El marciano, El club y Victoria
Foto: Tomada de Internet
 

Una semana de privilegio ha sido la tercera de mayo en tanto el ICAIC estrenó en algunas de sus salas, y simultáneamente, tres filmes de excepcional calidad: la norteamericana El marciano (2015, Ridley Scott), que se esperaba con ansiedad en Cuba, pues se trata de uno de los títulos más publicitados del año pasado; la chilena El club (2015, Pablo Larraín) y la alemana Victoria (2015, Sebastián Schipper).

Además de los consabidos y siempre funcionales ingredientes de las aventuras y la ciencia ficción, el filme dirigido por el maestro Ridley Scott propone un ensayo asequible, muy entretenido y nada solemne sobre cierto espíritu solidario y de supervivencia que pueden desplegar los seres humanos en situaciones límite y casos de extrema gravedad. Entonces, el protagonista, interpretado con suma espontaneidad y gracia por Matt Damon, deviene símbolo de ciertos valores éticos y humanísticos a tener en cuenta incluso en el futuro más distante y en las geografías más inhóspitas.


 

El espectador agradece el optimismo, y disfruta la capacidad de Ridley Scott y de sus muy profesionales colaboradores para crear una fábula inteligente, entretenida y hasta humorística, que en el fondo también promueve el imperativo humano de llegar más allá, y muestra la fascinación por el descubrimiento científico y tecnológico capaz de ensanchar los límites del conocimiento. Resulta gratificante la aureola esperanzadora, habida cuenta del futurismo sombrío, cargado de pesimismo, que hemos visto en fechas recientes.

Laureada con el máximo premio Coral en La Habana El club se transformó en una de las películas chilenas más aplaudidas de todos los tiempos, en la segunda que compite por el Globo de Oro tras la nominación de La Nana hace unos cuantos años, y fue seleccionada por varias publicaciones de prestigio como la mejor película latinoamericana del año, seguida de cerca por El clan (Argentina) y por la colombiana El abrazo de la serpiente, que fue la preferida por los académicos de Hollywood para sustituir a El Club en la carrera por el Oscar.

Es un filme que se sostiene en las antípodas estéticas y conceptuales de El marciano. Pocos actores y locaciones, historias extraídas de la vida real, denuncia social, marcado interés por abordar un relieve sociológico y sicológico de aterradores rebordes a partir de mostrar, sin demasiados paliativos, nada más y nada menos que ciertas verdades históricas. Tal es la obsesión de Pablo Larraín cuando realizó no solo El Club, sino las anteriores Tony Manero (2008) y No (2012).

Larraín nos sumerge esta vez en el aparentemente pacífico y perturbador universo de un grupo de sacerdotes, retirados de su oficio, en el borde del mundo, un lugar donde tal vez carezcan de peso moral las horribles transgresiones morales que manchan el pasado de cada uno de ellos. Se quiebra la armónica convivencia entre los cuatro hombres “exiliados” cuando aparece un joven sacerdote para investigar lo que ha ocurrido en torno al suicidio de uno de los prelados caídos en desgracia.

Así, El club hace un estudio de preceptos religiosos como el celibato, y acusa la permisividad de la institución eclesiástica en torno a ciertos desmanes de tipo ético y sexual, al tiempo que pone en evidencia los intereses creados y relata un presente marcado por la doble moral y la corrupción imperantes desde hace décadas, tal vez siglos. Larraín consigue extraordinarias actuaciones y un enorme poder de convencimiento en diálogos y situaciones cargadas de verismo y poder dramático.

Ganadora del Oso de Plata en el Festival de Berlín por la Mayor Contribución Artística del año, Victoria se mueve más en un entorno de experimentación con el lenguaje del cine, aunque su narración se desenvuelva de acuerdo con ciertos códigos del thriller y el melodrama, en tanto el filme consigue una muy tensa narración de dos horas y cuarto, resuelta a través de una toma única y continua, sin cortes.

Con el nombre de la protagonista, Victoria presenta a la convincente Laia Costa en el papel de una estudiante española en Berlín, que intenta divertirse, pero se deja llevar por personajes y circunstancias que se le van de las manos. En un club nocturno conoce a cuatro hombres que le proponen un tour por el verdadero underground capitalino, y muy pronto se hace evidente que el plan de ellos desborda los deseos de diversión de la muchacha.

La riqueza de locaciones y los personajes en constante movimiento, a través de entornos al mismo tiempo asfixiantes y oscuros, que abiertos e iluminados, le proveen al espectador una experiencia inquietante, a veces eufórica y otras tantas aterradora, en una película bastante inusual dentro del cine alemán y europeo contemporáneo.