El poeta tiene el derecho y el deber de luchar

Después de un periodo de paz relativamente largo, asistimos desde hace años a la creación de guerras y a cambios sociales que están transformando la geografía del mundo. Respecto a Europa, y en particular a Italia, estos cambios están creando tensiones sociales que hasta el final de los años 80 parecían borradas de manera casi definitiva.

Pero lo que ahora está pasando y lo que vemos tiene su base en una mala conciencia que siempre se había mantenido escondida en el fondo de la sociedad.

La llegada de barcos de desesperados que huyen de las guerras, del hambre, del miedo, ha sacado a flote viejas malas costumbres, viejas ideas enfermizas y una hipocresía que nos hacen olvidar que la llegada de todos esos hombres, mujeres y miles de niños no es otra cosa que el producto de una mala política eurocentrista e imperialista que nos hace recoger lo que quisimos sembrar apoyando falsos ideales de libertad y democracia.

Hasta la mitad de los años 90 una de las mayores editoriales italianas tenía en su catálogo dos libros: Antología dela poesie negra americane e Ragazzo negro. Como por arte de magia, con la aparición de los primeros senegaleses en la tierra de Dante, los títulos se habían transformado en Antología dela poesie nera americanee y Ragazzo nero, como si la palabra nero molestara las buenas conciencias.

Al inicio de esa década, el diario El Manifesto había pedido al escritor argentino Osvaldo Soriano un artículo para recordar a los italianos los tiempos en los cuales habían tenido que sufrir el racismo sobre su misma piel.

“Era un grupo tan idiota/que no se entendía/no se sabe de donde era/tal vez no era cristiano/porque la única cosa que decía/es que era pa-po-litano”. Estos son los versos del Martín Fierro, el gran poema de la literatura “gaucha” de José Hernández.

Quiero decir, con esos ejemplos, que algo más destructivo se está imponiendo: unas ideas racistas y xenófobas que han transformado la palabra “extracomunitario” en una de las peores ofensas.

¿Cuál puede ser la responsabilidad del poeta hoy frente a un escenario tan dramático?

De un lado, intentar, con ojo crítico, responder a las preguntas de siempre: ¿Quiénes somos? ¿Dónde vamos? ¿De dónde venimos? Por otra parte, bien lo aclaró Julio Cortázar cuando decía que es fundamental entender el sentido de nuestra condición de artistas, que nos obliga a ser rigurosos con la parte estética de la creación, pero enfrentado la vida desde una posición ética. Un poeta sin ética no puede ser un buen poeta bajo ningún concepto, y su obra se borrará con el tiempo.

El poeta tiene el derecho y el deber de luchar, sin censura o represión, por el amor, la libertad, la justicia, devolviendo a las palabras su significado correcto y concreto, dejando de lado términos hipócritas como “tolerancia”, tan de moda hoy en Italia y Europa, y dando valor a palabras como “respeto”.

El poeta, como artista y hombre ético, tiene que hacer entender que lo fundamental es que los otros somos nosotros, que son las diferencias las que nos enriquecen y no lo que se parece a nosotros mismos.

Decía Eduardo Galeano: “la utopía está en el horizonte: camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá ¿Entonces para qué sirve la utopía? Sirve para caminar”.

Tal vez los poetas seamos seres utópicos, pero convidamos a caminar y a luchar. Esa es nuestra maldición y nuestra fuerza.