El legado de los maestros en el camino a contraluz (I)

I

El legado de los maestros

En los últimos años del siglo XX y a comienzos del XXI algunas organizaciones, como la UNIMA, comenzaron a plasmar en letra impresa textos, fotos, dibujos, ilustraciones, comentarios sobre los títeres y los titiriteros. Parecía un gran logro, y lo es, pero cuando la tarea casi llegaba a buen puerto, el mundo construía un nuevo paradigma que sacudía la vida cotidiana y transformaba nuestra percepción de los fenómenos, el de la digitalización. Como siempre que la Humanidad ha pasado por sacudidas similares comenzaron a llover los pronósticos de apocalipsis, pero este proceso parece ser indetenible y nos arrastra en la contienda, aun cuando no lo percibamos con claridad.

El mundo en que vivimos ha sido catalogado como la era de las pantallas —Pc, tablets, móvil, televisión, etc. Buena parte de Cuba vive aún en la era analógica, pero basta contemplar las constantes aglomeraciones en las zonas donde es posible conectarse a la WIFI para creer que estamos prestos a montarnos en ese carro.

Hacia dónde va, en ese contexto, el teatro de títeres que se hace hoy entre nosotros. Nuestra historia titiritera es breve si la comparamos con la de otros países europeos y latinoamericanos. Sin embargo, hay ejemplos que evidencian nuestra huella. El triunfo de la Revolución hizo posible que los hermanos Camejo encontraran un espacio donde dar rienda suelta a su imaginación creadora.

Los Camejo se empeñaron en formar discípulos, rara intuición pues era difícil avizorar lo que vendría después. Y cuando el sol volvió a salir tras la oscuridad de la parametración, los jóvenes formados por ellos multiplicaron los caminos por donde transitaría el teatro de títeres cubano.

Alguien me preguntaba si podría hablarse de escuelas titiriteras cubanas, ahora intentaré responderle en una disquisición que generará otras preguntas. Creo que los Camejo fueron, son, un paradigma. La energía que desplegaron en la salita del Focsa es savia que aún hoy nos sostiene. Los textos que llevaron a escena, los actores que formaron, la importancia que le otorgaron a la imagen, el público que atrajeron siguen siendo referencia. La intolerancia que pretendió silenciarlos los convirtió en leyendas, pero esa es lección que los censores todavía no aprenden.

Ya en los 70, el teatro de títeres se expandió por toda Cuba. El Guiñol de Santiago de Cuba, el Guiñol de Santa Clara, el de Camagüey, multiplicaron la fuerza de los Camejo. A fines de los 80 y en buena parte de los 90, el teatro de títeres volvió a oxigenarse. Nombres como los de William Fuentes y Santiago Bernal(2), Sahimell Cordero(3), Lilian Cala (4), Luis Enrique Chacón (5), entre otros, adquirieron notoriedad, pero muchos de aquellos titiriteros ahora no están entre nosotros. Entre los sobrevivientes de esa época, me enorgullece mencionar a Rubén Darío Salazar.

La sabiduría de René Fernández, la energía de Rubén Darío Salazar, la lucidez de Zenén Calero y la valentía de Mercedes Fernández levantaron los cimientos del Taller Internacional de Teatro de Títeres de Matanzas. Ese ha sido el puente por donde Cuba se abrió al mundo. Maestros cubanos como Armando Morales y Freddy Artiles, y otros como los hermanos Di Mauro y Roberto Espina contribuyeron a la transmisión de la herencia, a multiplicar los conocimientos, a revelar secretos del oficio. A ellos hay que agradecerles que abrieran nuestros horizontes del teatro y de la vida.

Generalmente, cuando he conversado con titiriteros sobre su obra se revelan como personas inteligentes, de vasta cultura, atentas al curso de la vida en el mundo, prestos a arriesgarse para hacer su obra. Saben que el acto de manipular el títere es solo una parte del problema, que asomarse al retablo expresa la voluntad de compartir con el espectador ideas y emociones.

Hemos visto a un titiritero como Bruno Leoni, con sus muñecos que vienen de la más rancia tradición italiana. O a Titiritipis, narrando historias que desmienten la creencia de que los títeres llegaron a Mesoamérica con los conquistadores españoles. O a Fernán Cardama, en hermoso homenaje a las Madres de la Plaza de Mayo, a partir de la relectura del cuento de la Caperucita. Ernesto Parra ha dicho que no quiere crear tendencias con el clown; sin embargo, la manera en que ha puesto a dialogar al cuerpo de los actores con objetos reciclados a los que les han otorgado nuevos usos y significados se conecta con los tiempos que vivimos. Cristian Medina se aleja de la ñoñería y de los eternos cuentos de hadas para abordar temas considerados tabúes. La trayectoria de Rubén Darío Salazar y su Teatro de Las Estaciones han sido paradigmática por su solidez conceptual y por el espectro de imaginarios que han abierto a lo largo de 20 años.

II

El futuro a contraluz

Nuestra condición insular nos hace proclive al diálogo con el que llega de afuera. Las islas son puertos, nos recuerda Graziella Pogolotti. Y ahora que los puertos son virtuales, pues se multiplican las posibilidades de recibir información y de incorporarla a nuestras esencias. Cuba ha sido pródiga en talentos artísticos, pero llama la atención que solo el ballet habla de escuela cubana. Ramiro Guerra se refiere al estilo cubano de danza moderna. Ulises Hernández también describe el estilo cubano de piano. Quizá por ahí anda nuestro teatro de títeres, tras la conformación de un estilo múltiple y diverso.

El teatro de títeres está signado por la relación que el ser humano establece con el objeto titiritero, a quien debe darle vida y con quien comparte la escena. El cuerpo del titiritero y el cuerpo del objeto conforman la imagen escénica que recibirá el espectador.Para sobrevivir en la era virtual, el teatro de títeres debe alimentar sus esencias con las nuevas realidades. Teatro tradicional o teatro más experimental, teatro de texto, teatro donde el actor desaparece tras el títere, en la sala o en espacios alternativos. Da igual el camino que elija. No debe olvidar que el espectador exige inmediatez, que fragmenta la pantalla de su móvil para acceder al mismo tiempo a diferentes canales de información, que puede colgar en Facebook sus impresiones sobre el espectáculo sin esperar a que el crítico del periódico emita su opinión. A menudo se repite la frase: el teatro se hace aquí y ahora,  así transcurre la comunicación por Internet. El aquí puede ser en cualquier lugar, el ahora es ya.

A veces me aburre ver las mismas historias titiriteras, a veces me disgusta tanto muñeco feo en nuestros retablos, a veces me molesta que traten al espectador como si fuera tonto. El teatro no es solo los medios para hacerlo, sino también el conocimiento que sus hacedores quieren compartir con los espectadores, la representación que hace de su realidad, una realidad  impactada por la realidad virtual.

El teatro siempre se ha definido como espacio privilegiado por la posibilidad de encuentro para los seres humanos. En Internet los navegantes también procuran encontrarse con el otro donde quiera que estén. De ahí que se inventen cámaras para que el ser virtual se convierta en carne y hueso.

Tal vez se pregunten qué tiene esto que ver con el tema que nos convoca. Mucho, responderé, porque el legado de los maestros —y cada quien que haga suyo el que desee— es un camino indeleble; por eso les recuerdo una frase de Umberto Eco: “Hasta los modelos hay que saber elegirlos”.Habrá que repensar de qué manera, en cuáles nuevos cauces seguirán latentes esos modelos en nuestras venas. Hay que replantearse  las formas de mantener vivas las tradiciones, si es que nos son necesarias, porque los Guiñoles que debieron convertirse en escuelas, tras el retiro de los mayores, hoy apenas sobreviven, sin mencionar el desinterés de quienes debieron tomar el relevo. No se trata de instalar Internet en el teatro, o de utilizar audiovisuales por gusto. Se trata de comprender cómo cambia la percepción del espectador que accede a la red de redes. Escuché a un famoso cantautor cubano expresar su decepción con sus seguidores. Dice que pensaba mucho la dramaturgia de cada disco, la inclusión de una canción u otra, el orden en que aparecían las canciones. Luego viene alguien, copia una edición pirata del disco y pone en su mp3 tres o cuatro canciones, unas seguidas de otras, sabrá Dios de qué cantante. Esa es una de las ventajas que propicia la realidad virtual, la posibilidad de elegir qué película veo —una de las razones del éxito del famoso paquete— con qué música bailo, y a qué teatro voy.

No creo que haya una escuela de teatro de títeres en Cuba, y tampoco creo que eso sea un problema. Hay tradiciones que ensalzamos, como la de los Camejo, defendida por Armando Morales, René Fernández y Rubén Darío Salazar. Hay otras, como la de los muñecos en las procesiones callejeras que cedimos a los festejos carnavalescos, tradición hoy en declive. Una, como la apropiación que hicimos del títere de guante, se mantiene con fuerza a lo largo de la Isla, que le ha sido muy útil al Guiñol Guantánamo en la Cruzada Teatral. Otra, como la que defiende Carlos González con sus Hilos Mágicos no encuentra continuidad.La de San Antonio de los Baños, plena de gracia, iniciada por Félix Dardo, sostenida por Malawi Capote con Los Cuenteros.

Casi siempre apegado a un texto, sin dejar mucho margen a la improvisación frente al público, con actores y muñecos al mismo nivel, perfilando cada vez más la imagen titiritera, el teatro de títeres hecho en Cuba tiene el reto de sobrevivir a contrapelo de la tendencia economicista que se impone, en la cual el teatro de títeres, el teatro todo, tendrá que defender sus espacios apelando a las tradiciones e incorporando los conocimientos generados por la Humanidad en los últimos tiempos. A contraluz, o siguiendo su dirección, pero hay que persistir en el empeño.

 

Notas:
  1. Ponencia leída por la autora en el Foro Unima del Festival de Teatro de La Habana, octubre 2015
  2. William Fuentes y Santiago Bernal, fundadores del Teatro 2 en los 90, residen actualmente en México, donde continúan su labor titiritera.
  3. Sahimell Cordero, creador en los 90 del grupo El Trujamán. Reside actualmente en Ecuador
  4. Lilian Cala, actriz titiritera del Guiñol Santiago. Reside actualmente en EE.UU.
  5. Luis Enrique Chacón, fundador del grupo La estrella azul, luego Ubu Teatro en los 90. Reside actualmente en Alemania.