El pequeño caimán del “gallego” Posada…

La querida Silvia Gil, dama bibliotecaria “a tiempo completo”, fue mi vecina muchos años y a ella le debe La Gaceta de Cuba hace más de 20 haber establecido la página de índice y colaboradores. Por las manos de Silvia han pasado decenas de miles de revistas y libros, por eso retomo este comentario suyo a la común amiga Margaret Randall, a propósito de la moda de poner en los años 60 “nombres enloquecidos” a las revistas culturales latinoamericanas donde se enlazaban, con extraños atributos, animales, “famas y cronopios”, y otros etcéteras: El Corno Emplumado, La Rosa Blindada, El Techo de la Ballena, Pájaro Cascabel, El Escarabajo de Oro, El Pez y la Serpiente, El Grillo de Papel…a ese convite no podía faltar la presencia cubana con El Caimán Barbudo…o experiencias fugaces y locales como las matanceras La nube en pantalones, por el recordado verso de Mayacosky, o El tocororo de piedra, donde publiqué uno de mis primeros poemas.

“Eran el ‘eco contemporáneo’ de grupos de jóvenes inquietos y talentosos quienes, de un confín a otro del continente, estaban decididos a cambiar el mundo y creían que la literatura y el arte eran sus armas” [1].Silvia describe en pocas palabras el espíritu de esa época, y el por qué de esos nombres tan sonoros: “Eran el ‘eco contemporáneo’ de grupos de jóvenes inquietos y talentosos quienes, de un confín a otro del continente, estaban decididos a cambiar el mundo y creían que la literatura y el arte eran sus armas” [1]. Definitivamente Cuba era la vanguardia y catalizador de todo ese proceso revolucionario en el continente.

Sería en el año 68 o 69, estudiando en el instituto de El Vedado, cuando nos visitaron tres o cuatro de sus colaboradores para constituir en el pre lo que entonces se llamaron “los grupos de El Caimán”, encuentro en el que participó, entre otros condiscípulos, el fraterno Rafael Acosta de Arriba.

 

 


Los visitantes eran todos jóvenes, aún para nosotros que éramos adolescentes, pero solo creo recordar por su nombre a Jesús Díaz, pues ya había leído con avidez Los años duros, ese libro que ahora cumple 50 de publicado, y que junto a Los condenados de Condado de Norberto Fuentes, La guerra tuvo seis nombres y, un tiempo después, Los pasos en la hierba, ambos de Eduardo Heras León, marcaron lo que se conoció después como “la narrativa de la violencia”. Estas fueron lecturas que motivaron —más allá de las composiciones escolares— mis primeros ejercicios literarios  y originaron como curso natural que en el año 1969, cuando tenía solo 17 años, me “atreviera” a mandar un cuaderno de cuentos al concurso David.

De lector entusiasta del mensuario pasé a principios de los 70 ser contertulio en su redacción —ya fuera en Calzada y 8, o en Paseo y 27— interlocutor de varios de sus editores, y estar presente en sus páginas, de vez en vez, con mis poemas. Tengo la memoria de aquellas primeras  visitas cuando radicaba en el último piso de la hoy Casa de Cultura de Plaza, por entonces sede del Centro de Información y Documentación del CNC. Esos encuentros fueron el espacio natural donde compartí en sus páginas varios de mis primeros textos, y conocí los de mis compañeros de generación en lecturas iniciáticas.

Ahora bien, ¿cuál era el contexto que heredamos en la publicación? Todo esto ocurría en medio de lo que se ha dado en llamar el “quinquenio gris”, que muchos, con razón, han dicho que fue un “decenio negro”. Tomo fragmentos de la valoración del crítico y periodista Pedro de la Hoz, uno de mis colegas de aquellos tempranos 70, que cito en extenso por su sintaxis de “escribidor” veterano y su puntualidad como testigo de aquella época:

[ …] Los jóvenes que entonces llegamos a pertenecer a la Brigada, lo hicimos en medio de los rescoldos todavía ígneos de un proceso traumático: la secuela del caso Padilla, los contraproducentes resultados del Congreso Nacional de Educación y Cultura, el anquilosamiento del Consejo Nacional de Cultura, una nueva ola de depuraciones en los predios de la universidad habanera y las arremetidas de El Caimán Barbudo contra todo lo que consideraba “diversionismo ideológico” en la que lo mismo clasificaba el volumen de cuentos del Chino Heras, Los pasos sobre la hierba, que las indagaciones martianas de Iván Schulman y Manuel Pedro González.

De los amigos y conocidos de entonces me gustaría mencionar al fallecido Pancho Noa, su director por esa época, a quien recuerdo por su decencia y discernimiento, algo poco común para alguien con su responsabilidad en ese período inquisitorial de la cultura cubana. También conocí allí a un muy joven diseñador y realizador llamado René Negrín, quien sobresaliera después como escultor y profesor del ISA, y en lo que a mí concierne mi amigo y barbero hasta el día de hoy.

Cuando se mudaron a Paseo, varios de mis compañeros de generación, en sucesivos momentos pasaron a trabajar en su equipo. Algunos muy cercanos entonces como Alex, Padura, Abilio, Víctor, Bladimir, eran un buen pretexto para ser un habitual en la hospitalaria casona donde tan gratos instantes compartí. Ellos, de una forma u otra, pasaron a ser nombres indispensables en nuestra cultura, como lo son varios de sus iguales del primer Caimán.

Esta recapitulación de aquella experiencia, que fue enlace natural de lo que se llamó en su momento grupo, brigada, asociación Hermanos Saíz, en sus diferentes etapas, está indisolublemente ligada a esa génesis de disímiles promociones y creadores, que alguna vez fueron jóvenes, y tuvieron en sus luces y sombras, herejías y prejuicios, sueños y ambiciones caimaneras, no siempre realizadas, pero no por ello menos importantes en su impronta seminal, lo que fue, para muchos de nosotros, una aventura muy personal de “otra educación sentimental”. Por eso, 50 años después, la imagen sediciosa del pequeño caimán que dibujara “el gallego” Posada me acompaña.

 

Notas:
  1. Margaret Randall. “Recordando El Corno Emplumado” (Revista Casa, no. 280, julio-septiembre de 2015, p. 117).