros y agostos y noviembres.

 

¿No te parece sádico y chistoso?

Si el hombre es, cuando pasa los noventa

otro feto, y el tiempo la placenta.

V

He envejecido de escuchar canciones

con las que envejecieron Silvio, Pablo,

Serrat, Sabina, y otros. Cuando hablo

del tiempo imito ajenas reflexiones.

 

Pero son tantas las imitaciones

y es tan auténtico cada vocablo,

que se clava mi voz, como un venablo,

al fondo de sus propias expresiones.

 

Y en el fondo ninguno está tan viejo

como yo, que junté sus juventudes.

Todos siguen con Mozart y Vallejo

 

entre libros, botellas y laúdes.

El tiempo es, en el fondo, un doble espejo

oculto entre pañales y ataúdes.

 

 

3. Obituario del poeta

 

A qué le teme el poeta

sino a su muerte temprana,

a faltar una mañana,

a ser rostro sin silueta.

Siempre es igual. Dios lo reta

y el poeta, un inocente

e inexperto delincuente

acepta el reto y se ata.

Pero Dios es Dios y mata

a un poeta diariamente.

 

A diario muere un poeta

(siete a la semana, al mes

treinta, o treinta y uno) y es

mi estadística discreta.

Si la queremos completa,

cualquier cómputo hace daño:

contando al febrero “extraño”

y redondeando la cuenta

más de trescientos sesenta

poetas mueren al año.

 

Pero a nadie le interesa

tener a un poeta en casa.

Al poeta se le pasa

el hambre cuando ve mesa.

Al que es poeta le pesa

su herencia de vaguedad.

Un poeta de verdad

reniega de sí, se ofende

cuando un lector compra o vende

su gratuita intimidad.

 

Todo poeta es suicida

porque cada vez que escribe

cambia el silencio en que vive

por la palabra sin vida.

Y también es homicida,

porque cada vez que trata

de ser él mismo retrata

a sus futuros lectores,

y a muchos con sus dolores

metafóricos los mata.

 

Yo quería ser poeta

y ahora quiero ser plomero

o albañil o carpintero

o maestro en bicicleta.

Yo quería ser poeta

(Lorca, Neruda, Vallejo...)

y soy tan solo el reflejo

de que sobrevivo mal:

soy el resumen mensual

de un adolescente viejo.