El Olimpo nuestro
Fotos: Cortesía del autor
 

En apenas horas comenzarán las lides de los Juegos de Río, como llaman muchos a las Olimpiadas 2016.

En Cuba se vaticinan siete medallas de oro para los del patio, tal vez más, tal vez menos; existen tantos pronósticos como cubanos aficionados al deporte. Y no son pocos.

Hay quien igual profetiza el puesto 14 para Cuba. Otros la llevan al 25 y la mayoría lamenta el nunca más, al recordar el lugar obtenido en las  Olimpiadas de Barcelona, la mejor actuación de todos los tiempos.

Sin embargo, pensemos con un poco de serenidad: esta islita del Caribe, que apenas rebasa la decena de millones de habitantes, sigue estando entre las naciones con más tradición y esplendor en el deporte.

Explicaciones hay muchas y variadas. Desde la elucidación sociológica del ser, deseoso de sobresalir en la insularidad, hasta la capacidad de entender que, después de todo, el deporte es juego, y el juego tiene entre sus  destinos sabidos el de disfrutar, aunque llegar a ser campeón lleve buenas cuotas de renuncias y sacrificios.

¿Por qué hay tantos atletas mundiales y olímpicos en Cuba?

Si en verdad después de 1959 el deporte en Cuba ha sido y es la apoteosis —mal que le pese a algunos—, lo cierto es que siempre hubo cubanos dispuestos a entregarse plenamente al deporte.

¿Hay magia en todo ello? Tal vez nuestros nativos ya lo supieran, al entregarse al encantamiento del Batos, pero de ello no existen  evidencias.

Una vieja foto de principio del siglo XX pudiera no dar una pista certera, pero misterio hay. Tuvieron nombre y apellidos. Y glorias.


 Armando Marsan, Ramon Fonts,  Alfredo de Oro y José R. Capablanca
 

La imagen fue publicada en el Diario de la Marina con el pie de foto Póker de Ases. Aparecen de izquierda a derecha Armando Marsan, pelotero —uno de los primeros cubanos que llegaría a las Grandes Ligas y el primer nacional en acumular 500 turnos al bate—; Ramón Fonst, el brillantísimo esgrimista en las modalidades de espada y florete y primer campeón olímpico de América Latina; Alfredo de Oro, considerado uno de los mejores jugadores de la historia del billar, quien, después de algunos años de triunfos y fracasos, obtuvo en 1891 la corona mundial, para mantenerla durante 18 años consecutivos. Finalmente, José Raúl Capablanca, el súmmum de toda la gloria.

Son otros tiempos. Son otros los deportes que rutilan en el panorama cubano. La “pelota”, que durante años fue “la pasión total”, hoy anda buscando un acomodo que le falta; el fútbol nacional, que merece estar en el Olimpo, no acaba de despegar.

Y sirvan estos dos ejemplos para recordar adelantados.

Eladio Secades, conocido cronista de la primera mitad del siglo, aseguró que las primeras noticias del béisbol empezaron a destacarse en 1866 y que el deporte como tal no tomó fuerza en Cuba inmediatamente, tal vez “por falta de vehículos de divulgación y también porque encuentra a su paso detractores que consideran que el juego extranjero tendrá que imponerse al precio de restarle popularidad a las lidias de gallo y a las corridas de toros”.

A finales de siglo XIX un grupo de muchachos de Cayo Hueso, casi todos tabaqueros e hijos de cubanos, formaron el club Cuba, única y exclusivamente para recaudar fondos para la Revolución, actividad por la que no cobraban un centavo.

Aún está sujeta a debate la veracidad de que el primer club de béisbol cubano “oficial” que en 1901 viajó a Estados Unidos, llegaría gracias a la gestión de un empresario llamado Abel Linares, a través de Tinti Molina, quien organizó un all cubans, compuesto por Moisés Quintero, receptor; Miguel —El Zurdo— Prats, lanzador y también jardinero derecho; Esteban Prats, primera base; Daniel Miguel, segunda, y Bernardo Carrillo, tercera.

Completaban el roster los serpentineros Carlos —Bebé— Royer y Rafael Rodríguez, además de los jardineros Manuel —El Cartero— López, un jugador de apellido Baeza y Antonio María —El Inglés— García, considerado por entonces como el mejor jugador de Cuba.


 

Detrás de aquellos floridos mostachos “tipo manubrio” y el peculiar uniforme listado, había una agrupación de apasionados en defender las letras patrias.

Aquel team Cuba despertó la simpatía entre los norteños, muchos de los cuales creyeron que la incidencia del béisbol en Cuba se debía a la entrada de Norteamérica en la guerra hispano-cubana-norteamericana, desconociendo que ya se practicaba desde mucho antes.

En verdad la experiencia fue un fracaso económico, porque no lograron integrarse al sistema organizativo y gerencial instituido en Norteamérica,  pero sirvió de base para una posterior inclusión más en serio.

Otras circunstancias accionarían con el fútbol.

Se dice que José —Pepe— Mier Zubillaga fue uno de los “padres” del fútbol en Cuba, deporte que comenzaría a practicarse con cierta regularidad en 1907.

Cuentan que el primer partido conocido ocurrió en los terrenos del actual Palatino, entre la tripulación de un barco británico llamado Cydra e integrantes de un  equipo cubano que se hacía llamar Hatuey. Afirman que en aquella ocasión los cubanos ganaron ¡ocho goles a cero!

Los del Reino Unido, al parecer dolidos por la derrota, crearon un equipo con cuanto hijo de la Gran Bretaña estuviera en La Habana, y lo nombraron  Rovers para topar varias veces con el Hatuey.

Se tiene por verdad que en aquellos juegos informales, con tal de divertirse y para completar la nómina inglesa, algunos jugadores cubanos tenían que “cubrir” posiciones en el equipo contrario.

Muchos afirman —entre ellos Federico Campos, viejo cronista del siglo pasado— que a finales de 1908 se produjo el primer juego en serio del fútbol en Cuba.

Sin embargo, la fecha tomada como oficial fue la del 11 de diciembre de 1911. Una tarja en el desaparecido campo polar recordaba el hecho. Y una fotografía publicada en una revista titulada Los Deportes y fechada el 31 de diciembre de ese mismo año, daba cuenta de la composición de aquel equipo Hatuey.

De izquierda a derecha de pie: Teodoro Wilde, Alberto Gaum, Armando Carcas, Juan Más, Miguel Carcas, Ramón García y  Antonio Orobio, de quien se cuenta debutó jugando con un par de zapatos de charol. Sentados y en el mismo orden aparecen José Mensa, “Pepe” Mier, Raoul Lombardo y Juan Irigonegaray.

Ciertamente, nos sobran dispuestos a incluirse entre campeones, en cuanto deporte haya o habrá. Una lista de vieja data lo confirma.

Si algunos no llegaron al Olimpo no fue por falta de destreza o de entrega. A lo largo de la historia del deporte cubano, la profusa relación de extraordinarios atletas con más o menos suerte, con más o menos posibilidad, casi iguala la lista de aquellos que sí han llegado a lo más alto, más fuerte o más rápido.

Por ahí vaga el malogrado Andarín Carvajal [J1]. Por ahí sigue marchando triunfal el multicampeón mundial y olímpico Teófilo Stevenson.

Los chovinistas solo piensan en el “campeonismo”, tendencia que tanto daño nos ha hecho y que puede aparecer en directivos, ejecutivos, técnicos y prensa especializada. Los patriotas vivimos orgullosos de los éxitos; de las derrotas tratamos de evaluar causas y efectos. Tal vez lo importante es que siempre habrá el deseo de jugar, el talante para  competir y el anhelo en el triunfo.

 [J1]http://epoca2.lajiribilla.cu/2007/n342_11/memoria.html