El mito perpetuamente redivivo

Convertida en objeto casi devocional para un público de millones de cubanos durante 25 años, La bella del Alhambra ha sostenido un estatus de culto para espectadores de muy diversas edades, gustos y niveles intelectuales. A diferencia de otros filmes cubanos de la década de los 80, que despertaron momentáneos elogios y se hundieron luego en el más silencioso olvido, La bella… sigue en pie, presente en cada encuesta que se realice a propósito de los mejores o más populares empeños de la cinematografía nacional en todas sus épocas y géneros. Intento a continuación explicar algunas de las razones de tan inquebrantable preferencia.

Con guion de su director Enrique Pineda Barnet, con la colaboración de Miguel Barnet (autor de la novela testimonial Canción de Rachel, suerte de historia inconfesa del célebre teatro Alhambra) y Julio García Espinosa (cuya inclinación por el arte popular quedó expuesta desde Aventuras de Juan QuinQuin) el filme musical prácticamente garantiza el éxito cuando escenifica y antologa numerosas canciones de honda raigambre nacional, o nacionalista como “Quiéreme mucho”, de Gonzalo Roig; “La mujer de Antonio” y “Son de la loma”, de Miguel Matamoros; “Si llego a besarte”,de Luis Casas Romero, o “Siboney”,de Ernesto Lecuona. Es decir, que a través del rescate y el homenaje al teatro musical autóctonose exponen una serie de canciones clásicas, entendidas tales como aquellas obras paradigmáticas y de calidad superior, habilitadas para expresar cultura e idiosincrasia. Con semejante antología, tampoco hay que extrañarse demasiado de que la película siga funcionando por mucho que pase el tiempo.

La bella… sigue en pie, presente en cada encuesta que se realice a propósito de los mejores o más populares empeños de la cinematografía nacional en todas sus épocas y géneros. 

Por otra parte, seguramente el realizador y sus colaboradores conocían a la perfección que buena parte del éxito de cualquier filme musical se puede casi garantizar, desde los años 30 hasta el presente, a partir de la aproximación entre las imágenes de la ficción, sonora y en colores, y los espectáculos escénicos estilo CarmenLa ópera de malandroTheSound of Music o Les Misérables. Porque es sabido que los grandes filmes musicales de cualquier país, y no solo los clásicos norteamericanos, suelen concentrarse en la “eternamente cambiante relación entre performance, espectáculo y audiencia”, según garantiza el teórico Jim Collins en un estudio tituladoThe Musical fechado en 1988.

Como se sabe, La bella del Alhambra rinde homenaje a la música, el teatro y la cultura cubana a través de los personajes de casi olvidadas cantatrices, entre las cuales la principal parece ser Amalia Sorg, quien inspiró la novela de Miguel Barnet publicada en 1969, luego de una larga conversación con la entonces octogenaria artista.De este modo, el filme funciona, además, como una de las operaciones de rescate cultural más grandiosas y agradecibles del contexto artístico cubano, algo comparable, salvando las consabidas distancias, con la rehabilitación de La Habana Vieja.

Aunque también, para ser justos, debe aclararse que el comienzo de la recuperación del mítico teatro musical cubano antecede a la publicación de la novela y a su posterior versión cinematográfica. Manuel Octavio Gómez había realizado el documental Recuerdos del Alhambra (1963) donde también aparecía la Sorg junto a otras divas de aquella edad de oro del teatro musical cubano como Blanquita Becerra, Luz Gil y María Pardo. Y ese mismo año 1963 la Sorg asistió, junto con otras estrellas del mítico teatro, a un homenaje del Festival de Música Popular en el teatro Amadeo Roldán.

A principios de los años 60 se funda el  Teatro Lírico Nacional, que llevó a escena musicales como La viuda alegre (1963); María La O (1964), La verbena de la Paloma (1965) y varios otros, de modo que tampoco puede hablarse de vacío total entre la época del Teatro Alhambra y el estreno de La bella del Alhambra, porque también habría que contar con otros varios intentos de rendirle tributo al teatro musical cubano desde la añoranza y exquisitez de Esther Borja en Álbum de Cuba, mientras que algunos incluso intentaban reanimarlo desde la televisión (principalmente con Rosita Fornés y Mirtha Medina), y desde el coliseo de Consulado y Virtudes, especializado en comedias musicales que escribía y dirigía Héctor Quintero.

Pero volvamos a La bella… y sus excepcionales aciertos. Otra de las virtudes incuestionables del director y sus guionistas consiste en resumir y rendirle homenaje, directo o indirecto, a todos aquellos que intentaron sostener en Cuba el teatro musical. Y el homenaje de Pineda Barnet se verifica desde un amor por lo popular que se distanciaba de cierto torremarfilismo cultural cultivado por el ICAIC en ciertos momentos de los años 60 y 70.  Y desde esta óptica democratizadora se rinde tributo a creadores de antaño como Amalia Sorg o Federico Viloch, mientras desfilan por la banda sonora algunos de los mejores músicos y cantantes cubanos de los años 80: OmaraPortuondo, Alina Sánchez, Gonzalo Romeu, Frank Emilio y Joaquín Clerch,  entre otros.

Otra de las virtudes incuestionables del director y sus guionistas consiste en resumir y rendirle homenaje, directo o indirecto, a todos aquellos que intentaron sostener en Cuba el teatro musical.

Un verdadero milagro del instinto y la sensibilidad, combustión decisiva en la creación del filme, resultó el descubrimiento,  en la joven Beatriz Valdés, de la capacidad para transformarse en una vedette, “una fantasía colectiva, un objeto sexual, quintaesencia del glamour, marioneta de los hombres, un momento de alegría, una leyenda negra y también rosa, rehén de su belleza, una vida deshilachada, un mito contemporáneo”, por definirla con las mismas palabras que Miguel Barnet. Beatriz Valdés estaba marcada por una imagen netamente contemporánea, y muy moderna, en varias películas y series de televisión de los años ochenta como Los pájaros tirándole a la escopetaLejanía o Algo más que soñar.

Muy poco enla apariencia y el desempeño de Beatriz Valdés hacía pensar en una diva, hasta que Pineda Barnet decidió demostrarnos que ella podía hacerlo, auxiliada en las clases de canto por Zenaida Castro, y en la profesora de baile Olivia Belisaire. Porque los ídolos también se fabrican, toman lecciones, moldean sus talentos, y el propio director se asesoró con los historiadores y escritores Eduardo Robreño y Enrique de la Osa, el dramaturgo Héctor Quintero, los musicólogos María Teresa Linares y Helio Orovio, además de Luis Carbonell y Manuel Villar, como se hubieran incluido en el proyecto todos los que sabían algo de lo que fue y significó el Teatro Alhambra.

El director evidenció en este filme su altísima capacidad para incursionar, con su puesta en escena, en un territorio de legitimaciones que, en sintonía con la sapiencia postmoderna, vinculaba lo culto y lo popular, lo ligero y lo trascendente.Tales mixturas se evidencianen muchas escenas, sobre todo la inicial del gallego y el negrito (que rescata para la posteridad los misterios del vernáculo), la secuencia casi final con La isla de las cotorras, y su exacta crítica de ciertos aspectos de la cubanía… Pero sobre todo recuerdo la fiesta donde se cuela Rachel para hacer que la escuche, y tal vez la contrate, el empresario del Alhambra.

Se trata de una fiesta de disfraces donde salta a la vista la intención del realizador por poner en escena la quintaesencia de lo cubano a partir de la selección de los “extras”. Para representar a la elite cultural de la Cuba primitiva, Pineda Barnet eligió a varias personalidades del arte contemporáneo cubano visto en sus más diversos medios y manifestaciones: el poeta Pablo Armando Fernández, el director de televisión Carlos Piñeiro, la voz de Radio Rebelde Naty Revueltas, el promotor cultural WandoMartinelli, la cantante Lucia Althieri, y el escritor Miguel Barnet, entre muchos otros.

Al igual que musicales mitológicos como El mago de OzCantando bajo la lluvia y Molino Rojo, pero a escala cubana, La bella del Alhambra construye un espacio idealizador y glamoroso, del pasado y del presente, donde la realidad se embellece al ser acompañada por hermosas canciones, mujeres sensuales y hombres seductores, el canto y el baile glorificadores de un algún mito antiguo de armonía y plenitud. Y los mitos sobreviven a cualquier erosión de la desmemoria, y están condenados a sobrevivir, a lo que se llama vivir, porque como dice Rachel, no están preparados para la muerte.