El jubilado

1

Yo pensé que un jubilado

tranquilamente vivía,

o que, al menos, no tenía

que trabajar demasiado.

Que estando desocupado,

no tendría agotamiento;

pero todo eso es un cuento,

porque yo me jubilé

y desde entonces, no sé,

pero no paro un momento.

2

Mi mujer con la tonada

de que yo estoy jubilado,

para mandarme a algún lado

está siempre preparada.

“Tú que estas sin hacer nada

—me dice con energía—,

vete a la carnicería

a ver si la carne vino,

y fíjate de camino

si hay huevo en la pollería”.

3

“Tú que estas sin hacer nada,

enciéndeme la candela;

yo voy a ver a Manuela

que me tiene preocupada;

coge la jaba rosada

y llégate a la placita;

llévale este jarro a Rita,

que me lo prestó anteayer

y no tardes en volver

que yo viro enseguidita”.

4

Hay veces que está acostada

y me dice en alta voz:

“viejo, escógeme el arroz,

tú que estas sin hacer nada;

yo estoy un poco cansada

y me tengo que vestir

ahora mismo para ir

a ver a la costurera;

ve barriendo la escalera

que yo no tardo en venir”.

5

A veces de madrugada,

—cuando me encuentro dormido—

en el más leve descuido

me llama desesperada:

“tú que estas sin hacer nada,

apura, tírate ahora

y llégate sin demora

a la cola del mercado;

total, tú estás jubilado

y duermes a cualquier hora”.

6

Siempre estoy de arriba abajo,

y les juro que me canso,

porque en vez de más descanso

lo que tengo es más trabajo.

Si va a seguir el relajo,

no quiero jubilación,

pues llegué a esta conclusión:

es más sano trabajar

en lugar de descansar

con tanta preocupación.

7

Por lo tanto cualquier día,

como tan cansado estoy,

dejo la casa y me voy

al trabajo que tenía.

Con la mayor alegría

tomaré a cabalidad

la nueva oportunidad:

me muero y no me jubilo,

mas trabajaré tranquilo

por toda una eternidad.

 

José Pérez Valdés